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En la retórica incendiaria de ciertos políticos españoles de hoy, las siglas MENA —menores extranjeros no acompañados— se han convertido en arma arrojadiza, en amenaza fabricada, en objeto de campañas que convierten a la infancia desamparada en enemigo público. Conviene entonces recordar que hace casi noventa años fueron niños españoles quienes cruzaron un océano solos, huyendo de la guerra, y que la historia les reservó un destino muy distinto al desprecio: fueron recibidos con cariño por un país que les tendió la mano. Aquellos pequeños pasaron a la historia como los Niños de Morelia.
El barco de la esperanza
La historia comienza en plena Guerra Civil. Los «niños de Morelia» fueron un grupo de 456 niños, hijos de republicanos españoles menores de edad, que en el año 1937 fueron trasladados a México a bordo del vapor Mexique, de bandera francesa, como refugiados y para protegerlos de la Guerra Civil. Eran, en el lenguaje frío de nuestros días, «menores extranjeros no acompañados». Se envió un barco en 1937 con 456 niños menores de edad no acompañados a los que se llamó los niños de Morelia.
La operación no fue improvisada. El vapor fue contratado por el Comité Iberoamericano de Ayuda al Pueblo Español, que tenía su sede en Barcelona. Las gestiones fueron llevadas a cabo por el Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español, del que formaba parte Amalia Solórzano Bravo, esposa del Presidente de México, Lázaro Cárdenas.
El viaje tuvo una geografía precisa y dolorosa. Los niños españoles embarcaron en el puerto de Burdeos (Francia) el 27 de mayo de 1937 y llegaron a México el 7 de junio siguiente; fueron alojados en dos edificios pertenecientes a la escuela España-México de Morelia, en el estado de Michoacán, razón por la cual acabaron siendo conocidos como «los niños de Morelia». Antes de ese embarque, muchos se habían despedido de sus familias en ciudades como Madrid, Valencia o Barcelona, convencidos de que el adiós sería breve.
Una maleta y una promesa
El drama de aquellos pequeños cabe en una imagen. En 1937 llegaron a la ciudad de Morelia 456 niños españoles. Venían con una maleta en la mano y la promesa de regresar con sus padres en cuanto terminara la Guerra Civil, misma que pensaban que ganaría la causa republicana. Nadie imaginaba entonces lo que el futuro deparaba. Pero la guerra se perdió y los niños envejecieron solos, lejos de casa.
El asilo nació como una medida temporal. El gobierno mexicano dio asilo a estos niños con la intención de apartarlos de los peligros de la guerra que se vivía en su país. Se pensaba que su estancia en México no sería mayor de unos cuantos meses. La historia, sin embargo, cerró la puerta del regreso. Tras el final de la Guerra Civil Española con la victoria del ejército franquista la mayoría de los niños se quedó definitivamente en México. Al ser derrotados los republicanos españoles no tuvieron ya oportunidad de regresar y de esta manera se convirtieron en el antecedente de lo que después fue una emigración masiva.
Un Estado que protegió en lugar de perseguir
Aquí está la diferencia que debería avergonzar a quienes hoy criminalizan a la infancia migrante. En México no había Figaredos ni Abascales, ni Tellados, ni Cucas, ni Bendodos, ni Feijóos ni Ayusos dispuestos a convertir a los niños en munición electoral. Había, en cambio, un Estado que asumió su tutela con seriedad. Cuando se hicieron los arreglos diplomáticos para recibir a estas niñas, niños y adolescentes, el gobierno de Lázaro Cárdenas tomó muy en serio su cuidado, atención y protección. Para él, era una forma de apoyar a España en medio de este gran conflicto y tenía la esperanza de que, con la educación, estos niños crecerían como «fieles defensores del ideal de su patria», o sea, como defensores de la libertad.
El propio presidente mantuvo un compromiso personal que fue más allá del gesto diplomático. El entonces Presidente del país, General Lázaro Cárdenas y su esposa Amalia mostraron desde el primer momento un vivo cariño e interés por los 451 niños que viajaron en el Mexique desde Burdeos hasta Veracruz, donde desembarcaron el 7 de junio de 1937. Y esa cercanía no se agotó con la salida del poder: «La verdad es que Lázaro Cárdenas sí fue un tutor nuestro muy fiel y muy constante, porque cuando dejó la presidencia siguió siempre tendiendo la mano a cualquiera de nosotros que estuviera en un apuro», recordaba uno de aquellos niños.
La acogida fue también multitudinaria y cálida. El 10 de junio, una multitud les dio la bienvenida en Morelia, estado de Michoacán, como si fueran grandes estrellas del deporte o del cine.
El agradecimiento de la República
El reconocimiento llegó desde la máxima autoridad republicana. El presidente Manuel Azaña escribió a Cárdenas, según el telegrama que la memoria ha conservado: «Tomándolos bajo su protección, [el] Estado mexicano continúa actos generosos [de] auxilio y adhesión [a la] causa [de la] libertad de España que este pueblo agradecido nunca olvidará. Reciba Sr. Presidente con mis votos por la prosperidad de su patria mis saludos afectuosos».
México no se detuvo en aquellos niños. Bajo el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas la nación se negó a reconocer el gobierno de Franco y otorgó asilo político a más de 22.000 refugiados. Los Niños de Morelia fueron la avanzadilla de ese éxodo. Los Niños de Morelia se convertirían en el grupo pionero de exiliados españoles en México.
Una lección que incomoda
No todo fue idílico: hubo muertes accidentales, cambios de dirección en las escuelas y niños que no se adaptaron al internado. Pero lo esencial permanece: un pueblo entero decidió que proteger a la infancia era un deber, no una carga ni una amenaza.
Aquellos niños españoles —hoy serían tratados de «MENAS» por quienes hacen de la xenofobia programa político— encontraron en México lo que todo menor desamparado merece: cuidado, educación y dignidad. La historia de los Niños de Morelia no es solo un episodio conmovedor del exilio republicano; es un espejo incómodo que devuelve a España la pregunta de qué hace hoy con los niños que llaman a sus puertas. Porque la medida de un país no está en cómo trata a sus poderosos, sino en cómo acoge a los más vulnerables cuando llegan solos, con una maleta en la mano y una promesa imposible de cumplir.
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