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El mundo despide a una de las mentes más brillantes, audaces y transformadoras del siglo XX y XXI. Gloria Steinem, la periodista e ícono indiscutible de la segunda ola del feminismo, ha fallecido, dejando un vacío inmenso en el pensamiento crítico contemporáneo, pero también un legado imperecedero. Steinem no solo fue una testigo de su tiempo: fue la arquitecta de una conversación global que cambió para siempre la forma en que las mujeres se perciben a sí mismas y el lugar que ocupan en la sociedad.
Nacida en Toledo, Ohio, en 1934, Steinem entendió desde muy joven que la pluma podía ser una de las armas más poderosas contra la injusticia. Su figura, siempre reconocible por sus icónicas gafas de aviador y su elocuencia serena pero implacable, encarnó la transición del feminismo de las aulas universitarias y los pequeños círculos de debate al corazón de la cultura de masas. En un momento en que el término «feminista» se utilizaba como un insulto peyorativo para estigmatizar a las mujeres que reclamaban sus derechos, Steinem lo vistió con dignidad, inteligencia y elegancia, demostrando que la igualdad de género no es una postura radical, sino el requisito mínimo de la democracia.
La periodista que destapó la realidad
El punto de inflexión en su carrera periodística llegó en 1963, cuando se infiltró como «conejita» en el Playboy Club de Nueva York. Su artículo de investigación no fue un chisme de prensa rosa, sino un mordaz análisis sociológico sobre la explotación laboral, la cosificación del cuerpo femenino y la falsa ilusión del glamour patriarcal. Aquel reportaje demostró la agudeza de su mirada periodística y su compromiso inquebrantable con la verdad.
Años más tarde, en 1972, Steinem cofundó la revista Ms., la primera publicación de difusión nacional en Estados Unidos dirigida y controlada íntegramente por mujeres. Ms. hizo historia al poner en portada temas que la prensa tradicional ignoraba o silenciaba: la violencia doméstica, el acoso sexual laboral, la brecha salarial y la necesidad de una ley de aborto libre y seguro. Bajo su dirección, el feminismo dejó de ser una teoría abstracta para convertirse en una herramienta de supervivencia diaria para millones de lectoras.
La defensa del feminismo como liberación humana
Hablar del legado de Gloria Steinem implica, de manera indisoluble, hacer una defensa apasionada del feminismo. A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, Steinem recorrió Estados Unidos junto a activistas afroamericanas como Dorothy Pitman Hughes y Florynce Kennedy. Juntas derribaron el mito de que el feminismo era un movimiento exclusivo de mujeres blancas de clase media. Steinem promovió un feminismo interseccional mucho antes de que el término se teorizara, comprendiendo que la opresión de género no puede desvincularse de la raza, la clase social o la orientación sexual.
Su filosofía partía de una premisa tan simple como revolucionaria: «El feminismo nunca ha consistido en que las mujeres tomen el poder sobre los hombres, sino en que tomen el poder sobre sí mismas». Frente a la narrativa reaccionaria que históricamente ha intentado desacreditar la lucha de las mujeres acusándola de «divisiva» o «miserable», Steinem demostró que la emancipación femenina es también la liberación de los hombres de los mandatos tóxicos del patriarcado. En sus discursos, dejó claro que una sociedad no puede llamarse libre si la mitad de su población vive bajo el yugo de la discriminación, la brecha de género o el miedo a la violencia.
En guardia contra el autoritarismo: El enfrentamiento con Trump
Fiel a su espíritu combativo, Steinem no se retiró a los libros de historia cuando alcanzó la tercera edad. En los últimos años de su vida, se convirtió en una de las voces más firmes e incisivas contra el avance del neoconervadurismo y, muy especialmente, contra la figura y la política de Donald Trump.
Steinem identificó tempranamente que el fenómeno del trumpismo no era solo un ataque a las instituciones democráticas, sino un intento deliberado de desmantelar décadas de conquistas sociales de las mujeres y las minorías. Durante la histórica Marcha de las Mujeres de Washington en enero de 2017, al día siguiente de la toma de posesión de Trump, una Steinem octogenaria subió al escenario para recordar al mundo que el poder autoritario siempre empieza por intentar controlar el cuerpo de las mujeres. Para Steinem, la resistencia frente a Trump no era una opción partidista, sino una obligación moral para defender los derechos reproductivos, la equidad y la dignidad humana.
Un reconocimiento universal: El Princesa de Asturias 2021
El impacto de su figura cruzó todas las fronteras. En 2021, la Fundación Princesa de Asturias le otorgó el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El jurado destacó su independencia, su rigor periodístico y su papel como «motor de una de las grandes revoluciones de la sociedad contemporánea». Al recibir este galardón en España, Steinem reafirmó su fe en la juventud y en la necesidad de mantener viva la llama de la protesta pacífica y la solidaridad internacional.
Aquel reconocimiento institucional en Europa confirmó lo que ya era un consenso global: Gloria Steinem había logrado transformar la conciencia de varias generaciones. La niña que creció en un tráiler con una madre que sufría depresión sin asistencia médica adecuada dedicó cada día de su vida a evitar que otras mujeres sufrieran el dolor del olvido y la impotencia.
Mantener viva la llama
Hoy que lloramos su partida, la mejor manera de honrar a Gloria Steinem es no dar ni un solo paso atrás. Vivimos tiempos convulsos donde los discursos de odio, el machismo explícito y la erosión de las libertades amenazan con hacer retroceder la historia. Frente a estas sombras, la vida de Steinem nos recuerda que los derechos no se conceden como un regalo: se conquistan, se defienden y se ejercen a diario.
Gloria Steinem ha muerto, pero el feminismo que enseñó a amar y a practicar —un feminismo alegre, inclusivo, firme y profundamente humano— sigue más vivo que nunca. Su voz se apaga, pero su eco resonará en cada marcha, en cada redacción de periódico, en cada aula y en cada mujer que decida alzarse para decir: «No somos el segundo sexo; somos la mitad del mundo». Gracias, Gloria, por habernos enseñado a volar sin pedir permiso.
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