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En mayo de 2021, el mundo volvió a mirar a Ceuta. El Gobierno español había recibido para tratamiento médico al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, y Marruecos respondió abriendo la presión sobre la frontera. Miles de personas, muchas de ellas menores, cruzaron a nado o por los espigones. Ceuta se convirtió, de nuevo, en escenario de una crisis que no era solo humanitaria: era geopolítica, histórica y profundamente española.
Mientras el ejecutivo gestionaba la emergencia, la ultraderecha —Vox, sus aliados mediáticos, los sectores más rencorosos del Partido Popular y una constelación de cuentas en redes sociales— se lanzó a capitalizar el caos. Banderas estampadas, hashtags de soberanía, acusaciones de traición al Estado. Se presentaron como los únicos defensores de la integridad territorial, como los guardianes de una frontera que, según ellos, el “progresismo” quería entregar. Como si la patria fuera un rótulo de campaña, y no una responsabilidad histórica.
Sin embargo, conviene recordar un hecho que no aparece en sus discursos: durante cuarenta años de dictadura, Francisco Franco nunca, ni una sola vez, pisó Ceuta.
No fue por descuido. No fue por falta de tiempo ni de oportunidad. El generalísimo viajó por todo el territorio nacional, inauguró pantanos, se fotografió con dictadores, con falangistas, con generales y con curas. Pero Ceuta permaneció ausente de su itinerario presidencial. Una ciudad española, un enclave estratégico, una plaza fuerte de la soberanía que el régimen decía defender con una mano de hierro, nunca recibió su visita. ¿Por qué? Porque Franco sabía exactamente a quién le debía el poder, y esa deuda le impedía mirar de frente a la ciudad que simbolizaba la verdad de su victoria.
La verdad de la “Guardia Mora”
En julio de 1936, cuando el golpe de Estado militar fracasó en gran parte de España, Franco no disponía de un ejército leal a la República. Contaba, en cambio, con el Ejército de África, con los regulares, con los mehalas, con lo que la propaganda oficial y los historiadores del régimen llamaban eufemísticamente “Guardia Mora”. No era una metáfora. Eran soldados marroquíes, reclutados en el Rif, en el Valle de Zaïo, organizados en “tabores” y “mehalas”, que cruzaron el Estrecho de Gibraltar para masacrar a españoles.
El nombre de Badajoz se impone por su horror: en agosto de 1936, tras la toma de la ciudad por las tropas africanas, miles de personas fueron ejecutadas en la plaza de toros, en las calles, en las trincheras improvisadas. No fue una batalla; fue una matanza sistemática. En todas las avanzadas de las tropas nacionales, la “Guardia Mora” fue el martillo con el que se destruyó la República, no solo por su capacidad militar, sino por su crueldad deshumanizada, que servía de advertencia y de terror. Franco no ganó la Guerra Civil con el pueblo español; la ganó con mercenarios extranjeros a quienes prometió tierras, botín, reconocimiento y una posición privilegiada en el nuevo orden.
Ceuta no era un símbolo neutral. Era la base operativa, el puerto, el origen de esas fuerzas. Era la ciudad donde los regulares se organizaban, donde se embarcaban hacia la península, donde se fortalecían antes de cada avance. Entre Ceuta y Melilla y el continente africano se tejió la red de la masacre. Que Franco hubiera pisado Ceuta habría sido admitir, ante la nación que pretendía representar, que su régimen no era una cruzada nacional de redención, sino una operación de limpieza política y étnica financiada y ejecutada por soldados extranjeros. No lo hizo. Prefirió ignorar la ciudad para no enfrentar la verdad de su origen.
Y esa deuda tuvo un precio real, tangible, sangriento: el Sáhara Español.
El territorio vendido: el Sáhara y la Marcha Verde
El Sáhara Occidental —hoy República Árabe Saharaui Democrática, territorio pendiente de descolonización— era español. No era una colonia olvidada ni una posesión administrativa de segunda categoría. Durante décadas fue provincia española, con representación en las Cortes, con inversión en infraestructura, con un estatuto que lo vinculaba legalmente a Madrid. Cuando Franco enfermó, cuando el régimen se desmoronaba, el Estado español decidió —no por incapacidad militar, sino por cálculo político— entregar el territorio sin luchar.
Fue en noviembre de 1975. El dictador agonizaba en la Clínica de Madrid, inconsciente, incapaz de gobernar. El rey Juan Carlos, apenas proclamado, y el presidente Arias Navarro, con el apoyo del aparato franquista, optaron por la rendición. El rey de Marruecos, Hassan II, organizó la Marcha Verde: cientos de miles de ciudadanos marroquíes, muchos de ellos reclutados, transportados y organizados por el propio Estado marroquí, cruzaron la frontera para “reclamar” el territorio. España disponía de tropas, de bases, de avión, de una administración. No se disparó un solo tiro en defensa de la soberanía.
Se trató de una cesión programada, una venta encubierta, un abandono estratégico. Pero no fue solo la traición de una cúpula española. Durante la Marcha Verde, en medio de la ocupación y de la retirada de las fuerzas españolas, ondeaban banderas de Estados Unidos. No es un detalle menor, ni una anécdota de archivo que pueda ignorarse. La potencia hegemónica del mundo apoyaba activamente el proyecto marroquí porque un Sáhara independiente, gobernado por el Frente Polisario, con vínculos con Argelia y con tendencias socialistas, no convenía a sus intereses estratégicos en el Atlántico, a su política de contención y a su deseo de controlar los recursos y las rutas marítimas.
Franco había sido aliado de Washington durante décadas. Su dictadura se sostuvo con ayuda militar, económica y política de Estados Unidos. El precio de esa alianza, en los últimos días del régimen, fue el territorio. El Sáhara se entregó para no molestar al aliado. Se cedió sin lucha porque la dictadura prefería la estabilidad del dictador moribundo a la integridad del territorio nacional.
La coherencia de la entrega
El caso de Franco y Ceuta no es una anécdota de desplazamientos turísticos. Es la coherencia de una política: la del intercambio de tierras españolas por estabilidad autoritaria, por amistad con regímenes represivos, por subordinación a los intereses de grandes potencias. Si Franco hubiera vivido más, si la dictadura se hubiera prolongado más allá de 1975, es evidente que Ceuta y Melilla habrían corrido la misma suerte que el Sáhara. El régimen ya había demostrado su fórmula: cuando la presión marroquí aumentaba, España cedía. Cuando el aliado norteamericano pedía, España entregaba. Cuando la “mora” había servido para masacrar, España olvidaba el precio; y cuando la “mora” pedía tierras, España se las entregaba.
El territorio español nunca fue sagrado para Franco. Fue moneda de cambio. Y hoy, la ultraderecha que se presenta como guardián de la frontera de Ceuta no solo oculta este pasado: lo reproduce sin saberlo, o tal vez sabiéndolo muy bien. Cuando aboga por “mano dura”, cuando reclama la soberanía con el lenguaje de la exclusión y la xenofobia, cuando exige más muros, más policías y menos derechos, está actuando exactamente como Franco actuó: defiende no la nación en su integridad histórica, sino unos intereses de poder que sacrifican territorios cuando conviene y sacrifican personas cuando es necesario.
La mentira de la soberanía selectiva
La historia no la escriben quienes más gritan “patria”. La escriben los hechos. Y los hechos dicen que Franco, durante cuatro décadas, evitó Ceuta porque la ciudad le recordaba su origen de sangre mercenaria, porque era el puerto de la Guardia Mora que masacró españoles. Que entregó el Sáhara sin lucha, con la complicidad visible de Estados Unidos, porque su régimen prefería la continuidad del autoritarismo a la defensa de la soberanía. Que la ultraderecha actual, con su discurso de soberanía selectiva, es heredera directa de esa misma lógica: defender España solo cuando sirve para atacar inmigrantes, para ocultar la corrupción de sus líderes, para vender miedo y para erigirse como defensores de una frontera que ellos mismos, por herencia política, han contribuido a debilitar.
Ceuta no es una excusa para el discurso nacionalista rabioso. Es una herida abierta que recuerda que la soberanía española no se defiende con banderas de ocasión ni con gritos de “¡Viva España!”, sino con memoria, con justicia y con el reconocimiento honesto de que los territorios que hoy se mencionan como inalienables fueron entregados por quienes decían amar a la patria más que al resto del mundo.
Franco nunca pisó Ceuta. No por descuido, sino por vergüenza. Y hoy, quienes lo invocan como ejemplo de firmeza nacional, no pueden explicar por qué el dictador prefirió ceder el Sáhara antes que enfrentarse a la verdad de su poder, ni por qué evitó siempre una ciudad que le recordaba que su victoria se había construido sobre cuerpos extranjeros y sobre una deuda que nunca pagó.
La historia está escrita. Solo falta que se lea sin miedo, sin gritos vacíos, sin la mentira de quienes usan la patria como escaparate para ocultar la deuda.
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