La obesidad en el mundo: se frena en países ricos, pero se dispara en los más pobres

Durante décadas, la obesidad ha sido descrita como una epidemia global en expansión imparable. Sin embargo, un estudio publicado recientemente en la revista científica Nature introduce matices importantes en ese relato: mientras que en los países de renta alta la prevalencia de la obesidad parece haberse estabilizado —e incluso reducido ligeramente en algunos casos, comenzando por niños y adolescentes antes que por adultos—, en la mayoría de países de renta baja y media la tendencia sigue siendo al alza, y en algunos casos se está acelerando. El hallazgo, lejos de ser una buena noticia universal, pone de manifiesto una fractura global profunda en materia de salud pública.


Un giro inesperado en los países ricos

El análisis, elaborado por el consorcio NCD Risk Factor Collaboration (NCD-RisC) a partir de datos de más de 190 países y con una muestra que abarca a cientos de millones de personas durante varias décadas, es uno de los estudios más amplios y rigurosos realizados hasta la fecha sobre tendencias en el índice de masa corporal (IMC) a nivel mundial.

Uno de sus hallazgos más llamativos es que en naciones como Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Canadá y varios países de Europa occidental, las tasas de obesidad infantil y adolescente comenzaron a estabilizarse o incluso a descender levemente desde finales de la década de 2000 y principios de 2010. Posteriormente, esa misma tendencia se fue trasladando a la población adulta, aunque de forma más tenue y con importantes diferencias según el grupo socioeconómico, el sexo y la etnia.

Los investigadores apuntan a varios factores que podrían explicar esta ralentización en los países más ricos: la implantación de políticas públicas de salud —como la regulación de la publicidad de alimentos ultraprocesados dirigida a menores, los impuestos sobre bebidas azucaradas, los programas de educación nutricional en escuelas o el etiquetado frontal de alimentos—, junto con una mayor conciencia social sobre los riesgos asociados al sobrepeso. También se menciona el papel, todavía en debate, de los nuevos fármacos para el control del peso basados en agonistas del receptor GLP-1, como el semaglutide, aunque su introducción es demasiado reciente para explicar las tendencias observadas en el estudio.


El otro lado del espejo: la aceleración en países de renta baja y media

Sin embargo, el panorama que describe el mismo estudio para el resto del mundo es muy diferente. En grandes partes de África subsahariana, Asia meridional, el Pacífico y América Latina, la obesidad no solo no se ha detenido, sino que ha seguido creciendo a un ritmo sostenido o incluso más rápido que en décadas anteriores. En algunos países, las prevalencias han pasado de ser casi marginales a situarse en niveles que hace apenas veinte años eran propios de las naciones más industrializadas.

Este fenómeno responde a una confluencia de factores estructurales: la urbanización acelerada, que aleja a las poblaciones de dietas tradicionales y estilos de vida más activos; la penetración masiva de la industria alimentaria global, que inunda los mercados locales con productos ultraprocesados baratos y de alta densidad calórica; la reducción del trabajo físico asociada al desarrollo económico; y, paradójicamente, décadas de políticas de salud centradas casi exclusivamente en la desnutrición, que ignoraron el otro extremo del espectro nutricional.

Lo que hace especialmente preocupante la situación en estos países es que, a diferencia de lo ocurrido en Occidente, la obesidad llega en muchos casos antes de que los sistemas sanitarios estén preparados para afrontarla. Enfermedades no transmisibles como la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer —todas ellas estrechamente vinculadas al exceso de peso— representan ya una carga creciente para sistemas de salud que en muchos casos siguen lidiando simultáneamente con enfermedades infecciosas y desnutrición. Es lo que los expertos denominan la «doble carga de la malnutrición».


La paradoja de la desigualdad dentro de los propios países

El estudio también pone el foco en algo frecuentemente olvidado: la obesidad no afecta por igual a todos los grupos sociales dentro de un mismo país. En las naciones de renta alta, la estabilización o leve reducción observada beneficia principalmente a los grupos con mayor nivel educativo y económico, mientras que las poblaciones más vulnerables —con menos acceso a alimentos saludables, menos tiempo libre para hacer ejercicio y mayor exposición a entornos obesogénicos— siguen presentando tasas en aumento. La desigualdad, en definitiva, también tiene kilos.

En los países de renta baja y media, el patrón histórico que asociaba la obesidad con la riqueza también está cambiando: cada vez más, son las poblaciones urbanas de clase media y baja las que muestran los mayores incrementos, atrapadas entre el abandono de los alimentos tradicionales y la imposibilidad de acceder a alternativas saludables asequibles.


Qué nos dice la ciencia sobre las soluciones

Los autores del estudio y numerosos expertos consultados por medios especializados coinciden en que los datos apuntan con claridad hacia la necesidad de políticas públicas específicas, adaptadas al contexto de cada país, y sostenidas en el tiempo. No existe una solución única.

En los países de renta alta, donde la tendencia muestra señales de mejora, el reto es consolidar los avances y extenderlos a los grupos más desfavorecidos. En los países de renta baja y media, la urgencia es diseñar e implementar políticas preventivas antes de que la epidemia alcance proporciones aún más difíciles de revertir. Organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) llevan años reclamando medidas como la regulación de la publicidad alimentaria, la fiscalidad sobre productos poco saludables, la mejora del etiquetado, la promoción de entornos que faciliten la actividad física y el apoyo a sistemas alimentarios locales y sostenibles.

Lo que el estudio de Nature deja meridianamente claro es que la batalla contra la obesidad está lejos de estar ganada, y que celebrar los progresos en unos pocos países sin atender la situación del resto del mundo sería un error mayúsculo. La epidemia no ha desaparecido: se ha desplazado. Y lo ha hecho, como tantas otras crisis sanitarias, siguiendo el mapa de la desigualdad global.


Conclusión: una llamada urgente a la acción diferenciada

Los datos son inequívocos: la obesidad puede contenerse cuando se actúa con voluntad política, recursos y políticas bien diseñadas. Esa es, quizás, la noticia más esperanzadora que esconde el estudio. Pero también lanza una advertencia: el tiempo para actuar en los países más vulnerables es ahora, antes de que las consecuencias sanitarias, económicas y sociales se vuelvan irreversibles. La salud no puede seguir siendo un privilegio de los más ricos.

Generado por claude sonnet 4 6

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