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En los últimos tiempos, las redes sociales y determinados espacios mediáticos han vuelto a hacer circular un bulo recurrente: el supuesto de que en Ceuta se estarían denunciando «200 agresiones sexuales al día». Esta afirmación, pronunciada por la comentarista Pepa Millán en varias apariciones públicas, no solo carece de cualquier base empírica, sino que responde a una lógica muy conocida: la instrumentalización del miedo a la violencia sexual para justificar discursos xenófobos y racistas contra la población migrante y racializada.

¿Qué se ha dicho exactamente?

Pepa Millán ha asegurado, en distintos programas y tertulias, que en Ceuta se producen o denuncian alrededor de 200 agresiones sexuales diarias. El número, expresado con rotundidad, ha sido amplificado por cuentas afines a la ultraderecha, compartido masivamente en redes sociales y utilizado para señalar, de forma velada o explícita, a las personas migrantes como presuntas responsables de esa supuesta ola de violencia.

Sin embargo, un simple ejercicio aritmético basta para demostrar lo absurdo de la cifra. Si fuera cierto que se denuncian 200 agresiones sexuales cada día en Ceuta, eso supondría 73.000 denuncias anuales. Para ponerlo en perspectiva, esa cantidad sería varias veces superior al total de delitos contra la libertad sexual que se registran en todo el territorio español cada año.

Los datos oficiales desmienten la cifra

Las estadísticas criminales españolas son públicas y permiten comprobar, con claridad, la falsedad de esta afirmación. El Ministerio del Interior, a través de su Estadística de Criminalidad, recoge anualmente el número de delitos conocidos por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Por su parte, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) elabora sus propias memorias con los datos que constan en los órganos judiciales.

Según las últimas estadísticas disponibles, el conjunto de España registra, en su globalidad, entre 12.000 y 16.000 delitos contra la libertad sexual conocidos cada año. Esto incluye figuras como agresiones sexuales, abusos sexuales y otros delitos tipificados en los artículos relativos a la libertad sexual del Código Penal. Es decir, la cifra total nacional es, aproximadamente, entre 30 y 45 veces inferior a las 73.000 que se derivarían de la afirmación vertida por Pepa Millán.

Si nos centramos en Ceuta, la realidad es aún más concluyente. Ceuta es una ciudad autónoma con una población que ronda los 84.000 habitantes. Los datos oficiales reflejan que los delitos contra la libertad sexual que se denuncian en esta ciudad se cuentan, anualmente, por decenas, no por miles. En distintos años, el cómputo total de este tipo de delitos conocidos en Ceuta ha oscilado entre 20 y 60 casos al año. Incluso en ejercicios con un repunte puntual, jamás se ha acercado ni remotamente a las decenas de miles que implicaría la cifra de 200 diarias.

Diversos medios de verificación ya han desmontado este bulo. Maldita.es lo calificó como falso, señalando que no existe ninguna fuente oficial que respalde esa afirmación. Newtral.es también lo desmintió tras contrastarlo con los datos del Ministerio del Interior y del CGPJ. Asimismo, EFE Verifica ha reiterado en otras ocasiones que este tipo de cifras infladas carecen de rigor y suelen circular con una clara intencionalidad política (Maldita.es, Newtral.es, EFE Verifica).

Un bulo con larga trayectoria racista

Lo que vemos con esta afirmación no es un error de cálculo, sino una estrategia conocida. La asociación entre migración y violencia sexual es uno de los mitos xenófobos más antiguos y persistentes de Europa contemporánea.

Ya en 2015, tras los sucesos de Colonia (Alemania), sectores ultraderechistas aprovecharon algunos hechos puntuales para generalizar y presentar a las personas refugiadas y migrantes como una amenaza sexual colectiva, pese a que los propios informes policiales alemanes desmintieron posteriormente la generalización racista que se hizo en ese momento. En España, este mismo relato ha reaparecido periódicamente en relación con Ceuta, Melilla, los pasos fronterizos o las embarcaciones en el mar.

El sociólogo Teun A. van Dijk ha analizado cómo el discurso racista reproduce la idea de que «los otros» suponen una amenaza para la seguridad, las mujeres o «nuestros valores». En este caso, se recurre a un tema tan grave como la violencia sexual para activar miedos, legitimar la exclusión y deshumanizar a colectivos enteros. Se trata, en esencia, de trasladar la responsabilidad de una lacra estructural —la violencia machista— hacia un grupo racializado, ignorando deliberadamente quiénes son, mayoritariamente, los agresores reales en nuestra sociedad.

La violencia sexual sí existe, pero no se usa así

Resulta especialmente perverso que quien difunde este bulo pretenda erigirse en defensora de las mujeres mientras contribuye a difundir una mentira que alimenta el odio. La violencia contra las mujeres y las agresiones sexuales son realidades gravísimas en España. Combatirlas exige políticas públicas serias, formación en igualdad, recursos para las víctimas, una justicia sensible y un cambio cultural profundo contra el machismo.

Sin embargo, utilizar esas agresiones para construir un relato racista no protege a ninguna víctima. Al contrario: desvía la atención de los datos reales, estigmatiza a personas migrantes que, en su inmensa mayoría, no han cometido ningún delito y dificulta, además, que abordemos el problema con rigor.

Los datos del CGPJ, del Ministerio del Interior y de los estudios sobre violencia de género son claros: la inmensa mayoría de las agresiones sexuales cometidas en España son perpetradas por personas conocidas por la víctima, dentro de entornos cercanos, y no guardan relación alguna con el origen migratorio. Generalizar lo contrario es, sencillamente, mentir.

Conclusión: el odio no se nutre de hechos, sino de bulos

La afirmación de que en Ceuta se denuncian 200 agresiones sexuales al día no resiste el más mínimo contraste con las fuentes oficiales. Es una cifra inventada, difundida con intencionalidad y funcional al discurso de la ultraderecha.

Lo verdaderamente preocupante es que, una vez más, se instrumentalice la violencia sexual para fomentar el racismo. En una sociedad democrática, el debate público debe basarse en hechos contrastados, especialmente cuando se trata de asuntos tan sensibles. Difundir bulos como este no solo falsea la realidad, sino que envenena el clima social, legitima estereotipos deleznables y contribuye a la normalización del odio hacia colectivos ya históricamente vulnerabilizados.

Combatir la violencia sexual exige firmeza y seriedad. Combatir el racismo exige, también, rechazar sin ambigüedad las mentiras que se usan para justificarlo. Y, en este caso, la mentira es tan evidente como deliberada: en Ceuta no se denuncian 200 agresiones sexuales al día. Esa cifra solo existe en el relato del odio.

Generado por Ospray


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.