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En los últimos meses, la historia de Jason Arday ha circulado ampliamente como un relato inspirador: un académico negro que, tras superar dificultades considerables —incluido un diagnóstico tardío de autismo y un inicio escolar marcado por la incapacidad de leer y escribir hasta los dieciocho años—, se ha convertido en el profesor más joven de la Universidad de Cambridge. Su nombramiento fue celebrado como un avance en la representación racial dentro de la élite académica británica. Sin embargo, más allá de los elogios mediáticos, el caso plantea preguntas incómodas sobre qué entendemos exactamente por diversidad y si los criterios que dominan el debate público realmente capturan lo que dicen buscar.

Para abordar estas cuestiones con la profundidad que merecen, conviene invocar a un académico negro con mucha más enjundia intelectual que cualquier figura mediática contemporánea: Thomas Sowell. Economista, filósofo social y autor de más de cuarenta libros, Sowell ha dedicado décadas a desmontar lo que considera supuestos no examinados en las políticas raciales y educativas. Su perspectiva, forjada desde su propia experiencia como hombre negro nacido en Carolina del Norte durante la Gran Depresión y criado en Harlem, ofrece un contrapunto valioso al discurso dominante sobre diversidad.

La raza como proxy tosco de la diversidad humana

La crítica fundamental de Sowell a las políticas contemporáneas de diversidad puede resumirse en una observación aparentemente simple pero devastadora en sus implicaciones: muchas instituciones han convertido la diversidad racial en un proxy extremadamente tosco de la diversidad humana. Esta reducción opera con una lógica que rara vez se examina críticamente, pero que merece un escrutinio riguroso.

Dos estudiantes pueden pertenecer a grupos raciales distintos y, sin embargo, compartir clase social, nivel educativo de sus padres, barrio de residencia, valores políticos, expectativas profesionales y prácticamente todo su entorno cultural relevante. Un joven blanco de clase trabajadora rural en Kentucky y un joven negro de clase trabajadora urbana en Detroit pueden tener más experiencias formativas en común —precariedad económica, escuelas públicas deficientes, familias con acceso limitado a capital cultural— que cualquiera de ellos con un compañero de su misma raza criado en un suburbio acomodado con padres profesionales.

A la inversa, dos personas clasificadas administrativamente como «negras» pueden proceder de mundos radicalmente diferentes. Un descendiente de esclavos de Alabama cuya familia lleva generaciones en la pobreza rural no comparte automáticamente una perspectiva con el hijo de diplomáticos nigerianos educado en colegios internacionales. Una familia jamaicana de Londres con tres generaciones de presencia británica tiene una relación con la historia, la cultura y las instituciones totalmente distinta a la de una familia acomodada de California cuyos hijos asisten a escuelas privadas de élite. Sin embargo, todos ellos quedan subsumidos bajo la misma etiqueta racial en los formularios de admisión y en las estadísticas institucionales.

La homogeneidad implícita en la categoría racial

Aquí emerge una paradoja que Sowell ha señalado con particular agudeza: cuanto más peso se concede a la raza como indicador de diversidad, más necesario resulta asumir cierta homogeneidad dentro de cada raza. Si ser negro aporta automáticamente una perspectiva distinta de ser blanco, se está atribuyendo implícitamente a la categoría racial cierta capacidad para predecir experiencias, perspectivas o formas de pensar. Se está sugiriendo que existe algo así como «la perspectiva negra» o «la experiencia negra» como categorías coherentes y unitarias.

Y precisamente esa asociación entre raza y características individuales es algo que el propio discurso antirracista suele intentar evitar. Durante décadas, activistas y académicos han luchado contra los estereotipos raciales, contra la idea de que el color de la piel determina capacidades, intereses o trayectorias vitales. Sin embargo, las políticas de diversidad basadas primordialmente en criterios raciales reintroducen por la puerta trasera lo que se expulsó por la puerta principal: la noción de que la raza es una variable predictiva significativa para entender quién es una persona y qué puede aportar a una comunidad académica.

Esta contradicción no es meramente teórica. Tiene consecuencias prácticas en los procesos de selección, donde un candidato puede ser valorado no por sus logros, ideas o potencial intelectual, sino por un rasgo fenotípico sobre el que no tiene control alguno. Y tiene consecuencias psicológicas para los propios beneficiarios de estas políticas, que pueden verse perseguidos por la duda perpetua de si fueron seleccionados por mérito propio o por una característica demográfica.

Más allá de la demografía visible

Si el objetivo declarado de las políticas de diversidad es maximizar la variedad de experiencias y perspectivas en las instituciones educativas, resulta extraño que el sistema se optimice principalmente mediante unas pocas variables demográficas visibles. Una universidad verdaderamente obsesionada con la diversidad podría prestar mucha más atención a dimensiones que capturan diferencias reales en la formación de la persona: clase social de origen, procedencia rural o urbana, profesión de los padres, estructura familiar, nacionalidad, tipo de educación previa, religión, experiencias laborales, historial migratorio, posiciones intelectuales y, sobre todo, diversidad ideológica.

La diversidad ideológica es particularmente reveladora como caso de estudio. En las universidades contemporáneas, especialmente en humanidades y ciencias sociales, la homogeneidad política es abrumadora. Un estudio tras otro ha documentado la escasez de profesores conservadores o incluso moderados en disciplinas clave. Sin embargo, rara vez se escucha a los administradores universitarios lamentar esta falta de diversidad con la misma urgencia con la que lamentan la subrepresentación racial. Un departamento de sociología donde el noventa por ciento de los profesores comparten las mismas premisas políticas de centro-izquierda se considera perfectamente diverso si incluye suficientes personas de distintas razas que, sin embargo, comparten esas premisas.

Sowell ha señalado esta asimetría en numerosas ocasiones: la diversidad que importa a las instituciones es la que se puede medir en fotografías, no la que transformaría genuinamente el debate intelectual. Es más fácil celebrar un nombramiento racialmente diverso que lidiar con las consecuencias incómodas de tener un departamento donde convivan keynesianos y austriacos, realistas y constructivistas, creyentes y escépticos.

El mérito individual frente a la categorización grupal

En el fondo de la crítica de Sowell late una convicción profunda sobre la naturaleza del conocimiento y del mérito individual. Las personas no piensan, descubren o crean como representantes de grupos demográficos; piensan, descubren y crean como individuos con trayectorias únicas. El genio matemático de un investigador no deriva de su melanina sino de años de trabajo sostenido, de una mente particularmente dotada para la abstracción, de encuentros fortuitos con mentores inspiradores, de lecturas que encendieron una chispa inesperada.

Reducir esta complejidad a categorías raciales no solo es empobrecedor desde el punto de vista epistemológico, sino que resulta contraproducente para los propios objetivos que dice perseguir. Si lo que se busca es enriquecer el debate académico con perspectivas genuinamente diversas, el camino pasa por ampliar los criterios de selección más allá de lo demográfico, no por sustituir un criterio demográfico por otro.

El caso de Jason Arday es celebrado, con razón, como un ejemplo de superación personal. Pero su valor no reside en el color de su piel, sino en su trayectoria específica: la lucha contra un sistema educativo que inicialmente lo descartó, la perseverancia ante el diagnóstico tardío, la curiosidad intelectual que lo llevó de no saber leer a dirigir proyectos de investigación. Cualquier persona con esa trayectoria merecería reconocimiento, independientemente de su ascendencia. Reducir su logro a una cuestión de representación racial es, paradójicamente, la forma más eficaz de minimizarlo.

Thomas Sowell ha dedicado su vida intelectual a defender una idea aparentemente modesta pero radical en sus implicaciones: las personas son más que sus categorías demográficas, y las instituciones que pretenden hacer justicia deben aprender a ver más allá de la superficie visible. Mientras el debate público siga atrapado en la lógica del proxy racial, nos perderemos tanto la verdadera diversidad como el verdadero mérito.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.