La última croqueta de la abuela: manual de supervivencia contra el postureo gastronómico

Había un tiempo, no hace tanto como para que esté en los libros de historia pero sí lo suficientemente lejano para que duela, en el que comer era un acto revolucionariamente simple. No se necesitaba agenda, ni reserva con tres meses de antelación, ni un master en interpretación para leer el menú degustación. Nuestros abuelos —esa generación de hombres con camisa de pecho peludo y mujeres con delantal perpetuo— entraban en cualquier tugurio, casa de comidas, taberna o fonda como quien entra en su casa. Se sentaban donde hubiera sitio, pedían lo que había —que era lo que había—, se zampaban un cocido de garbanzos que habían estado bailando en la olla desde antes de que amaneciera, salían canturreando, riéndose a carcajadas de chistes que hoy nos costaría explicar sin comité de ética, y se iban directos a echarse una siesta de esas que reparan el alma. Luego, al atardecer, bajaban al bar de la esquina —ese con azulejos amarillos y cortinas de plástico—, pedían una caña bien tirada, un puñado de almendras fritas que sabían a gloria condenada, y charlaban hasta que la noche los echaba a casa. Punto. Vivían. Fin.

Eso era comer. No había más.

Ahora, quien entre en cualquier establecimiento que se precie de «Premium» —palabra que ya de por sí huele a timo— se encuentra con un universo paralelo donde la comida ha dejado de ser comida para convertirse en algo que parece diseñado por el departamento de marketing de una multinacional de cosméticos. Ya no se come. No. Ahora vas a tener una EXPERIENCIA GASTRONÓMICA TRANSFORMADORA. Un MOMENTO INOLVIDABLE. Un VIAJE SENSORIAL. Y tú, pobre mortal que solo querías llenar el estómago después de una jornada de ocho horas, te encuentras ante un filete de 200 gramos —esa porción que antes llamábamos «chuleta» y venía acompañada de patatas y ensalada por doce euros— que ahora cuesta 45€ y viene acompañado de tres gotas de reducción de vinagre de Módena y un pétalo de flor comestible que nadie pidió.

Y lo peor no es el precio, que también. Lo peor es el vocabulario. Ese lenguaje de crítico de Michelin comprado en AliExpress que ha invadido las redes sociales y las conversaciones de sobremesa. De repente, todo el mundo es experto en texturas. «La croqueta muy cremosa», sueltan con cara de haber descubierto la penicilina. «La tarta de queso muy jugosa», como si el queso, vaya usted a saber por qué, pudiera ser otra cosa que no estuviera hecho de humedad y grasa. No saben decir otra cosa. Es el mantra del ignorante que se disfraza de sibarita: cremoso, jugoso, equilibrado. Y luego viene el golpe de gracia final, el coup de théâtre de la estupidez contemporánea: «Ha sido toda una experiencia».

Colega, si comer una butifarra bañada en salsa de menta con purpurina comestible —porque el chef tiene «ansias creativas»— y un carabinero que ha sido tratado con más cariño que tu propia madre es tu experiencia vital de referencia… de viajar y follar ni hablamos. Tu vida debe ser tan plana como la salsa bechamel de un restaurante de carretera.

El problema no es la alta cocina, que es un arte legítimo y respetable cuando se ejecuta con honestidad. El problema es la inflación semántica, la banalización de la excelencia, la transformación de la alimentación en performance. Hemos confundido el lujo con la complicación, el precio con la calidad, y la foto de Instagram con el disfrute real. Antes se iba a comer para olvidar los problemas; ahora se va a crear problemas donde no los hay: ¿Es este plato instagrammable? ¿Está lo suficientemente «deconstruido» como para que mi seguidor número 347 sepa que soy una persona de paladar refinado? ¿Marida bien con mi personal branding?

Y aquí viene la tragedia: la pérdida del lenguaje auténtico. Porque cuando todo es «espectacular», nada lo es. Cuando una lubina a la plancha puede ser descrita como si fuera a salir de la cocina, marcarse un triple salto mortal y aterrizar en una bandeja de patatas a la panadera haciendo el pino, el lenguaje pierde su capacidad de asombro. «Correcto», dicen ahora de un solomillo que cuesta lo mismo que una factura de la luz. Correcto, hijo de puta, como si el puto trozo de carne fuera a hacerte la declaración de la renta o a arreglarte el desatascador del baño. «Correcto» es cómo describimos un parte de tráfico, no cómo deberíamos valorar algo que nos ha costado medio día de trabajo.

Qué pena no haber llegado a tiempo para decirle a mi abuela, mientras sacaba el pollo en escabeche de la olla de barro, en esa cocina que olía a humedad y a gloria: «Abuela, el escabeche presenta unas notas avinagradas muy equilibradas, con un fondo de laurel que evoca mi infancia y un umami sutil que dialoga con mi trauma freudiano». O, mientras cortaba el flan casero, añadir: «Correcto, con matices de caramelo que explosionan en boca y dejan un retrogusto de nostalgia que marida perfectamente con mi vacío existencial». Se habría descojonado, eso seguro. Probablemente me habría dado una colleja con la mano callosa de años de fregar, me habría mandado a cavar al huerto —»que es donde tenías que haber estado en lugar de leer tantas tonterías»— y habría seguido fregando los platos mientras tarareaba una copla, sin saber que acababa de deconstruir mejor la existencia que todo el equipo de El Celler de Can Rota junto.

Porque ahí estaba la clave: ella cocinaba para alimentar, para reunir, para que la gente se fuera con la barriga llena y el corazón contento. No para que nadie tuviera una «experiencia transformadora», que suena a secta o a sesión de coaching cuántico. Su cocina no necesitaba storytelling; tenía historia real, la de guisos que habían alimentado a cinco generaciones, de recetas que no estaban en ningún libro porque se transmitían en susurros y en gestos.

Esto se resume fácil: aires de grandeza, postureo de paladar fino y estupidez crónica con denominación de origen. Sí, va por vosotros, foodies de Instagram y de la calle. Por los que fotografían la tostada antes de comerla, por los que ponen cara de éxtasis ante un foie microwavado, por los que han convertido el acto más antiguo y necesario del ser humano —alimentarse— en un concurso de quien paga más por menos sustancia.

Y como esto de Occidente ya no hay quien lo arregle —porque el capitalismo tardío se ha dado cuenta de que vende más una «experiencia» que un producto, y nos hemos tragado el anzuelo con salsa de soja reducida—, lo dejo en cuatro palabras de ese español rico y crudo que tanto nos gusta: cuántos hijosdeputa y qué poco arado.

Que se lo pregunten a la abuela, si es que queda alguna que no haya sido desahuciada para convertir su casa en un apartamento turístico con «experiencia de living auténtico». Ella sí que sabía lo que era comer. Y no necesitaba 45 euros ni un hashtag para demostrarlo.

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