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La Convención Nacional Republicana de 2024 en Milwaukee trascendió los márgenes de un acto político convencional para adentrarse en el terreno de la liturgia patriótico-religiosa, donde Donald Trump fue ungido como instrumento divino frente a una conspiración global de comunistas e islamistas.


Cuando Donald Trump alzó el puño ensangrentado en Butler, Pensilvania, apenas unos días antes de que arrancara la Convención Nacional Republicana en Milwaukee, la imagen se convirtió instantáneamente en iconografía. Para millones de seguidores, aquel 13 de julio de 2024 no fue un atentado fallido: fue una señal del cielo. La bala que rozó su oreja derecha había sido desviada por la mano de Dios. Y esa narrativa, lejos de diluirse con el paso de las horas, se convirtió en el eje vertebrador de una convención que, según numerosos analistas y corresponsales internacionales, adquirió un aroma inequívocamente sectario.

Un mesías político bajo los focos del Fiserv Forum

Desde la primera jornada, el tono religioso impregnó cada intervención. Pastores evangélicos, legisladores del Tea Party y figuras del movimiento MAGA se turnaron en el estrado para proclamar que la supervivencia de Trump no era casualidad, sino providencia. «Dios nos dio a Trump», repitieron varios oradores ante un auditorio que respondía con cánticos, lágrimas y brazos alzados al cielo en una coreografía más propia de un avivamiento pentecostal que de una convención partidista.

La teóloga y analista política Katherine Stewart, autora de The Power Worshippers, señaló en diversas tribunas que la fusión entre nacionalismo cristiano y trumpismo alcanzó en Milwaukee su punto de ebullición. «Ya no se trata de una alianza táctica entre evangélicos y un candidato», explicó. «Se trata de una cosmovisión teocrática en la que el líder político es el ungido para restaurar un orden moral que supuestamente fue destruido por décadas de secularismo progresista».

El «pecado» como categoría política

Uno de los rasgos más llamativos de la convención fue la resignificación del concepto de pecado. La inflación, la inmigración irregular, los derechos reproductivos, la agenda LGTBIQ+ y la transición energética no fueron presentados como problemas de política pública susceptibles de debate, sino como manifestaciones de una decadencia espiritual colectiva. Varios ponentes hablaron abiertamente de que Estados Unidos estaba siendo «castigado» por haberse alejado de los mandamientos bíblicos, y que la única vía de redención pasaba por devolver la nación a sus raíces judeocristianas.

El senador J.D. Vance, elegido como compañero de fórmula de Trump, encarnó esta retórica con particular intensidad. En su discurso de aceptación, Vance describió a la América contemporánea como un país «enfermo del alma», corroído por élites que desprecian la fe de la gente común. La solución, según su relato, no era meramente electoral: era una batalla cósmica entre el bien y el mal, entre la luz de la tradición y las tinieblas del progresismo.

La alianza imaginaria: comunistas e islamistas

Si la convención tuvo un villano, este fue una entidad difusa pero omnipresente: la supuesta alianza entre comunistas e islamistas que, según los oradores republicanos, conspira para destruir la civilización occidental desde dentro y desde fuera. La retórica no es nueva en la derecha estadounidense —la teoría de la conspiración conocida como «Eurabia» o el fantasma del «marxismo cultural» llevan décadas circulando—, pero en Milwaukee alcanzó una virulencia inédita.

Intervenciones como la del representante Mike Waltz o la de la activista conservadora Candace Owens insistieron en que la inmigración masiva desde países de mayoría musulmana era una operación deliberada orquestada por «globalistas de izquierda» para diluir la identidad cristiana de Estados Unidos. Al mismo tiempo, China, Cuba y Venezuela fueron presentados no como rivales geopolíticos con intereses concretos, sino como cabezas de playa de un comunismo satánico que ya habría infiltrado las universidades, los medios de comunicación y las agencias federales estadounidenses.

Esta fusión de amenazas —el islam como enemigo exterior y el comunismo como enemigo interior— permitió a los estrategas republicanos construir un relato de asedio total que justifica medidas extraordinarias y, sobre todo, la lealtad incondicional al líder.

La atmósfera de culto: fervor, ritual y pensamiento único

Los corresponsales de medios como The Guardian, Le Monde y El País coincidieron en describir el ambiente del Fiserv Forum como algo difícil de encuadrar en las categorías del periodismo político tradicional. Los asistentes no aplaudían: adoraban. Las réplicas de la imagen de Trump con el puño en alto y la bandera de fondo se vendían como si fueran reliquias. Los gritos de «¡USA! ¡USA!» se mezclaban con himnos gospel y con oraciones improvisadas desde las gradas.

Varios delegados entrevistados por la prensa afirmaron sin ambages que votar por cualquier otro candidato sería «traicionar a Dios». La disidencia interna, ya de por sí escasa tras las purgas de los años anteriores, fue reducida a silencio absoluto. Ni un solo orador cuestionó las políticas de Trump, sus múltiples imputaciones penales o su papel en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. La convención funcionó como un ritual de purificación en el que el pasado quedó absuelto y el futuro se presentó como una cruzada.

Conclusión: ¿política o religión civil?

Lo ocurrido en Milwaukee en julio de 2024 no fue simplemente una convención de nominación. Fue la cristalización de un movimiento que ha borrado las fronteras entre la fe, la identidad nacional y la lealtad a un hombre. Cuando la política se teologiza y el adversario se demoniza, el espacio para el compromiso democrático se estrecha peligrosamente. La pregunta que queda flotando no es si Trump ganará o perderá las elecciones de noviembre, sino qué ocurre con una democracia cuando una de sus dos grandes fuerzas políticas decide que la contienda electoral es, en realidad, una guerra santa.

«Dios nos dio a Trump»: la cruzada republicana para purificar América del pecado, el comunismo y el islam

La Convención Nacional Republicana de 2024 en Milwaukee trascendió los márgenes de un acto político convencional para adentrarse en el terreno de la liturgia patriótico-religiosa, donde Donald Trump fue ungido como instrumento divino frente a una conspiración global de comunistas e islamistas.


Cuando Donald Trump alzó el puño ensangrentado en Butler, Pensilvania, apenas unos días antes de que arrancara la Convención Nacional Republicana en Milwaukee, la imagen se convirtió instantáneamente en iconografía. Para millones de seguidores, aquel 13 de julio de 2024 no fue un atentado fallido: fue una señal del cielo. La bala que rozó su oreja derecha había sido desviada por la mano de Dios. Y esa narrativa, lejos de diluirse con el paso de las horas, se convirtió en el eje vertebrador de una convención que, según numerosos analistas y corresponsales internacionales, adquirió un aroma inequívocamente sectario.

Un mesías político bajo los focos del Fiserv Forum

Desde la primera jornada, el tono religioso impregnó cada intervención. Pastores evangélicos, legisladores del Tea Party y figuras del movimiento MAGA se turnaron en el estrado para proclamar que la supervivencia de Trump no era casualidad, sino providencia. «Dios nos dio a Trump», repitieron varios oradores ante un auditorio que respondía con cánticos, lágrimas y brazos alzados al cielo en una coreografía más propia de un avivamiento pentecostal que de una convención partidista.

La teóloga y analista política Katherine Stewart, autora de The Power Worshippers, señaló en diversas tribunas que la fusión entre nacionalismo cristiano y trumpismo alcanzó en Milwaukee su punto de ebullición. «Ya no se trata de una alianza táctica entre evangélicos y un candidato», explicó. «Se trata de una cosmovisión teocrática en la que el líder político es el ungido para restaurar un orden moral que supuestamente fue destruido por décadas de secularismo progresista».

El «pecado» como categoría política

Uno de los rasgos más llamativos de la convención fue la resignificación del concepto de pecado. La inflación, la inmigración irregular, los derechos reproductivos, la agenda LGTBIQ+ y la transición energética no fueron presentados como problemas de política pública susceptibles de debate, sino como manifestaciones de una decadencia espiritual colectiva. Varios ponentes hablaron abiertamente de que Estados Unidos estaba siendo «castigado» por haberse alejado de los mandamientos bíblicos, y que la única vía de redención pasaba por devolver la nación a sus raíces judeocristianas.

El senador J.D. Vance, elegido como compañero de fórmula de Trump, encarnó esta retórica con particular intensidad. En su discurso de aceptación, Vance describió a la América contemporánea como un país «enfermo del alma», corroído por élites que desprecian la fe de la gente común. La solución, según su relato, no era meramente electoral: era una batalla cósmica entre el bien y el mal, entre la luz de la tradición y las tinieblas del progresismo.

La alianza imaginaria: comunistas e islamistas

Si la convención tuvo un villano, este fue una entidad difusa pero omnipresente: la supuesta alianza entre comunistas e islamistas que, según los oradores republicanos, conspira para destruir la civilización occidental desde dentro y desde fuera. La retórica no es nueva en la derecha estadounidense —la teoría de la conspiración conocida como «Eurabia» o el fantasma del «marxismo cultural» llevan décadas circulando—, pero en Milwaukee alcanzó una virulencia inédita.

Intervenciones como la del representante Mike Waltz o la de la activista conservadora Candace Owens insistieron en que la inmigración masiva desde países de mayoría musulmana era una operación deliberada orquestada por «globalistas de izquierda» para diluir la identidad cristiana de Estados Unidos. Al mismo tiempo, China, Cuba y Venezuela fueron presentados no como rivales geopolíticos con intereses concretos, sino como cabezas de playa de un comunismo satánico que ya habría infiltrado las universidades, los medios de comunicación y las agencias federales estadounidenses.

Esta fusión de amenazas —el islam como enemigo exterior y el comunismo como enemigo interior— permitió a los estrategas republicanos construir un relato de asedio total que justifica medidas extraordinarias y, sobre todo, la lealtad incondicional al líder.

La atmósfera de culto: fervor, ritual y pensamiento único

Los corresponsales de medios como The Guardian, Le Monde y El País coincidieron en describir el ambiente del Fiserv Forum como algo difícil de encuadrar en las categorías del periodismo político tradicional. Los asistentes no aplaudían: adoraban. Las réplicas de la imagen de Trump con el puño en alto y la bandera de fondo se vendían como si fueran reliquias. Los gritos de «¡USA! ¡USA!» se mezclaban con himnos gospel y con oraciones improvisadas desde las gradas.

Varios delegados entrevistados por la prensa afirmaron sin ambages que votar por cualquier otro candidato sería «traicionar a Dios». La disidencia interna, ya de por sí escasa tras las purgas de los años anteriores, fue reducida a silencio absoluto. Ni un solo orador cuestionó las políticas de Trump, sus múltiples imputaciones penales o su papel en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. La convención funcionó como un ritual de purificación en el que el pasado quedó absuelto y el futuro se presentó como una cruzada.

Conclusión: ¿política o religión civil?

Lo ocurrido en Milwaukee en julio de 2024 no fue simplemente una convención de nominación. Fue la cristalización de un movimiento que ha borrado las fronteras entre la fe, la identidad nacional y la lealtad a un hombre. Cuando la política se teologiza y el adversario se demoniza, el espacio para el compromiso democrático se estrecha peligrosamente. La pregunta que queda flotando no es si Trump ganará o perderá las elecciones de noviembre, sino qué ocurre con una democracia cuando una de sus dos grandes fuerzas políticas decide que la contienda electoral es, en realidad, una guerra santa.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.