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En los años más oscuros de la historia reciente de España, cuando el franquismo impuso su terror en Canarias, la crueldad no tuvo límites. Entre 1936 y 1938, en el cuartel de La Isleta (Las Palmas de Gran Canaria), se cometieron atrocidades que aún hoy estremecen por su perversión metódica. El testimonio de Eudaldo Felipe Nuez, recabado por el historiador Francisco González Tejera en 1987, revela una práctica sádica y sistemática: la tortura con ratas en las vaginas de las presas políticas.

El testimonio que estremece

Nuez, que realizó el servicio militar en el cuartel, describió cómo las mujeres embarazadas eran atadas a frías camillas metálicas, con las piernas abiertas y amarradas. Juan «El Cebollero», un falangista conocido en la zona, traía ratas de cloaca en jaulas de calandras. Según el relato, los roedores, «como si estuvieran enseñadas», se dirigían directamente a las vaginas de las víctimas, mordían los labios externos y luego entraban, devorando sus órganos internos. Los gritos de dolor, según Nuez, «se me quedaron grabados en los oídos para siempre». Mientras él y su primo Macario (exfutbolista) limpiaban los pisos del centro de detención, recogían restos de sangre, sesos, trozos de vagina, pezones cortados y pechos enteros metidos en bolsas de papel.

El lugar, conocido como «La Casa de los Horrores», no era un caso aislado. Era un eslabón más de una cadena de violencia institucionalizada. Las mujeres jóvenes y bonitas eran violadas; las mayores, colgadas boca abajo por las piernas durante días para ser golpeadas con varas de acebuche y «pingas de buey» (pene de toro). Un médico, Don Antonio Marrero Portugués, supuestamente revisaba la tensión o la temperatura de las víctimas, aunque su función real sigue siendo un enigma: ¿acaso para calcular cuánto tiempo más podrían sobrevivir a las torturas?.

El contexto: la represión falangista en Canarias

La represión franquista en Canarias no fue un acto de guerra, sino una política deliberada de dominación. El régimen utilizó violencia física, psicológica y simbólica para aplastar cualquier forma de resistencia. En las islas, la Falange actuó con total impunidad, convertida en un brazo ejecutor del terror. Los falangistas no solo torturaban, sino que lo hacían con un componentes de género explícito: las mujeres eran objeto de vejaciones específicas, como violaciones, rapado de cabezas, acoso sexual y, en casos extremos, la introducción de ratas en sus cuerpos.

El uso de ratas como instrumento de tortura no era nuevo. Ya la Inquisición española lo había practicado, colocando roedores hambrientos sobre el abdomen de los condenados o introduciéndolos en cavidades corporales. El método consistía en calentar la jaula donde estaban las ratas, que, desesperadas, buscaban salir por el cuerpo de la víctima, devorando sus entrañas. En Canarias, esta práctica se adaptó con un sadismo adicional: las ratas eran usadas para destruir los órganos reproductores de las mujeres, en un acto de humillación y aniquilación física y psicológica.

El silencio y la impunidad

Lo más escalofriante de estos crímenes es que, durante décadas, fueron silenciados. Los verdugos, como «El Cebollero», actuaban sin miedo a represalias. Los niños, encerrados en salas contiguas, escuchaban los gritos de sus madres mientras eran torturadas. A veces, los falangistas llevaban a los menores para que presenciaran el sufrimiento de sus familiares, con el objetivo de quebrantar su voluntad y obtener información.

La complicidad de las instituciones era total. La Iglesia católica, a través de figuras como Don Antonio Marrero Portugués, legitimaba estas prácticas con su presencia. Los centros de detención, como el de la calle Triana, funcionaban como cámaras de horror donde el Estado franquista y sus cómplices falangistas ejercían un poder absoluto sobre la vida y la muerte. No había justicia, ni piedad, ni límite ético. Solo el objetivo de aniquilar al enemigo político y, en el caso de las mujeres, de someterlas a una violencia de género extrema.

La memoria histórica y la deuda pendiente

Hoy, más de 80 años después, estos crímenes siguen sin ser plenamente reconocidos. Las fosas comunes en Canarias, como la Sima de Jinámar, guardan los restos de cientos de víctimas, muchas de ellas mujeres, arrojadas vivas o muertas al vacío. La Ley de Amnistía de 1977 impidió juzgar a los responsables, y hoy, partidos como PSOE, PP y Ciudadanos siguen oponiéndose a su reforma, permitiendo que torturadores como «Billy el Niño» caminen impunes por las calles.

El testimonio de Eudaldo Felipe Nuez no es solo un relato del horror, sino una denuncia contra el olvido. Las ratas de «El Cebollero» no fueron un acto aislado de crueldad, sino un símbolo de cómo el franquismo y sus cómplices falangistas usaron el cuerpo de las mujeres como campo de batalla. Hoy, recordar estos crímenes es un acto de justicia. Exhumar los restos de las víctimas, un deber moral. Y exigir verdad y reparación, una obligación democrática.


¿Hasta cuándo seguiremos permitiendo que el silencio proteja a los verdugos? La historia de «La Casa de los Horrores» no es solo un capítulo oscuro del pasado, sino un aviso sobre el peligro de normalizar la barbarie.

Generado por Le Chat Mistral

Fuente: Siempre Antifascistas


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.