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La Radio Televisión de Serbia confirmó que el exjefe del Ejército de la República Srpska falleció a los 81 años mientras cumplía su sentencia por crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y genocidio
La Radio Televisión de Serbia (RTS) informó este jueves que Ratko Mladi,c el militar que durante más de una década se convirtió en el rostro del terror en la ex Yugoslavia, murió bajo custodia. El llamado “Carnicero de los Balcanes”, de 81 años y exjefe del Ejército de la República Srpska (VRS), falleció en un centro médico de Belgrado mientras cumplía la condena a cadena perpetua impuesta por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY). Aunque la cadena pública no detalló de inmediato las causas exactas de su muerte, el anuncio marca el cierre —al menos formal— de una de las páginas más dolorosas de la historia europea contemporánea.
Con su fallecimiento, desaparece una figura que simboliza la crueldad del nacionalismo etnográfico desatado tras la desintegración de Yugoslavia. Durante casi cuatro años, entre 1992 y 1995, Mladi? organizó una campaña sistemática de limpieza étnica, masacres y asedios que dejó más de 100.000 muertos en Bosnia y Herzegovina y desplazó a más de dos millones de personas. Su nombre quedará grabado, para siempre, junto al de los otros protagonistas de aquella tragedia: Radovan Karadži?, Slobodan Miloševi? y los miles de comandantes locales que ejecutaron sus órdenes.
Un oficial formado para la guerra
Nacido el 12 de marzo de 1943 en Kalinovik, una zona montañosa del sureste de Bosnia (entonces parte de Yugoslavia), Ratko Mladi? se formó en las escuelas militares de Belgrado y ascendió con rapidez dentro del Ejército Popular Yugoslavo (JNA). Cuando el Estado federal comenzó a desmoronarse a principios de los noventa, se posicionó como uno de los líderes más leales a la causa de los serbios de Bosnia. En mayo de 1992 asumió el mando del VRS, la fuerza armada de la autoproclamada República Srpska, con una misión que trascendía la defensa militar: redibujar el mapa étnico de Bosnia mediante la violencia sistemática.
Su relación con el político Radovan Karadži? y, más allá de las fronteras bosnias, con el régimen de Slobodan Miloševi? en Belgrado, fue determinante. Mientras Karadži? articulaba la retórica política del serbismo radica, Mladi? traducía esas palabras en operaciones de exterminio, bombardeos y desplazamientos forzados.
El horror de los números
Para comprender la magnitud de su legado, bastan dos cifras que hoy funcionan como símbolos de la barbarie: el sitio de Sarajevo, que duró 1.425 días y dejó más de 11.500 muertos, entre ellos más de 1.500 niños; y la masacre de Srebrenica, perpetrada entre el 11 y el 19 de julio de 1995. En aquella semana, fuerzas del VRS bajo su mando ocupaton el enclave de Srebrenica —declarado “zona segura” por las Naciones Unidas—, separaron a los hombres y a las mujeres, y ejecutaron a más de 8.000 bosnio-musulmanes, muchos de ellos desarmados y confiados en la protección de los cascos azules.
La escena de Mladi? distribuyendo dulces entre los niños serbios mientras, días después, ordenaba la aniquilación de adultos musulmanes, se ha convertido en una de las imágenes más icónicas de la hipocresía del nacionalismo de guerra. Pero su estrategia no se limitó a Srebrenica. Durante el asedio de Sarajevo, los francotiradores serbios disparaban deliberadamente contra civiles que cruzaban avenidas y mercados. En las zonas rurales, la violación fue utilizada como arma de guerra sistemática, y los campos de detención sirvieron para torturar y exterminar a bosnios y croatas detenidos.
Un juicio de más de quince años
Después de años de fuga, protegido por sectores de las fuerzas de seguridad serbias, Mladi? fue capturado en mayo de 2011 en la localidad de Lazarevo, en el norte de Serbia. Su arresto, logrado tras una intensa presión de la Unión Europea y del TPIY, permitió iniciar uno de los procesos más complejos de la justicia internacional.
Entre 2012 y 2017, la sala de juicio de La Haya escuchó testimonios de cientos de sobrevivientes, expertos forenses y analistas militares. La fiscalía demostró que Mladi? había actuado con intención genocida en Srebrenica, y con un plan sistemático de persecución en todo el territorio bosnio. El 22 de noviembre de 2017, el tribunal lo condenó a cadena perpetua por genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. La defensa apeló, argumentando problemas de salud y falta de control efectivo, pero el 8 de diciembre de 2021 la sala de apelaciones confirmó la sentencia, dejando sin efecto cualquier posibilidad de reducción de pena.
A partir de ese momento, Mladi? fue trasladado a una prisión serbia para cumplir su condena. Durante años había sufrido complicaciones derivadas de un derrame cerebral y de un cáncer, y su estado físico se había deteriorado notablemente. En ningún momento mostró arrepentimiento público; por el contrario, mantuvo la postura de que defendió a su pueblo.
Una muerte que no borra los crímenes
Según informó RTS, el exgeneral murió en un centro de salud mientras seguía bajo custodia. Aunque la noticia no especificó si ocurrió en la prisión o en un hospital de la capital serbia, su fallecimiento llega en un contexto de constante tensión entre Belgrado y Sarajevo. En Serbia, su figura sigue siendo, para algunos sectores nacionalistas, un símbolo de resistencia; para otros, una carga que impide la normalización del país en la Unión Europea. En Bosnia, su muerte no genera celebración, sino una mezcla de alivio y dolor: alivio porque la justicia, aunque lenta, fue implacable; dolor porque los crímenes permanecen.
Las asociaciones de sobrevivientes de Srebrenica, como las Madres del Enclave de Srebrenica, han recordado durante años que la justicia no es solo una sentencia, sino la memoria de los 8.000 nombres de las víctimas, muchos de los cuales aún no han sido identificados en las fosas comunes descubiertas en las últimas dos décadas. “No necesitamos ver su arrepentimiento —ha declarado la activista Munira Subaši?—, necesitamos que se recuerde lo que hizo”.
En la escena internacional, la muerte de Mladi? cierra una era para el derecho penal internacional. Junto a la muerte de Slobodan Miloševi? en 2006 —quien murió antes de la sentencia definitiva— y la condena de Karadži?, el caso de Mladi? se perfila como uno de los pilares del TPIY. Demostró que un jefe militar puede ser juzgado por decisiones estratégicas, no solo por los actos individuales de sus soldados, y que la impunidad, aunque tarda años, no es eterna.
El legado de un “administrador del horror”
En su etapa final, Mladi? representó lo que la filósofa Hannah Arendt describió como la “banalidad del mal”: no una figura demoníaca, sino un hombre común que organizó el horror con la técnica de un administrador. Su muerte, a los 81 años, llega tarde para las víctimas, pero llega. No como una venganza, sino como la confirmación de que los crímenes de guerra y el genocidio no prescriben.
La historia recordará a Ratko Mladi? no por sus condecoraciones militares ni por su uniforme, sino por el silencio de los fusilados de Srebrenica y por el llanto de las madres que aún buscan cuerpos en fosas comunes de Bosnia. Su paso por la prisión y su muerte bajo custodia cierran, al menos formalmente, el ciclo de su responsabilidad personal. Lo que queda es la memoria, la justicia y la obligación de que los Balcanes no vuelvan a ver nunca más un “carnicero” con libertad para matar.
Que su muerte sea, para las generaciones futuras, no un epílogo glorioso, sino una advertencia: el odio organizado siempre encuentra un general, pero la justicia, tarde o temprano, también encuentra su camino.
(Artículo elaborado a partir de informes de la Radio Televisión de Serbia, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia y registros históricos de la Guerra de Bosnia.)
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