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Un fragmento de apenas 4,5 centímetros ha empezado a dar cuerpo a los denisovanos, conocidos durante años sobre todo por su ADN. Hallado en Bianfu, una cueva del suroeste de China, corresponde al primer radio —uno de los dos huesos del antebrazo— identificado con seguridad como denisovano. La pieza combina rasgos neandertales con otros próximos a nuestra especie.

El hallazgo se describe en dos estudios publicados en Nature el 9 de septiembre de 2026. El radio procede de una capa datada entre 148.000 y 134.000 años, de ahí la cifra redondeada de 150.000. Junto con cuatro dientes y dos fragmentos de cráneo, forma un conjunto de restos humanos cuya antigüedad abarca entre 167.000 y 134.000 años.

Los denisovanos entraron en la historia científica en 2010, cuando el ADN de un hueso de dedo hallado en Siberia reveló un grupo humano desconocido. Los análisis los situaron como un linaje hermano de los neandertales y mostraron que se habían cruzado con ancestros de algunas poblaciones actuales de Oceanía. Sin embargo, conocer sus genes no equivalía a conocer sus cuerpos o sus formas de vida.

Una identidad escrita en proteínas

La cueva de Bianfu, en Yunnan, fue descubierta en 2019 durante trabajos de restauración ambiental en una zona afectada por canteras. Situada a 2.370 metros de altitud, conservaba algo especialmente valioso: fósiles humanos, herramientas y animales procesados dentro de una misma secuencia arqueológica. Esa asociación permite relacionar anatomía, comportamiento y ambiente.

Encontrar los huesos humanos exigió separar lo excepcional de lo abundante. Entre más de 60.000 fragmentos óseos, el equipo dirigido por la paleogenetista Qiaomei Fu preseleccionó 22 por su aspecto. Después aplicó ZooMS, una técnica que identifica grupos animales mediante las huellas químicas del colágeno. Así localizó dos fragmentos parietales del cráneo y la porción superior de un radio, próxima al codo.

Como no fue posible recuperar ADN antiguo de esos tres huesos, los investigadores analizaron proteínas conservadas en hueso y dientes. Las variantes de sus aminoácidos permitieron asignar a los denisovanos cinco piezas: los tres fragmentos óseos y dos dientes. Conviene distinguir ese resultado molecular del inventario total de siete restos humanos recuperados.

Robusteza y precisión, con cautela

El radio, probablemente derecho, conserva una cabeza articular grande y una tuberosidad —la zona de inserción del bíceps— orientada de forma semejante a la de numerosos neandertales. Sin embargo, su forma general y la geometría de su cuello se aproximan más a las de Homo sapiens. Son rasgos relacionados con la eficacia mecánica del bíceps y con la capacidad de soportar cargas, reunidos en una combinación propia.

Según explicó Fu a Live Science, esa semejanza con el radio humano moderno pudo favorecer una manipulación ligera y precisa. Esa es la base de la hipótesis de un antebrazo que combinaba robustez y destreza. No obstante, un fragmento no permite medir cuánta fuerza tenía aquella persona, reconstruir todos sus movimientos ni generalizar su anatomía a todos los denisovanos.

Cazadores que aprovechaban el paisaje

Los más de 64.000 restos faunísticos recuperados incluyen ciervos y grandes bóvidos, como el gaur. En parte de ellos se observan marcas de corte y percusión, además de fracturas producidas cuando el hueso aún estaba fresco. Son indicios del procesamiento de las carcasas y de la extracción de médula. La abundancia de animales adultos apunta a una caza selectiva de presas medianas y grandes.

También aparecieron 1.366 objetos de piedra, fabricados sobre todo con materias primas locales. Las técnicas de talla eran sencillas y los retoques, limitados. Había lascas, raederas y piezas denticuladas, junto a fragmentos óseos utilizados como retocadores para ajustar los filos de piedra. Esa sencillez no equivale a ineficacia: los autores describen una estrategia que aprovechaba las propiedades naturales de los materiales sin transformarlos más de lo necesario.

El polen fósil sitúa la cueva en un paisaje dominado por coníferas, con fases de bosque-estepa. Aunque la región atravesó periodos glaciales, el entorno de Yunnan-Guizhou pudo ofrecer condiciones relativamente benignas y una provisión estable de herbívoros. Esa disponibilidad ayuda a explicar, según los investigadores, la persistencia de unas estrategias de subsistencia y una tecnología que cambiaron poco durante largos periodos.

Para construir la cronología, el equipo combinó dos relojes naturales. La luminiscencia permite estimar cuándo quedaron enterrados los granos minerales de los sedimentos; las series del uranio aprovechan la desintegración radiactiva en materiales como los depósitos de la cueva. Para Bo Li, de la Universidad de Wollongong, ese marco temporal resulta esencial: permite establecer no solamente que los denisovanos estuvieron allí, sino cuándo y durante cuánto tiempo.

La secuencia arqueológica completa se extiende aproximadamente entre 190.000 y 70.000 años. Pero esa amplitud no equivale a 120.000 años de residencia ininterrumpida. Hay discontinuidades en la sedimentación y fósiles denisovanos confirmados solo en determinadas capas. La estabilidad de los instrumentos lleva a los autores a proponer que también las otras ocupaciones corresponderían al mismo linaje, pero sigue siendo una hipótesis, no una identificación molecular de cada nivel.

Lo excepcional de Bianfu no es solo el nuevo hueso. Su posición, en una región que conecta el altiplano tibetano con otras áreas de Asia, ayuda a llenar un vacío en el mapa denisovano. Y la asociación de fósiles y herramientas permite pasar de una identidad genética a una población que cazaba, trabajaba materiales y aprovechaba un paisaje concreto. El misterio continúa, pero ahora sabemos algo más de su vida cotidiana.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.