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Hay fechas que no se olvidan. El 1 de octubre de 1931 es una de ellas. Aquel día, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados de Madrid, se cerró un debate histórico que cambiaría para siempre la vida política de España: la Segunda República vio a las mujeres conseguir la emancipación total, incluido el derecho al voto, el 1 de octubre de 1931. Detrás de esa victoria había una mujer, una voz y una convicción inquebrantable: Clara Campoamor.
Una paradoja que clamaba al cielo
En los años 30, en plena Segunda República, la abogada, escritora y política Clara Campoamor se encontró en medio de un debate crucial sobre el derecho al voto de las mujeres. En ese momento era diputada por el Partido Radical. Sí, era diputada pero, paradójicamente, no podía votar como sí hacían sus compañeros diputados. Esta contradicción flagrante era la que Campoamor se negaba a aceptar, y era también el motor de su lucha más apasionada.
Clara Campoamor Rodríguez nació en Madrid el 12 de febrero de 1888. Cuando las mujeres eran una exagerada minoría en las universidades españolas, Clara consiguió hacerse un hueco y se licenció en Derecho. Cuando ellas raramente ejercían, Clara trabajó como abogada y tramitó los primeros divorcios. Clara Campoamor fue la gran impulsora del voto femenino en España. Abogada brillante, diputada republicana y feminista incansable, dedicó su vida a defender la igualdad y los derechos civiles de las mujeres.
En la Comisión que escribiría la historia
El primer paso fue designar una comisión redactora formada por veintiún diputados, entre ellos Clara Campoamor. La diputada, que había obtenido escaño por el Partido Radical, argumentó y convenció a su partido de que defendería en esos trabajos parlamentarios el sufragio femenino, y que pugnaría por el reconocimiento de los derechos de las mujeres y de la infancia.
Campoamor fue designada como una de los 21 diputados que formaron parte de la Comisión redactora de la Constitución, donde defendió con tesón no solo el sufragio activo y pasivo de las mujeres, sino la plena igualdad jurídica entre ambos sexos y la regulación del divorcio o de la situación jurídica de los hijos ilegítimos. Fue, además, la primera mujer en intervenir en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, tomando la palabra por primera vez el 1 de septiembre de 1931, un mes antes de la votación definitiva.
El gran debate: Campoamor contra Kent
El 30 de septiembre de 1931 comenzó el debate del artículo 34 del proyecto de la Comisión de Constitución —el número 36 en la redacción definitiva— en el que se reconocía el derecho al voto de las mujeres. El debate final, celebrado el 1 de octubre de 1931, fue un acontecimiento político y una de las sesiones más vibrantes de la Legislatura.
El enfrentamiento dialéctico más recordado de aquella jornada fue el que protagonizaron las dos únicas mujeres presentes en la cámara. El momento de poner fin al debate estuvo marcado por un intenso enfrentamiento dialéctico entre Clara Campoamor, que se posicionó a favor de otorgar el derecho de voto a la mujer, y Victoria Kent, que pese a su condición, expuso sus razones para posponer la aprobación de ese derecho.
El principal temor de Kent era que la fuerte influencia de la Iglesia Católica sobre las mujeres llevara a que su voto fuera utilizado para apoyar políticas conservadoras que pudieran poner en peligro los avances progresistas de la República. Por ello, defendió retrasar la concesión del voto a las mujeres hasta que estuvieran más emancipadas culturalmente.
Campoamor no cedió. Defendió que el acceso de las mujeres a las urnas era una obligación ética del Congreso y que las españolas se lo habían ganado después de haber luchado durante mucho tiempo por la República. Con firmeza y con la palabra encendida, lanzó una advertencia al pleno que quedó grabada en la memoria colectiva: «No tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer», dijo Campoamor al resto de diputados.
El artículo 36: 161 votos que cambiaron España
Al terminar la sesión, llegó el momento de la verdad. Campoamor fue considerada como la vencedora, y en consecuencia, la aprobación del artículo 36 que posibilitó el sufragio femenino se logró con 161 votos a favor por 131 en contra. Contó con el apoyo de la mayor parte del Partido Socialista, casi todos los diputados de Esquerra Republicana de Catalunya y pequeños grupos republicanos.
El texto del artículo 36 quedó así redactado para la historia: «Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes.» Con este artículo de la Constitución de la Segunda República, España se convertía en la primera nación latina que otorgaba iguales derechos electorales a hombres y mujeres.
El 19 de noviembre de 1933, más de 6.500.000 millones de mujeres con derecho a voto que en aquel entonces vivían en el país pudieron elegir a sus representantes políticos por primera vez. La promesa se había hecho realidad.
El precio de la victoria: soledad y exilio
La historia, sin embargo, no fue generosa con quien la protagonizó. A pesar de que el sufragio femenino fue finalmente aprobado, Clara Campoamor no ocultaba su decepción por lo que sentía como una traición de los suyos, el Partido Radical al que se había unido por sus ideales republicanos. Con la excepción de cuatro compañeros, su propio grupo le había negado el apoyo por miedo a que las mujeres españolas votaran mayoritariamente a los partidos conservadores.
Campoamor logró así una victoria histórica, aunque sería castigada políticamente por ello: no fue reelegida en 1933 y su partido la dejó de lado. Al estallar la Guerra Civil, Campoamor se exilió en París, donde permaneció hasta 1955 trabajando como traductora. Sobre ella pesaba el peligro evidente, tras la victoria franquista, de ser republicana, feminista y, lo peor a ojos del régimen, masona: por este último motivo se abrió un proceso contra ella, en el que habría sido condenada a 12 años de cárcel de haber regresado a España.
Vivió fuera de España durante años, entre Argentina y Suiza, y murió en Lausana en 1972 sin ver la recuperación democrática que, décadas después, volvería a poner el voto en manos de todas las personas adultas.
Un legado que no prescribe
La figura de Clara Campoamor es hoy reconocida como símbolo de la lucha por la igualdad de género y la libertad: su legado académico y humano la consagra como «la gran defensora del voto femenino en España», inspiración para generaciones posteriores.
Con el derecho al voto, Clara Campoamor legó a las españolas el ejercicio de la ciudadanía, tan preciado como el legado de su ejemplo: la fuerza de la inteligencia y el esfuerzo para romper el techo de su procedencia social y de su condición femenina.
Conocer este pasado no es un ejercicio nostálgico. Es una obligación cívica. Los derechos que hoy ejercemos no cayeron del cielo: fueron ganados, uno a uno, por mujeres que se atrevieron a desafiar el orden establecido. Clara Campoamor pagó un precio muy alto por ello. La menor forma de honrar su memoria es no olvidar lo que costó, y defender, con la misma determinación que ella mostró en aquel hemiciclo el 1 de octubre de 1931, cada uno de los derechos conquistados.
«Yo, señores diputados, me siento ciudadana antes que mujer.» — Clara Campoamor, 1931.
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