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La Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjera (ACPE) entregó recientemente en el Pabellón de los Jardines de Cecilio Rodríguez, en el Parque del Retiro de Madrid, su Premio al Periodismo Innovador a Iker Jiménez por Horizonte. La justificación oficial no era precisamente discreta: calificaba el programa de “capaz de atrapar a millones de espectadores durante horas hablando de temas complejos con rigor, ritmo y un directo vibrante”. Lejos de resultar una paradoja, esa transformación obedece a una lógica interna coherente: durante años Jiménez convirtió la sospecha, lo intocable y la ambigüedad en materia prima; ahora aplica ese mismo repertorio retorico a la batalla política contra Pedro Sánchez y el Gobierno.

Durante buena parte de su trayectoria, Iker Jiménez fue el escaparate español del ocultismo organizado y la divulgación del misterio. Desde Milenio 3 en Cadena SER hasta Cuarto Milenio en Cuatro, estrenado en 2005, su espacio parecía dedicado a investigar lo que la razón oficial ignora: extraterrestres, telepatía, psicofonías, profecías, vidas posteriores y conspiraciones diversas. Ese tipo de programación premia la sugerencia más que la demostración, admitle la ambigüedad y convierte al espectador en cómplice voluntario de la especulación. Nadie exigía formalmente a Jiménez que sometiera sus afirmaciones más extraordinarias al método científico, porque estaba claro que se trataba, en principio, de entretenimiento. El problema surge cuando esas mismas técnicas pasaron a aplicarse a cuestiones con consecuencias directas sobre la salud, los derechos o la convivencia.

El punto de inflexión llegó con Horizonte, impulsado en marzo de 2020 como un formato flexible de ciencia y misterio que, muy rápidamente, se volcó en la actualidad. Al comienzo todavía cabían preguntas sobre genética, enfermedades raras o avances tecnológicos; con la pandemia, el foco se desplazó hacia mensajes en los que la desconfianza institucional parecía constitutiva del programa. Jiménez reconoció la existencia del Covid, pero abrió la puerta a lecturas conspirativas sobre su origen, presentando interpretaciones falsas o,?menos, carentes de sustento entre una audiencia expectante. Sus propias respuestas ilustran la estrategia: asegurar que “no es traicionero”, ni “a favor de Soros, Bildenberg ni la Masonería”, equipara el ejercicio elementalsimo del contraste informativo con la defensa de supuestas sociedades secretas. Para quien dirige un programa de actualidad, no basta con decir que uno no pertenece a un club imaginario; hace falta explicar por qué ciertas hipótesis carecen de evidencia.

Esa deriva se consolidó con el tiempo. En agosto de 2021, por ejemplo, Jiménez manifestó en Horizonte que “debe ser muy tonto” porque no comprendía que la mayoría de los pacientes hospitalizados por Covid estuvieran vacunados, cuando los datos epidemiológicos indicaban justamente lo contrario. Más que una duda aislada, la intervención funcionó como una señal: aquí se puede cuestionar todo, siempre que se mantenga el tono de rebeldía épica. A partir de ahí, el programa fue incorporando progresivamente un lenguaje político antidemocrático, donde la acusación sustituye al examen de pruebas y la indignación se transforma en adhesión tribal.

El anti-sanchismo se convirtió así en el eje narrativo de Horizonte. En 2022 el programa se polarizó abiertamente alrededor de la figura del presidente del Gobierno, combinando casos de corrupción documentados —como los relacionados con Ábalos, Koldo o Cerdán— con otras acusaciones de alcance mucho más discutible, como las invocadas contra Begoña Gómez. El guion se estabilizó: presentar una persecuciónselectiva, seleccionar aquellos datos que resultan moralmente atractivos, repetirlos hasta naturalizarlos y cerrar siempre en el mismo responsable político. Así nació un género televisivo en toda regla, con dosis elevadas de exageración y repetición machacona.

El caso de la DANA en Valencia funciona como símbolo impecable de esta deriva. Durante la cobertura de la catástrofe, la colaboradora de Horizonte, Carmen Porter, citó supuestos comentarios atribuidos a la Guardia Civil sobre el aparcamiento del centro comercial Bonaire; poco después, Jiménez añadió en redes sociales que allí había “muchos cuerpos”. Las inspecciones posteriores realizadas por cuerposspecializados no encontraron fallecidos en ese lugar, y el propio Jiménez terminó admitiendo que se había dejado llevar por la indignación, que su tuit era personal y que sus fuentes se habían equivocado. También indicó que la cifra de 700 hacía referencia a la capacidad de vehículos del parking, no a cadáveres. El errorsolo existe si se exige al periodista no confundir el entusiasmo investigativo con la verificación. El verdadero drama no es equivocarse ante una emergencia; es transmitir una versión cargada de sensacionalismo sin contrastarla y luego responsabilizar a terceros. El Especial de Horizonte sobre la DANA obtuvo 13,1 % de cuota y más de un millón y medio de espectadores, según El Confidencial: una rentabilidad evidente para Mediaset y una prueba más de que el dolor colectivo sigue siendo, también, negocio.

Con Ceuta ocurrió algo semejante, aunque en clave política. El programa dejó de actuar como mesa de debate para lanzarse a la pelea, dando plataforma a quienes describían la situación como una invasión planificada y ofreciendo a Marruecos retratos caricaturescos reduccionistas. Comentarios como comparar discusiones callejeras con “una escena de El exorcista” no son anécdotas vacías: muestran cómo un presentador nacionaliza la crudeza ajena para generar viralidad, mientras se simplifica una crisis geopolítica compleja a un único chivo expiatorio: Sánchez, permanentemente.

En este contexto, resulta cuanto menos sintomático que la ACPE haya reconocido tan trayecto. La ceremonia sonó a celebración corporativa de un periodismo que se proclama vigilante de la libertad de prensa, pero luego premia a quienes contribuyen a distorsionarla. Cuando un presentador con alcance nacional habla en Valencia como si los cuerpos aparecieran solo porque las autoridades quieren ocultarlos, y en Ceuta grita “invasión” con el respaldo de su audiencia, el galardón deja de ser un homenaje neutro. Se convierte en evidencia de qué clase de verdad prefieren ciertos círculos informativos: la cómoda, la sentimental o, directamente, la que transforma a periodistas influyentes en portavoces involuntarios de narrativas políticas.

Lo triste del asunto es que el déficit principal no es únicamente Jiménez. Jiménez es lo que un ecosistema mediático le permitió llegar a ser: un comunicador técnicamente brillante, capaz de mantener a millones de personas frente a la pantalla durante horas. El déficit está en quienes dejaron hacer mientras subía la audiencia, en quienes toleraron la desinformación mientras rendía negocio y, finalmente, en quienes hoy celebran el resultado. Su “viaje interestelar” no tiene nada de excepcional: es el itinerario habitual de un oficio que renunció a la prudencia, confundió la ironía con la credibilidad y encontró en la guerra permanente contra el presidente del Gobierno el último gran nicho de rating. Los ovnis se fueron; lo que queda es un periodista convencido de que detenta el secreto del mundo quien controla la franja horaria de mayor audiencia, y un premio que confirma que algunos mentores de la información ya distinguen menos cada vez entre rigor y rumor.

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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.