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En las redes sociales, un solo clic puede otorgar miles de «me gusta». Para un creciente número de creadores de contenido, ese clic justifica cualquier cosa, incluso el estrés, el miedo o la manipulación de una especie silvestre con tal de conseguir la fotografía perfecta. Lo que comienza como una imagen aparentemente inofensiva esconde, con frecuencia, un daño real para los animales y una responsabilidad compartida entre quienes la publican, quienes la consumen y quienes, por omisión, corrupción o falta de voluntad política, permiten que esto siga ocurriendo.
El precio de un ‘me gusta’
La popularización de hashtags como #wildlifeselfie, #animalesalnatural o #faunasilvestre ha impulsado una moda global: fotografiarse junto a animales salvajes. Lejos de representar encuentros fortuitos en la naturaleza, muchos de estos registros son el resultado de prácticas deliberadas para manipular al animal y acercarlo al fotógrafo.
Diversos estudios han documentado las consecuencias de estas acciones. Según D’Cruze et al. (2018), en su revisión sobre selfies con fauna silvestre, estas interacciones suelen provocar estrés agudo, alteraciones en el comportamiento, abandono de crías, lesiones e, incluso, la muerte del individuo. A esto se suma la investigación de Carder et al. (2018), quienes advirtieron que la normalización de estas imágenes genera una percepción errónea en el público: lo que es cruel o perjudicial acaba siendo visto como «tierno», «exótico» o «auténtico».
El problema no es el deseo de admirar la biodiversidad, sino la instrumentalización de los animales para obtener validación digital. Sostener a un perezoso, levantar a una cría de mono, arrinconar a un jaguar o forzar a un tucán a posarse sobre un hombro no son momentos espontáneos de conexión con la naturaleza. Son, en la mayoría de los casos, episodios de acoso a la fauna silvestre.
Detrás de la imagen hay un negocio cruel
Esta demanda ha dado origen a un mercado lucrativo. Atracciones turísticas que prometen «fotografiarse con animales de la selva», recorridos diseñados exclusivamente para generar contenido para redes sociales y guías que, a cambio de una propina o una tarifa, facilitan el contacto directo con especies protegidas.
Un informe de World Animal Protection (2017), titulado Wildlife Selfies: A close up on cruelty, identificó más de 250 atracciones turísticas en todo el mundo que ofrecían este tipo de experiencias con animales silvestres. El estudio concluyó que la gran mayoría de ellas implicaba algún grado de maltrato, ya fuera mediante privación de libertad, desnutrición, extracción de crías de su hábitat o habituación forzosa a la presencia humana.
América Latina no es ajena a esta realidad. En Costa Rica, Colombia, Brasil, Perú y Bolivia se han documentado casos de perezosos (Bradypus spp.) manipulados para fotos, monos capuchinos utilizados como «atracciones», caimanes inmovilizados y yacarés expuestos a multitudes con fines fotográficos (Mongabay Latam, 2019; World Animal Protection, 2017). En el Pantanal brasileño, por ejemplo, se ha denunciado la práctica de atraer jaguares (Panthera onca) hacia embarcaciones para satisfacer la creciente demanda de fotografías, lo que altera sus patrones naturales de caza, descanso y desplazamiento (The Conversation, 2025).
Lo más inquietante es que muchas de estas especies forman parte de listas de protección nacional o internacional. Varias de ellas se encuentran en el Apéndice I o II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES, 1973), lo que implica restricciones estrictas para su captura, tenencia, transporte o uso comercial.
Impunidad, omisión y corrupción ambiental
Si estas prácticas son, en numerosos países, ilegales, ¿por qué persisten y, en muchos casos, se publicitan abiertamente en redes con millones de seguidores?
La respuesta no puede reducirse a la ignorancia. Un factor recurrente es la debilidad institucional, agravada por lo que especialistas denominan «corrupción ambiental». Esta se manifiesta cuando autoridades encargadas de velar por la fauna silvestre miran hacia otro lado a cambio de beneficios, cuando se otorgan permisos irregulares, cuando no se aplican sanciones pese a existir pruebas, o cuando la presión mediática de un «influencer» con gran alcance pesa más que el cumplimiento de la ley (Transparency International, 2019; Robbins, 2012).
El propio análisis publicado en The Conversation (2025) advierte que, en muchos destinos de observación de fauna, la búsqueda de réditos económicos —turismo, visitas, monetización de contenido— termina primando sobre el bienestar animal y la conservación. Cuando el turismo de naturaleza se convierte en turismo de contacto forzado, la frontera entre lo legal, lo ético y lo corrupto se vuelve difusa.
Esta permisividad tiene consecuencias directas. La habituación a los humanos reduce las habilidades naturales de los animales, los expone a agresiones, aumenta el riesgo de transmisión de enfermedades zoonóticas y, paradójicamente, puede llevar a su eliminación. Como han señalado Knight (2009) y Orams (2002), los animales que pierden su temor a las personas suelen ser considerados «problemáticos» y, con frecuencia, acaban siendo trasladados, confinados o incluso sacrificados.
Además, existe un efecto multiplicador devastador: cuando un creador de contenido con millones de seguidores publica una foto manipulando fauna silvestre, sus seguidores replican la conducta creyendo que es inofensiva. Lo que era una práctica marginal se convierte, en cuestión de semanas, en una tendencia replicada en parques, reservas, carreteras o humedales (Carder et al., 2018; D’Cruze et al., 2018).
El rol de las plataformas y de la sociedad
Tras años de alertas, algunas plataformas han dado tímidos pasos. En 2017, National Geographic tomó la decisión editorial de prohibir la publicación de wildlife selfies con contacto directo en sus canales, argumentando que no querían fomentar prácticas que perjudicaran a los animales (National Geographic, 2017). Otras redes, como Instagram y TikTok, han incorporado advertencias o han eliminado contenido que promueve acoso a fauna, aunque la moderación sigue siendo insuficiente y la viralización suele ocurrir antes de que se actúe.
Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente en las plataformas. También recae en los medios que glorifican estas imágenes, en las agencias turísticas que comercializan estas «experiencias», en las autoridades ambientales que no fiscalizan con rigor y, sobre todo, en los propios seguidores. El «me gusta», el comentario o la compartición son, también, una forma de incentivo.
La crítica debe ser clara: admirar la vida silvestre no exige tocarla, sujetarla, encerrarla ni atraerla. La observación responsable, a distancia, silenciosa y respetuosa, es no solo ética, sino también la única verdaderamente compatible con la conservación.
¿Podemos revertir esta tendencia?
Revertirla exige actuar en varios frentes. En primer lugar, es urgente fortalecer la aplicación de las leyes de protección de fauna, con inspecciones reales, sanciones proporcionales y sin excepciones por número de seguidores. En segundo lugar, deben investigarse los posibles actos de corrupción que permitan la continuidad de estas atracciones ilegales, garantizando rendición de cuentas a quienes incumplen su deber de proteger el patrimonio natural.
En tercer lugar, se necesita una educación ambiental efectiva que explique, con crudeza si es necesario, lo que la fotografía oculta: el estrés fisiológico, la separación de las crías, el proceso de habituación forzado y la cadena de sufrimiento que hay detrás de ese retrato. Finalmente, es fundamental exigir a las plataformas mayor agilidad para desmonetizar y limitar el alcance de contenido que promueva el acoso a especies silvestre.
Como recordó la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el bienestar de las especies silvestres debe primar sobre el interés recreativo o comercial (IUCN, 2012). No se trata de «prohibir fotografiar animales», sino de dejar de premiar digitalmente su explotación.
Conclusión
Cuando la foto es lo único que importa, los animales dejan de ser seres vivos para convertirse en un mero accesorio de likes. Detrás de muchas de esas imágenes virales hay sufrimiento evitable, impunidad estructurada y, con demasiada frecuencia, corrupción que protege a quienes lucran con él.
La biodiversidad no necesita ser manipulada para conmovernos. Lo realmente impactante de un jaguar, de un perezoso o de un mono silvestre es verlo tal como debe estar: libre, alerta, esquivo y, sobre todo, sin una mano humana sobre su cuerpo. Mientras sigamos premiando lo contrario con nuestro scroll, seguiremos financiando, con nuestra atención, uno de los daños más silenciosos que sufre hoy la fauna silvestre.
Referencias
- Carder, G. et al. (2018). The impact of ‘wildlife selfies’ on public perceptions of the welfare and conservation status of wild animals. Animal Welfare, 27, 287–291. https://doi.org/10.7120/09627286.27.3.287
- CITES (1973). Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres. Disponible en: https://cites.org
- D’Cruze, N. et al. (2018). What is the true cost of the world’s most popular wildlife tourist attractions? Animals, 8(5), 70. https://doi.org/10.3390/ani8050070
- IUCN (2012). Guidelines for reintroductions and other conservation translocations. IUCN SSC. Disponible en: https://portals.iucn.org/library/node/10386
- Knight, J. (2009). Making wildlife viewable: Habituation and attraction. Society & Animals, 17, 167–184. https://doi.org/10.1163/156853009X418091
- Mongabay Latam (2019). Selfies con fauna silvestre: entre el likes y el maltrato animal. Disponible en: https://es.mongabay.com
- National Geographic (2017). Why we are no longer publishing photos of wildlife selfies with direct contact. Disponible en: https://www.nationalgeographic.com/animals/article/wildlife-selfies-no-longer-published
- Orams, M. B. (2002). Feeding wildlife as a tourism attraction: a review of issues and impacts. Tourism Management, 23, 281–293. https://doi.org/10.1016/S0261-5177(01)00080-2
- The Conversation (2025). Cuando la foto es lo único que importa: prácticas de los ‘influencers’ de fauna que ponen en riesgo a los animales. Disponible en: https://theconversation.com/cuando-la-foto-es-lo-unico-que-importa-practicas-de-los-influencers-de-fauna-que-ponen-en-riesgo-a-los-animales-290257
- Transparency International (2019). Corruption and the environment. Disponible en: https://www.transparency.org/en/topic/environmental-corruption
- World Animal Protection (2017). Wildlife Selfies: A close up on cruelty. Disponible en: https://www.worldanimalprotection.org.uk/latest/news/wildlife-selfies-close-cruelty/
Generado por Osprey
