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«Este verano de calor abrasador, incendios salvajes e inundaciones mortales es una advertencia de lo que nos espera», ha señalado António Guterres. El anuncio de Naciones Unidas de que rebasar el umbral de 1,5 grados es ya inevitable no debería interpretarse como el epitafio de la acción climática, sino como una acusación contra décadas de retrasos. Aquel límite nunca representó una temperatura cómoda o completamente segura. Era la frontera política y científica acordada para reducir el riesgo de daños todavía más graves. Si vamos a superarla, la conclusión racional no es rendirse, sino evitar que el rebasamiento sea duradero y que el termómetro avance hacia los dos grados.
Conviene aclarar qué significa superar el umbral. El Acuerdo de París se refiere al calentamiento sostenido durante décadas, no a la temperatura de un único año. Según la Organización Meteorológica Mundial, 2024 fue el primer año natural con una temperatura media cercana a 1,55 grados por encima del periodo preindustrial. Eso no significa que el objetivo de París quedara formalmente incumplido en ese instante, porque el calentamiento de largo plazo todavía era menor. Pero tampoco permite tranquilizarse: la tendencia, el aumento de las emisiones y el calor acumulado en los océanos indican que el rebasamiento sostenido se aproxima peligrosamente.
Un grado y medio no es un precipicio climático al que siga, de repente, el apocalipsis. Es un indicador de riesgo. Cada décima adicional intensifica las olas de calor, las lluvias torrenciales, las sequías y la pérdida de hielo. El IPCC estima que, con 1,5 grados de calentamiento, desaparecerá entre el 70 % y el 90 % de los arrecifes de coral; con dos grados, la pérdida superaría el 99 %. También aumentan el riesgo de extinción de especies, la inseguridad alimentaria y la exposición de millones de personas a temperaturas peligrosas. No existe un punto a partir del cual todo dé igual: 1,6 grados es peor que 1,5, pero 1,7 es peor que 1,6.
Las consecuencias ya son medibles. Los océanos, que absorben alrededor del 90 % del exceso de calor provocado por los gases de efecto invernadero, han alcanzado niveles récord de energía acumulada. La OMM señala que el ritmo de subida del nivel del mar durante la última década ha sido más del doble que al comienzo de las mediciones por satélite. La crisis también se refleja en los hospitales: The Lancet Countdown calculó que la mortalidad relacionada con el calor entre los mayores de 65 años aumentó un 167 % respecto a la década de 1990. Hablar del cambio climático como un problema del futuro es ignorar deliberadamente a quienes ya enferman, pierden su vivienda o ven desaparecer sus cosechas.
Ante semejante evidencia, el negacionismo climático ha dejado de ser una posición escéptica para convertirse en una forma de obstrucción. El escepticismo científico examina pruebas y modifica sus conclusiones; el negacionismo selecciona datos aislados, confunde tiempo meteorológico con clima y repite que «el clima siempre ha cambiado» como si eso explicara la velocidad actual del calentamiento. El IPCC es inequívoco: la influencia humana ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra. Los ciclos solares, los volcanes y otras causas naturales no reproducen el patrón observado. Además, una investigación publicada en Science mostró que los propios científicos de Exxon realizaron hace décadas proyecciones de calentamiento notablemente precisas, mientras la compañía contribuía públicamente a sembrar dudas.
Ahora prospera un negacionismo menos estridente, pero igualmente peligroso: el del retraso. Ya no siempre niega el calentamiento; asegura que actuar resulta demasiado caro, que la tecnología futura resolverá el problema o que las emisiones de cada país son insignificantes. Es una suma de excusas incompatibles con la física. La atmósfera no distingue entre toneladas de dióxido de carbono chinas, estadounidenses, europeas o españolas. Sí importa, en cambio, quién ha emitido más históricamente y quién dispone de mayores recursos para reducir emisiones. La transición debe ser rápida, pero también justa: no puede exigir los mismos sacrificios a una familia vulnerable que a una petrolera que ha obtenido beneficios extraordinarios.
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente calculó en su informe sobre la brecha de emisiones de 2024 que las políticas entonces vigentes conducían hacia unos 3,1 grados de calentamiento durante este siglo. Incluso el cumplimiento de todos los compromisos climáticos anunciados dejaba una trayectoria aproximada de entre 2,6 y 2,8 grados. Para conservar una posibilidad razonable de limitar el calentamiento a 1,5 grados, las emisiones mundiales debían caer un 42 % en 2030 y un 57 % en 2035 respecto a 2019. Sin embargo, las emisiones procedentes de los combustibles fósiles volvieron a marcar un récord en 2024. La brecha no es tecnológica: es, ante todo, política.
Las soluciones existen. Es necesario acelerar las energías renovables, modernizar las redes eléctricas, mejorar la eficiencia de edificios e industrias, electrificar el transporte, reducir drásticamente las fugas de metano y detener la deforestación. También hay que retirar las ayudas públicas a los combustibles fósiles y evitar que la captura de carbono se utilice como coartada para prolongar indefinidamente su consumo. Al mismo tiempo, resulta imprescindible invertir en adaptación: ciudades con sombra y refugios climáticos, sistemas de alerta temprana, agricultura resistente, restauración de ecosistemas y financiación para los países que sufren daños causados principalmente por las emisiones ajenas.
Rebasar temporalmente 1,5 grados no obliga a permanecer por encima para siempre: alcanzar emisiones netas cero y retirar parte del carbono acumulado podría reducir la temperatura más adelante. Pero cualquier exceso dejará daños, algunos irreversibles durante siglos. Por eso el anuncio de la ONU no puede normalizarse ni emplearse para justificar la pasividad. Los negacionistas estaban equivocados cuando rechazaban el calentamiento y vuelven a estarlo cuando presentan la derrota parcial como una derrota total. Un grado y medio ya es demasiado. Dos grados serían mucho peores. Entre ambos valores se cuentan vidas, especies, ciudades y futuros que todavía podemos proteger.
Fuentes de referencia: IPCC, Informe de síntesis del Sexto Informe de Evaluación y Calentamiento global de 1,5 °C; OMM, State of the Global Climate 2024; Copernicus, Global Climate Highlights 2024; PNUMA, Emissions Gap Report 2024; The Lancet Countdown 2024; Global Carbon Project, Global Carbon Budget 2024; Supran, Rahmstorf y Oreskes, “Assessing ExxonMobil’s global warming projections”, Science (2023).
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