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En la actualidad, términos como influencer, trendsetter o guías de lifestyle dominan nuestro vocabulario cotidiano. Nos resulta natural asociarlos con Instagram, TikTok y la inmediatez de la era digital. Sin embargo, la fascinación humana por seguir a iconos que dictan qué debemos vestir, cómo debemos decorar nuestros hogares y a qué lugares debemos ir no es un invento de Silicon Valley. Si viajamos en el tiempo hasta la Francia de finales del siglo XVIII, concretamente al período del Directorio (1795-1799), descubriremos una sociedad que, tras el profundo trauma de la Revolución Francesa, inventó un fenómeno sorprendentemente similar al de las actuales redes sociales. La Francia posrevolucionaria ya tenía sus propias celebridades, sus tendencias virales y sus revistas de estilo de vida.

Para comprender este explosivo resurgir de la moda, es indispensable entender el convulso contexto histórico. Tras la caída de Maximilien Robespierre y el fin del sangriento Reinado del Terror en 1794, Francia experimentó un gigantesco suspiro de alivio colectivo. Durante años, la austeridad, el miedo y la sombra constante de la guillotina habían marcado la vida diaria. La sociedad, libre por fin del terror estatal, reaccionó con una euforia desbordante y un hedonismo que rayaba en lo frenético. Los salones clandestinos, los bailes suntuosos y un consumo desmedido se convirtieron en una forma de exorcizar el miedo y celebrar el milagro de seguir con vida.

Una de las manifestaciones más extremas de esta liberación fueron los Bals des Victimes (Bailes de las Víctimas). Para asistir a estos macabros eventos, era requisito haber perdido a un familiar en la guillotina. Los asistentes llevaban el cuello rapado (como los condenados a muerte), cintas rojas en el cuello o peinados que imitaban el corte previo a la ejecución. En este escenario de excentricidad y deseos de vivir al límite, nacieron las primeras celebridades y trendsetters modernas.

En la cima de la pirámide social de esta nueva era se alzaban Les Merveilleuses (Las Maravillosas) y Les Incroyables (Los Increíbles). Eran jóvenes de la alta burguesía, a menudo enriquecidos por la especulación financiera o la nueva política, que se dedicaban a romper moldes y dictar las normas del gusto. Entre ellas, destacaban figuras femeninas cuyos nombres resonaban por todo París: Madame Tallien (Thérésa Cabarrús), la celebre escritora Germaine de Staël y Josefina de Beauharnais (quien más tarde se convertiría en emperatriz al casarse con Napoleón).

Pero por encima de todas brillaba Juliette Récamier. Juliette fue, en muchos sentidos, la influencer absoluta de su tiempo. Famosa por su belleza, inteligencia y agudo ingenio, su salón literario en París era el centro neurálgico de la vida intelectual y política de Francia. Todo lo que ella hacía se convertía en tendencia inmediata: popularizó el corte de pelo «a lo Tito» (corto y rizado, inspirado en la Roma imperial), impuso la decoración neoclásica en los interiores de la élite y su icónica pose recostada en un diván, vestida con un sencillo vestido blanco de muselina, fue inmortalizada en retratos que hoy acumularían millones de «me gusta».

El look impulsado por estas mujeres era una ruptura total con el pasado inmediato. Tras años en los que lucir ropa ostentosa o aristocrática podía costarte la cabeza, la nueva moda abrazó con pasión el neoclasicismo. Los recientes descubrimientos arqueológicos en Pompeya y Herculano influyeron profundamente en el gusto, trayendo consigo el estilo chemise à la grecque (camisa a la griega). Eran vestidos tipo túnica, confeccionados con telas ligerísimas como la muselina o el lino blanco, que caían rectos desde el busto.

La audacia de estas pioneras de la moda llegó a extremos que hoy consideraríamos virales: algunas mojaban sutilmente sus vestidos de muselina para que se adhirieran al cuerpo como una segunda piel, creando la ilusión de ir vestida únicamente con una túnica semitransparente, simulando esculturas clásicas (un estilo bautizado como à la sauvage). Los escotes se pronunciaron, los rígidos corsés desaparecieron por un tiempo y los accesorios —zapatos planos atados con cintas cruzadas, guantes largos o pelucas de colores inverosímiles— se volvieron imprescindibles. Por su parte, los hombres, los Incroyables, no se quedaban atrás: combinaban levitas de colores estridentes con enormes pañuelos de cuello (que a veces les dificultaban girar la cabeza), pantalones ajustados y hacían un uso exagerado de monóculos, paseando por el Palais-Royal con un andar afectado.

¿Cómo se difundían estas tendencias virales antes de la fotografía y de Internet? La respuesta reside en el explosivo nacimiento de la prensa de moda, que funcionaba exactamente como el feed de Instagram de hoy. Publicaciones pioneras como el Journal des dames et des modes o las colecciones Costumes Parisiens, editadas por Pierre de la Mésangère, ejercían una influencia colosal. Mediante suscripciones, entregaban periódicamente láminas coloreadas a mano que documentaban cada cambio en la indumentaria, cada peinado nuevo y los últimos escándalos acontecidos en la Ópera o en los jardines de las Tullerías.

Estos medios no solo dictaban la moda; también se erigían como verdaderas guías de lifestyle. Ofrecían consejos sobre etiqueta social, reseñaban las obras de teatro y detallaban qué llevaban puesto las grandes damas en los eventos más exclusivos, publicitando indirectamente a las modistas y peluqueros de moda. La burguesía consumía estas publicaciones con avidez, dispuesta a emular el sofisticado y decadente estilo de vida de la élite.

La Francia del Directorio nos enseña que la moda, más allá de su frivolidad aparente, es un reflejo fiel de los terremotos sociales y políticos. Tras el horror del Terror, la extravagancia de las Merveilleuses fue una catarsis colectiva. Aunque los escenarios y las tecnologías han cambiado, la dinámica social permanece inmutable: figuras carismáticas que marcan tendencia, una audiencia ávida de inspiración y unos medios de comunicación dedicados a difundir el estilo de vida aspiracional. Las influencers del siglo XVIII nos demuestran que el deseo humano de reinventarse a través de la moda nunca pasa de moda.

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Categorías: Historia

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.