Getting your Trinity Audio player ready...

“Tener cultura científica puede incluso salvarte la vida” no es una exageración retórica: es una descripción bastante precisa del mundo en que vivimos. En una entrevista en Ethic, José Luis Crespo, más conocido como Quantum Fracture, defiende que la ciencia no debería ocupar un cajón separado de la cultura general. Igual que consideramos culto a quien conoce historia, literatura o política, deberíamos considerar incompleta una cultura que ignora cómo se construyen las pruebas, qué significa una correlación o por qué una afirmación médica necesita ensayos clínicos antes de convertirse en tratamiento. Crespo lo resume desde su oficio: traducir la física, la química y las matemáticas a un lenguaje visual y comprensible para millones de personas.

Su canal de YouTube, Quantum Fracture, es un síntoma de algo esperanzador: la ciudadanía no es indiferente a la ciencia, aunque a menudo se le haya presentado como un territorio hostil, reservado a fórmulas, pizarras y exámenes. La propia web del proyecto muestra más de 4 millones de suscriptores, más de 600 vídeos publicados y cientos de millones de visualizaciones; además, el equipo subraya que su “marca de la casa” es el rigor científico y recomienda acudir siempre a las fuentes originales.

Pero ¿qué significa exactamente tener cultura científica? La OCDE, en el marco de PISA, define la alfabetización científica como la capacidad de participar en cuestiones relacionadas con la ciencia como ciudadano reflexivo: explicar fenómenos, evaluar investigaciones e interpretar datos y evidencias. No se trata, por tanto, de convertir a todo el mundo en físico teórico, sino de dotar a la población de herramientas para decidir mejor: qué creer, qué compartir, qué tratamiento aceptar, qué política pública apoyar o qué riesgo tomarse en serio.

En España hay motivos para el optimismo, pero también señales de alerta. La Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 2024 de FECYT muestra que la confianza en la investigación científica es alta: 4,09 sobre 5, y tres de cada cuatro personas declaran confiar en ella en alguna medida. También revela que el 85,9% considera experto al personal científico y que un 64,5% ve a los divulgadores como actores adecuados para explicar el impacto social de los avances científicos. Sin embargo, el interés espontáneo por la ciencia y la tecnología se sitúa en el 13,2%, todavía por detrás de otros temas de consumo cultural y mediático.

Ese hueco entre confianza e interés es donde crece el ruido. FECYT advertía en 2026 que la desinformación científica ya no aparece solo en momentos de crisis, como ocurrió con la COVID-19, sino que atraviesa la alimentación, el clima, las vacunas y los tratamientos médicos. El estudio también señala que la alfabetización científica y mediática actúa como factor de protección frente a la difusión de contenidos falsos. Dicho de otro modo: no basta con “creer en la ciencia”; hace falta entender mínimamente cómo funciona para no caer en discursos que imitan su apariencia mientras la vacían de método.

La Organización Mundial de la Salud ha explicado que una infodemia —exceso de información, incluida información falsa o engañosa— puede provocar confusión, conductas de riesgo, desconfianza en las autoridades sanitarias y respuestas públicas menos eficaces. En el caso de la desinformación sanitaria, la OMS advierte de que durante la pandemia se difundieron mensajes sobre tratamientos, vacunas o medidas de protección que retrasaron la vacunación y, en algunos contextos, se asociaron con mayores tasas de mortalidad.

Ahí se entiende la frase de Crespo en su sentido más literal. Una persona con cultura científica no es infalible, pero está mejor preparada para hacerse preguntas básicas: ¿quién afirma esto?, ¿qué pruebas aporta?, ¿hay consenso experto?, ¿se ha publicado en una fuente revisada?, ¿qué dicen las instituciones sanitarias?, ¿qué riesgos tiene abandonar un tratamiento eficaz? La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ha advertido, por ejemplo, de que las pseudoterapias pueden retrasar diagnósticos, favorecer el abandono de tratamientos eficaces y agravar enfermedades que podrían haberse abordado a tiempo.

El cambio climático ofrece otro ejemplo. El IPCC concluyó en su Sexto Informe de Evaluación que las actividades humanas, principalmente las emisiones de gases de efecto invernadero, han causado inequívocamente el calentamiento global. La OMS, por su parte, recuerda que el calor extremo es un riesgo sanitario de primer orden: entre 2000 y 2019 se estimaron unas 489.000 muertes anuales relacionadas con el calor, y la exposición a temperaturas extremas aumenta con el cambio climático. Comprender estos datos no es una cuestión abstracta: puede determinar si una comunidad exige planes de sombra, alertas tempranas, adaptación urbana o protección para personas mayores.

Por eso la divulgación importa. Cuando Crespo explica el universo con animaciones, metáforas y humor, no está “simplificando” en el sentido de empobrecer: está construyendo puentes. La buena divulgación no sustituye a la investigación, pero abre la puerta a ella; no elimina la complejidad, pero permite entrar sin miedo. En un ecosistema digital donde conviven clases magistrales, bulos, conspiraciones y publicidad disfrazada de evidencia, esos puentes pueden ser decisivos.

La escuela también tiene un papel central. Según PISA 2022, el 79% del alumnado español alcanzó al menos el nivel 2 en ciencias, por encima de la media OCDE, aunque solo el 5% llegó a los niveles más altos. Es una base importante, pero insuficiente si la alfabetización científica no continúa durante toda la vida adulta, justo cuando tomamos decisiones sobre salud, consumo, energía, tecnología o voto.

Tener cultura científica, en definitiva, no significa saberlo todo. Significa aprender a convivir con la duda sin rendirse al engaño; distinguir una hipótesis de una ocurrencia; aceptar que la ciencia cambia porque corrige sus errores, no porque “todo valga”. En tiempos de ruido, esa actitud es una forma de ciudadanía. Y, como recuerda Quantum Fracture, también puede ser una forma de supervivencia.

Generado por GPT 5.5 search


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.