Sistema que sugiere nuestra comida

La empresa American global technology, Intel, y Kraft Foods han colaborado en un concepto de exposición virtual destinada a ayudar a que los consumidores decidan lo que deben comprar para comer. El dispositivo Next Generation Meal Planning Solution incorpora sensores que utilizan un software de análisis de vídeo de forma anónima para detectar la edad y el sexo de la persona de pie delante de él, para determinar qué recetas pueden ser adecuadas en base a la informacióndemográfica recogida.

Toca Comer.  Kiosko que sugiere comida. Marisol Collazos Soto

Para obtener resultados personalizados, los usuarios pueden enviar los datos de historial de compras a través de su tarjeta de fidelización al establecimiento de comestibles, al móvil mediante Kraft’s iFood Assistant, o  mediante internet al historial en kraftrecipes.com . A través de una combinación del histórico de compras y la información demográfica conocida, la pantalla ayuda a ofrecer sugerencias de comidas personalizadas.

Fuente: PSFK

Comer lo que nos gusta ayuda a evitar la depresión

El sabor dulce no sería el único motivo por el cual acudimos a un helado o a una torta en los momentos de estrés. El confort que produce consumir alimentos grasos no deriva exclusivamente de la experiencia sensorial placentera de comerlos, sino también de señales puntuales que registra el cerebro al recibir grasa, según indicó un estudio realizado por científicos de la Universidad de Lovaina, en Bélgica.

La investigación, publicada en Journal of Clinical Investigation, empleó controles con imágenes por resonancia magnética (IRM) para evaluar los efectos de los ácidos grasos sobre las emociones al inyectarlos directamente en el estómago.

Los científicos pasaron música lúgubre y mostraron imágenes tristes a un grupo de 12 participantes antes de administrar a la mitad de la cohorte ácidos grasos, y al resto solución salina, a través de un tubo de alimentación. Sin saber qué sustancia recibían, los voluntarios evaluaron su estado de ánimo según una escala del uno al nueve antes y durante el control.

Los resultados mostraron que aquellos a los que se les habían inyectado ácidos grasos estaban la mitad de tristes después de ver las imágenes y escuchar la música, comparado con los participantes que recibieron solución salina.

«Comer grasa parece hacernos menos vulnerables a las emociones tristes, aun cuando no sabemos que estamos comiendo grasa», dijo Lukas van Oudenhove, director del estudio, al sitio de noticias sobre investigación médica HealthDay.

«Evitamos la estimulación sensorial inyectando los ácidos grasos directamente en el estómago, sin que los sujetos supieran si estaban recibiendo grasa o solución salina», añadió el autor.

Aunque el estudio tiene implicancias para la obesidad, la depresión y los desórdenes alimenticios, se necesitan más investigaciones para determinar si los hallazgos tendrían algún valor en el tratamiento de las enfermedades, señaló Oudenhove.

Artículo original: Fatty acid–induced gut-brain signaling attenuates neural and behavioral effects of sad emotion in humans

Experimentos con el CO2 y la huella ecológica en un supermercado australiano


En algunos países (no sucede en España) se pueden encuentran en los supermercados productos que llevan una etiqueta con las emisiones de CO2 generado a lo largo de su ciclo de vida. Sin embargo, son muy pocos los estudios que han analizado la respuesta de los consumidores. Para analizar el efecto de este indicador conocido como huella de carbono, investigadores australianos llevaron a cabo un experimento de tres meses en un supermercado de East Ballina, en Nueva Gales del Sur.

Uno de los mayores problemas para la propagación de este etiquetado es  la falta de una metodología estandarizada de cálculo.

Investigadores de la Universidad Southern Cross utilizaron como laboratorio un supermercado FoodWorks, ubicado en un pequeño centro comercial de East Ballina, abierto siete días a la semana. Allí, etiquetaron 37 productos de uso muy común, con tres colores diferentes en función de su huella de carbono con respecto a la media: verde (con menos CO2 que la media), amarillo (con tanto CO2 como la media) o negro (con más CO2 que la media).

Los 37 productos etiquetados con su huella de carbono pertenecían todos a cinco grandes categorías: leche, mantequilla, tomate en lata, agua embotellada y comida para mascotas no perecedera. En cada uno de estos grupos, los clientes podían encontrar en las estanterías de la tienda artículos con una etiqueta verde y otros similares con el color amarillo o negro. Los investigadores registraron todas las ventas de estos productos durante las cuatro semanas anteriores a la colocación de las etiquetas y durante las ocho semanas posteriores, para comparar los datos y analizar cómo había influido en los consumidores la señalización de colores en el supermercado.

Fueron 2.890 los productos seleccionados que pasaron por caja en ese tiempo y los investigadores sí que constataron un cambio después de colocar las etiquetas con la huella de carbono: las ventas de los artículos señalados con el color negro habían descendido un 6%, mientras que las de los marcados con el verde subieron un 4%.

Esta diferencia tampoco es enorme. Ahora bien, el estudio australiano encontró un cambio aún más significativo: los productos que además de llevar el color verde eran también los más baratos aumentaron sus ventas un 20% después de ser etiquetados. El precio no había cambiado, pero sí la percepción del cliente.

A este respecto, resulta llamativo el caso de uno de los productos vendidos en el supermercado australiano: el agua. Como explica Vanclay, “uno de los artículos de nuestro estudio era el agua embotellada, pero en la tienda había otra opción: se podía comprar agua a granel de un dispensador”. El producto de este dispensador era a la vez más barato y tenía una huella de carbono mucho menor, pues algunas de las botellas eran traídas en camiones de otros puntos del país o incluso de lugares más lejanos como Indonesia, Nueva Zelanda o islas Fiyi. Paradójicamente, la mayoría de los clientes pagaban más por llevarse el agua embotellada. “La gente está en este caso mucho más influida por la publicidad o la imagen que por el precio”, destaca el profesor australiano, que insiste en que “lo más verde no es siempre lo más caro”.

Por otro lado, el estudio también constató como había algunos productos en los que resultaba muy difícil cambiar los hábitos del consumidor. Esto ocurría, por ejemplo, con la leche. El color de la etiqueta no servía para convencer al cliente de que metiese en su bolsa de la compra un formato distinto al habitual.

Ampliar información en: ecoloboratorio AMBIENTAL

Desvelado por qué las dietas de ayuno no adelgazan

Toca Comer. Neuronas y ayuno. Marisol Collazos Soto

Ayunar para hacer dieta no es una buena opción, porque, como ya habrá notado más de uno, no comer da más hambre. Las culpables de este apetito desmesurado son unas neuronas que se devoran a sí mismas en cuanto detectan alguna señal de huelga de hambre, según muestra un estudio realizado por la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York que publica  la revista Cell Metabolism (Autores: S. Kaushik, J.A. Rodriguez-Navarro, E. Arias, R. Kiffin, S. Sahu, G.J. Schwartz, A.M. Cuervo, and R. Singh).

El cuerpo necesita extraer energía de los azúcares para realizar cualquier actividad, desde intercambiar moléculas hasta correr una maratón. Cuando se pasa hambre, el organismo utiliza fuentes de energía alternativas como las grasas o lípidos, que rompe hasta dejar un residuo que son los ácidos grasos. La presencia de estos circulando libremente por el cuerpo está asociada al ayuno.

Cuando unas neuronas llamadas AgRP (cuyo nombre deben a la hormona que producen) detectan ácidos grasos libres, lo toman como una señal de alerta del estado de hambruna; un aviso de que el organismo empieza a estar desnutrido. Estas neuronas inician entonces un proceso llamado autofagia, literalmente comerse a sí mismas. Es una especie de autocanibalismo con dos funciones. Por un lado, la neurona que se digiere a sí misma obtiene de este proceso la energía suficiente para mantenerse. Por otro, y esta es la novedad del estudio, la autofagia libera aún más ácidos grasos (restos de los lípidos que forman las estructuras de las neuronas) que estimulan la producción de la hormona AgRP. Como la describe Ana María Cuervo, investigadora española del proyecto, «es la hormona del necesito comer«. Dicho de otro modo, no comer provoca autofagia que, a su vez, incita a comer.

Fuente: Público.es

Imagen: Ecuador Ciencia

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