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Se cumplen 61 años del peor accidente ferroviario ocurrido en la provincia de Almería durante la década de los sesenta. Una tormenta eléctrica, una avería y un fallo humano desencadenaron una colisión frontal que se cobró trece vidas y dejó más de medio centenar de heridos.

Almería, agosto de 2026. Han pasado seis décadas y un año desde que el valle del Andaráx fue testigo de una de las páginas más negras de la historia ferroviaria española. Aquella tarde del 16 de agosto de 1965, el calor sofocante que habitualmente adormecía al pueblo de Gádor tras la comida fue sustituido por un estruendo que nadie pudo ignorar. Una tormenta de extraordinaria violencia descargaba sobre los montes de Sierra Alhamilla, tiñendo el cielo de un gris plomizo y obligando a los vecinos a resguardar cualquier objeto metálico ante la furia de los rayos. Nadie podía imaginar que aquella tempestad era el prólogo de una tragedia que marcaría para siempre la memoria colectiva de toda una comarca.

Un cruce fatídico en la Cuesta del Rayo

Los hechos se precipitaron con una rapidez devastadora. A las 15:10 horas, el tren correo 5.831 partía de la estación de Almería con destino a Madrid. El convoy, compuesto por seis unidades y arrastrado por una locomotora diésel, llegó a Gádor apenas doce minutos después. Francisco Herrera, jefe suplente de la estación gadorense y veterano ferroviario con 43 años de servicio, autorizó la entrada del correo y, tras una breve parada, dio luz verde para su salida a las 15:22.

Sin embargo, en esos mismos instantes, un tren mercancías —el número 8— circulaba por la misma vía en sentido contrario, procedente de la estación de Santa Fe de Mondújar, situada a apenas cinco minutos de distancia. A las 15:15, una avería en el fluido eléctrico, provocada con toda probabilidad por la tormenta, había dejado inutilizada la locomotora eléctrica que arrastraba sus veintiún vagones. El mercancías se encontraba detenido en el punto kilométrico 232.800, en un tramo conocido siniestramente como la «Cuesta del Rayo», dentro del paraje de El Castillejo.

El error decisivo se fraguó en la oficina de la estación. Francisco Herrera, casi de forma mecánica y sin cerciorarse de la posición real del mercancías, comunicó a Santa Fe que tenía vía libre para recibirlo en Gádor y anotó su llegada en el libro de telefonemas a la hora habitual. Ese acto de confianza, o de precipitación, selló el destino de los pasajeros del correo.

El impacto

La locomotora diésel del tren correo avanzó lentamente cuesta arriba. Apenas había recorrido algo más de un kilómetro cuando, envuelta en la penumbra de la tormenta y la escasa visibilidad, se encontró de frente con la mole inmóvil del mercancías. El choque fue brutal. Ambas máquinas quedaron empotradas una sobre otra en un amasijo de hierros retorcidos. El estruendo del impacto se escuchó en todo el pueblo de Gádor.

El furgón correo y el vagón directo de tercera clase con destino a Barcelona descarrilaron violentamente. Fue precisamente en este último donde la tragedia alcanzó su dimensión más atroz: su estructura de madera no ofreció resistencia alguna al impacto, convirtiéndose en una trampa mortal para sus ocupantes. Solo la circunstancia de que el correo circulaba a velocidad reducida y de que el mercancías se hallaba detenido impidió que el balance de víctimas fuera aún más catastrófico.

Rescate entre el caos y las llamas

Los primeros minutos fueron de angustia absoluta. Los viajeros ilesos saltaban por las ventanillas esquivando las llamas que comenzaban a devorar los vagones destrozados. Los gritos de auxilio se mezclaban con el repiqueteo incesante de la lluvia. Muchos heridos fueron rescatados por los propios pasajeros en un acto de solidaridad desesperada. Los vecinos de Gádor, alertados por el estruendo, acudieron en masa al lugar del siniestro y comenzaron a trasladar a los lesionados en camiones y coches particulares hasta los hospitales de Almería.

Mientras tanto, el interventor del tren luchaba contra el reloj para evitar que se restableciera el fluido eléctrico, lo que habría provocado un incendio de proporciones incalculables. Del vagón de tercera clase fueron rescatados los primeros cadáveres. El balance final fue demoledor: trece personas muertas y cincuenta y tres heridas de diversa gravedad.

Un veterano ferroviario ante la justicia

Francisco Herrera, hombre de conducta intachable y dilatada trayectoria profesional, se presentó voluntariamente en la Comisaría de Policía de Almería acompañado de uno de sus hijos, también ferroviario, y asumió la plena responsabilidad del desastre, exculpando a sus subordinados. La Audiencia Provincial de Almería lo juzgó por un delito de imprudencia en una sentencia dictada el 23 de octubre de 1966, cuyo recurso de casación fue desestimado por el Tribunal Supremo el 10 de mayo de 1970. Sus colaboradores —Manuel Cejudo Galindo, Clemente San José y Francisco Contreras— fueron absueltos. La sentencia reconoció que los reajustes de plantilla en RENFE habían dejado al jefe de estación con apenas dos operarios, una circunstancia que contribuyó al fatal desenlace. La compañía ferroviaria fue condenada como responsable civil subsidiaria y tuvo que hacer frente a las indemnizaciones de las familias de los fallecidos y los heridos.

Sesenta y un años después, la Cuesta del Rayo sigue siendo un lugar de memoria silenciosa. Aquella tarde de agosto en la que la tormenta y el error humano convergieron sobre las vías del Andaráx permanece grabada en la historia de Gádor como una herida que el tiempo no ha logrado cerrar del todo.

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Categorías: Accidentes

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.