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Durante más de dos siglos, Irlanda mantuvo a plena vista un sistema de reclusión cuyo verdadero funcionamiento quedó oculto tras palabras como refugio, asilo, protección y penitencia. Las llamadas Lavanderías de la Magdalena no eran formalmente cárceles, pues en general carecían de una base legal para detener a sus internas. Sin embargo, muchas funcionaron como prisiones sin juicio ni condena: las mujeres perdían su libertad, trabajaban sin salario y no siempre sabían cuándo podrían marcharse. La primera institución de este tipo abrió en Dublín en 1767; la última lavandería comercial cerró el 25 de octubre de 1996, en Seán McDermott Street.

El primer asilo irlandés no fue católico, sino protestante, y nació dentro del movimiento filantrópico que pretendía “rescatar” y reformar a mujeres dedicadas a la prostitución. Durante el siglo XIX, el modelo fue adoptado y ampliado por congregaciones católicas. Tras la independencia de Irlanda, diez grandes lavanderías quedaron bajo el control de cuatro órdenes: las Hermanas de la Misericordia, las Hermanas del Buen Pastor, las Hermanas de la Caridad y las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad. Lo que inicialmente se presentaba como alojamiento voluntario se transformó progresivamente en una estructura disciplinaria basada en el aislamiento, la obediencia religiosa y el trabajo.

La expresión “mujer caída” era deliberadamente imprecisa. Podía referirse a una prostituta, pero también a una joven que hubiera mantenido —o fuese sospechosa de mantener— relaciones sexuales antes del matrimonio. En las lavanderías terminaron madres solteras, víctimas de violación o incesto, niñas procedentes de orfanatos y reformatorios, mujeres con discapacidad intelectual, jóvenes expulsadas de sus hogares y muchachas consideradas rebeldes, demasiado independientes o simplemente “difíciles”. Algunas no habían tenido relaciones sexuales: bastaba con que una familia, un sacerdote o una institución creyera que podían deshonrar el orden moral establecido. La culpa recaía sobre ellas, nunca sobre los hombres que las habían abandonado, explotado o agredido.

El Estado irlandés no fue un espectador distante. El informe McAleese, publicado en 2013, examinó 8.025 ingresos cuyo origen podía determinarse y concluyó que 2.124 —el 26,5 %— habían sido realizados o facilitados directamente por organismos estatales. Las mujeres llegaban desde tribunales, prisiones, reformatorios, hospitales, servicios sociales, instituciones psiquiátricas y escuelas industriales. La policía llegó a devolver a algunas fugitivas, mientras organismos públicos contrataban servicios de lavandería. Iglesia y Estado formaron así una red en la que la autoridad moral, la asistencia social y el sistema judicial se confundían.

Dentro, la vida giraba alrededor del trabajo, la oración y el silencio. Las internas lavaban, secaban y planchaban enormes cantidades de ropa para hospitales, cárceles, hoteles y otros clientes. No recibían sueldo, cotizaciones ni formación laboral reconocida. Los testimonios describen jornadas agotadoras entre vapor y maquinaria, vigilancia constante, humillaciones, cortes de pelo, privación de alimentos, aislamiento y castigos físicos o psicológicos. Las experiencias no fueron idénticas en todos los centros ni en todas las épocas, pero las historias orales coinciden en aspectos fundamentales: ausencia de libertad de movimiento, trabajo no remunerado y un profundo temor a no poder salir nunca.

¿Cuántas mujeres pasaron por aquellas instituciones? La cifra de unas 30.000, citada con frecuencia, procede de la investigación histórica de Frances Finnegan y abarca todo el periodo de funcionamiento de los asilos. El informe oficial de 2013, limitado principalmente a los años comprendidos entre 1922 y 1996 y basado en archivos incompletos, registró 14.607 ingresos —incluidos traslados y reingresos— y calculó que correspondían a 10.012 mujeres distintas o menos. La ausencia de documentos de algunos centros impide establecer un total definitivo. Por ello, las 30.000 deben entenderse como una estimación histórica, no como un censo comprobado.

El silencio comenzó a resquebrajarse en 1993, cuando la venta de terrenos del antiguo convento de High Park, en Dublín, obligó a exhumar un cementerio de internas. Se encontraron restos de 155 mujeres, 22 más de las contempladas en la licencia inicial. Solo existían certificados de defunción para 75 de las primeras 133. La revelación convirtió aquellas tumbas sin nombre en símbolo de unas vidas borradas tanto dentro de los muros como después de la muerte. Tres años más tarde cerró la última lavandería.

Las supervivientes tuvieron que luchar todavía durante años para ser escuchadas. En 2011, el Comité de las Naciones Unidas contra la Tortura reclamó una investigación independiente. El 5 de febrero de 2013 se publicó el informe McAleese, cuyo mandato se limitaba a estudiar la participación estatal, no a determinar responsabilidades penales. El 19 de febrero, el primer ministro Enda Kenny pidió disculpas sin reservas en nombre del Estado. No obstante, la ONU lamentó posteriormente que Irlanda no hubiera realizado una investigación exhaustiva e independiente sobre los malos tratos ni procesado a sus responsables.

El programa de reparación seguía abierto en 2026: hasta febrero de ese año había entregado 33,4 millones de euros a 834 solicitantes, aunque el Defensor del Pueblo criticó sus exclusiones iniciales y la excesiva dependencia de los registros de las congregaciones. El antiguo recinto de Seán McDermott Street se proyecta ahora como Centro Nacional de Investigación y Memoria. Pero ningún monumento será suficiente si esta historia se reduce a un abuso cometido únicamente por unas monjas. Las lavanderías existieron porque familias, autoridades, clientes y comunidades aceptaron que la reputación social valía más que la libertad de una mujer. Su legado demuestra cómo una sociedad puede convertir el prejuicio en encierro y llamar caridad a la explotación.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.