Cacaolat: el batido que nació del excedente y conquistó Cataluña

Hay productos que trascienden su función y se convierten en iconos. El Cacaolat es uno de ellos. Casi cien años después de su aparición, pedir uno en un bar de Barcelona sigue siendo, como reza su propia publicidad, toda una declaración de arraigo. Pero pocos saben que este batido de cacao, el primero fabricado industrialmente en el mundo, no surgió de una brillante estrategia comercial, sino de una necesidad muy prosaica: dar salida a la leche que no se vendía.

Un problema de excedente con solución dulce

La bebida nació para transformar el excedente lácteo que a menudo se acumulaba y preocupaba a los socios de Letona. Esta empresa había surgido en 1925, cuando un grupo de distribuidores de leche de Barcelona decidió unirse para comercializar leche envasada y esterilizada, alejándose de la tradición de abastecerse en las vaquerías de barrio. Para dar nombre a su proyecto, sus fundadores recurrieron a la mitología griega y al mito de Letona, hija de titanes que quedó embarazada de Zeus —símbolo de maternidad y, por extensión, de la leche.

El excedente generaba pérdidas. Había que transformarlo en algo atractivo para el mercado. Y ahí es donde entra la leyenda.

Una boda en Hungría como punto de partida

Se cuenta que la idea del batido surgió en una boda celebrada en Hungría a la que fueron invitados los propietarios de las Granges Vinader, empresa vinculada a Letona. En aquella celebración probaron una mezcla desconocida que encendió la chispa creativa. Quisieron replicarla, industrializarla y hacerla apta para todos. Para lograrlo, se apoyaron en los conocimientos de un químico húngaro llamado Ernets Gokes y en el aprovechamiento del excedente lácteo.

El resultado fue registrado en 1932 bajo la definición de «bebida refrescante y sabrosa». Pero el gran momento llegó en 1933, cuando el producto se presentó en la VI Feria de Muestras de Barcelona, celebrada en junio de ese año, donde alcanzó un éxito arrollador.

Al abrirse la feria, el Cacaolat se podía degustar gratuitamente en el estand de Granges Vinader, pero ante las colas y el alud de peticiones se empezó a cobrar la cata a cinco céntimos el vaso. El público lo quería. Y lo quería en cantidad.

De 900 botellas a casi 700000 en tres años

El crecimiento fue tan vertiginoso que las instalaciones de Granges Vinader se quedaron pequeñas casi de inmediato. Fue Marc Viader i Bas quien impulsó la industrialización a gran escala. En 1933 Letona producía 900 botellas de Cacaolat; apenas tres años después ya fabricaba 686425. Un crecimiento exponencial que ilustra perfectamente el hambre que había por aquel producto.

Pero entonces llegó la guerra.

Quince años de silencio forzado

La Guerra Civil paralizó la fabricación del batido por falta de suministros, y pasaron casi quince años sin Cacaolat. Su producción no se retomó hasta que las importaciones de cacao volvieron a normalizarse. En 1950, con el lema «De igual calidad al de 1936», el Cacaolat inició su segunda y definitiva etapa. Desde entonces, se han producido millones de botellas que, según la propia empresa, rodearían el mundo once veces.

La resurrección vino acompañada de publicidad: Pepi, un niño risueño y fuerte que cargaba una botella a la espalda, se convirtió en el rostro de la marca y promocionó el Cacaolat como alimento infantil.

Cultura, arte y literatura

El Cacaolat dejó de ser solo una bebida para convertirse en un referente cultural. Con motivo de su 65 aniversario, la marca encargó al artista Josep Maria Subirachs una litografía conmemorativa, que tituló «Diálogo Cacaolat», en la que un perfil blanco representa la leche y uno marrón evoca el cacao, con una chimenea de La Pedrera de Gaudí al fondo.

Su integración en el imaginario colectivo catalán llegó también por la gastronomía. En 1988, el arquitecto y político Oriol Bohigas lo presentó como pareja gastronómica del pa amb tomàquet en una comida con periodistas y referentes del sector como Ferran Adrià.

Y la literatura no fue ajena a su hechizo. El escritor Enrique Vila-Matas lo inmortalizó en su novela El Mal de Montano, ganadora del Premio Herralde en 2002, comparando el batido con la magdalena de Proust: el sabor que despierta la memoria y el tiempo perdido.

Una receta secreta, intacta desde 1933

La responsable de marketing de la empresa asegura que la receta original se ha mantenido sin cambios desde 1933: es una fórmula secreta elaborada con un 90% de leche Letona procedente de granjas familiares de proximidad y cacao de agricultura sostenible. Lo que sí ha evolucionado son los formatos y algunas propuestas adaptadas a nuevos consumidores, aunque no todas cuajaron: un Cacaolat vegano lanzado hace años no tuvo la acogida esperada.

Lo que comenzó como solución a un excedente de leche se convirtió en el primer batido de cacao industrial del mundo, en símbolo gastronómico de toda una región y en objeto de culto que resiste el paso del tiempo. Una historia que demuestra que, a veces, la necesidad no solo aguza el ingenio, sino que crea iconos.

¿Se está acabando realmente el chocolate en el mundo?

Los titulares alarmistas sobre el fin del chocolate aparecen con regularidad en los medios. Pero la realidad es más matizada: el mundo no se está quedando sin chocolate de la noche a la mañana, aunque la producción de cacao enfrenta amenazas serias y convergentes que podrían transformar este producto en un lujo cada vez más costoso.

¿Por qué se habla de una crisis del cacao?

La respuesta corta es que la oferta no crece al ritmo de la demanda. La demanda global de cacao aumenta entre un 2% y un 3% anual, impulsada especialmente por el crecimiento del consumo en Asia. Con apenas un 3% de crecimiento sostenido, el mundo ha necesitado cerca de 1,8 millones de toneladas métricas adicionales de cacao en 2025, lo que equivale a incrementar la cosecha global casi un 50%. Mientras tanto, la producción se concentra peligrosamente: más del 70% del suministro mundial proviene de África Occidental, principalmente de Costa de Marfil y Ghana. Cualquier perturbación en esa región tiene repercusiones planetarias.

¿Qué papel juega el cambio climático?

El cacao es una planta tropical extraordinariamente sensible al calor y a la sequía. Un estudio reciente publicado en Communications Earth & Environment (Lander et al., 2025), con datos experimentales de Brasil, Ghana e Indonesia, demostró que temperaturas más altas en tan solo 7 °C durante la estación calurosa redujeron el rendimiento hasta un 31%. Las proyecciones climáticas para Ghana y Costa de Marfil son preocupantes: modelos basados en 19 modelos de circulación global predicen que algunas regiones productoras actuales —como Lagunes y Sud-Comoé en Costa de Marfil— se volverán directamente inadecuadas para el cultivo de cacao hacia 2050.

La sequía es quizá la amenaza más inmediata. Durante el evento de El Niño de 2015-2016, fincas cacaoteras en Bahía, Brasil, sufrieron una mortalidad del 15% de los árboles y una caída del 89% en el rendimiento. En Ghana, las últimas tres décadas han registrado reducciones significativas en la precipitación total anual —hasta un 15% en la última década—, con menos días de lluvia y periodos secos más prolongados. Las pérdidas de rendimiento asociadas a estos años secos oscilaron entre el 2,5% y el 37%, dependiendo de la severidad de la sequía.

¿Y las enfermedades?

Las plagas y enfermedades ya destruyen entre el 30% y el 40% de la cosecha mundial cada año. La podredumbre negra de la mazorca, causada por el género Phytophthora, es responsable por sí sola de pérdidas del 20% al 30% de las vainas, y puede matar hasta el 10% de los árboles anualmente. El virus del brote hinchado del cacao ha infectado aproximadamente 300 millones de árboles. Estas enfermedades se agravan con el estrés climático: la sequía de El Niño en Brasil no solo mató árboles, sino que incrementó la tasa de infección de la escoba de bruja (Moniliophthora perniciosa).

¿Hay soluciones?

La polinización es una vía prometedora y subestimada. El mismo estudio de Lander et al. (2025) encontró que la polinización manual incrementó el rendimiento un 20%, lo que sugiere que la producción actual está limitada por una polinización insuficiente, no por falta de nutrientes. Proteger y fomentar los polinizadores naturales del cacao podría tener un impacto significativo sin necesidad de insumos costosos.

La agroforestería —cultivar cacao bajo la sombra de otros árboles— se promueve frecuentemente como estrategia de adaptación, pero la evidencia es más compleja de lo esperado. Investigaciones en Ghana mostraron que durante sequías extremas, los árboles de sombra compiten por el agua del suelo, y la mortalidad del cacao bajo sombra de Albizia alcanzó el 100%, mientras que los árboles a pleno sol sobrevivieron. La selección de especies de sombra debe ser específica para cada zona climática.

El desarrollo de variedades más resistentes a la sequía y a las enfermedades avanza, aunque lentamente. Programas de mejoramiento genético en Honduras y Bolivia evalúan clones que combinan alta productividad con resistencia a enfermedades como la moniliasis. La industria también explora sustitutos de la manteca de cacao —equivalentes, reemplazantes y sustitutos— para reducir la dependencia del grano.

Entonces, ¿desaparecerá el chocolate?

No en sentido literal. El cacao no se extinguirá. Pero sin inversiones sustanciales en adaptación climática, control de enfermedades, mejoramiento genético y condiciones de vida dignas para los cinco millones de pequeños agricultores que sostienen esta industria, el chocolate tal como lo conocemos —abundante y accesible— podría convertirse en un producto cada vez más escaso y caro. La pregunta no es si el mundo se queda sin chocolate, sino si estamos dispuestos a pagar el precio —económico y ecológico— de seguir disfrutándolo.

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