Del humo del cigarrillo al carrito del supermercado: cómo la industria tabacalera moldeó los ultraprocesados que hoy amenazan la salud cerebral

La dieta moderna no es fruto del azar ni de la simple evolución de las preferencias culinarias. Según una reveladora colección de estudios publicados en la edición de julio de la revista American Journal of Public Health (AJPH), el sistema alimentario actual —dominado por productos ultraprocesados— es el resultado de una estrategia deliberada, perfeccionada por las mismas mentes que convirtieron el cigarrillo en un producto global e irresistible.

Las investigaciones actuales sugieren que las tácticas de «Big Tobacco» (las grandes tabacaleras) no solo se limitaron al humo y al papel, sino que se infiltraron en nuestras despensas, rediseñando lo que comemos para maximizar la adicción y el consumo excesivo. Hoy, las consecuencias de este legado no solo se miden en cinturas más anchas o problemas metabólicos, sino en una alarmante crisis de salud cerebral, con un vínculo directo entre los alimentos ultraprocesados y el desarrollo de demencia.

El «Manual de Estrategia» de las tabacaleras en la comida

Durante las décadas de 1980 y 1990, gigantes del tabaco como Philip Morris y R.J. Reynolds realizaron una maniobra que cambiaría la salud pública mundial: adquirieron las compañías de alimentos más grandes de Estados Unidos, incluyendo Kraft, General Foods y Nabisco. Al hacerlo, no solo diversificaron sus carteras financieras, sino que trasladaron décadas de conocimiento sobre ingeniería química, marketing dirigido y psicología de la adicción a la industria alimentaria.

Los estudios publicados en AJPH demuestran que estas empresas aplicaron el mismo «manual de estrategia» que usaron con la nicotina para desarrollar productos alimenticios. Utilizaron expertos en sabores y tecnologías de procesamiento para crear lo que los científicos ahora llaman alimentos «hiperpalatables». Estos son productos que combinan proporciones artificiales de grasas, azúcares y sodio (combinaciones que rara vez se encuentran en la naturaleza) diseñadas específicamente para activar el sistema de recompensa del cerebro de la misma manera que lo hacen las drogas recreativas.

Uno de los ejemplos más citados en las investigaciones es el caso de los Lunchables. Desarrollados bajo la propiedad de Philip Morris, estos paquetes de comida para niños fueron diseñados utilizando estrategias de «desarrollo de productos impulsado por el consumidor», una técnica perfeccionada originalmente para hacer los cigarrillos más atractivos para los jóvenes. Al igual que el tabaco «light» se comercializó para retener a los fumadores preocupados por su salud, la industria alimentaria lanzó versiones «bajas en grasa» de productos ultraprocesados para mantener su cuota de mercado, distrayendo al público de los peligros inherentes de los aditivos y el procesamiento extremo.

Una dieta diseñada para la adicción

La investigación revela una estadística escalofriante: aproximadamente el 60% de la dieta estadounidense promedio consiste actualmente en alimentos ultraprocesados.1 En el caso de niños y adolescentes, esta cifra puede elevarse hasta el 70%. Estos alimentos no son simplemente comida «conveniente»; son formulaciones industriales que a menudo carecen de alimentos integrales y están repletas de colorantes, saborizantes y emulsionantes.

El problema central radica en la capacidad de estos productos para «secuestrar» las señales de saciedad del cuerpo. Mientras que una naranja entera libera azúcar lentamente gracias a su fibra, un refresco o un snack empaquetado golpea el torrente sanguíneo con un «hit» instantáneo de dopamina. Los estudios dirigidos por expertos de la Universidad de Kansas y la Universidad de Michigan en este número especial de AJPH indican que el 70% de la población ya percibe estos alimentos como adictivos, comparando su impacto con el del alcohol o el tabaco.

La industria ha pasado años restando importancia a estas propiedades adictivas. Tal como las tabacaleras negaron durante décadas que la nicotina fuera adictiva, la industria alimentaria actual a menudo etiqueta sus productos como una «elección personal», desviando la responsabilidad hacia el consumidor y evitando regulaciones más estrictas sobre la formulación de sus productos.

El precio de la conveniencia: Demencia y deterioro cognitivo

Quizás el hallazgo más alarmante de esta nueva ola de estudios es la conexión entre los ultraprocesados y la salud del cerebro. Históricamente, se sabía que estos alimentos contribuían a la obesidad, la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares.3 Sin embargo, la investigación liderada por la Dra. Cindy Leung de la Escuela de Salud Pública T.H.3 Chan de Harvard, publicada en este número de julio, establece una relación preocupante con la salud cognitiva en adultos mayores.

El estudio analizó datos de más de 5,000 adultos durante casi una década y encontró que aquellos que consumían las mayores cantidades de alimentos ultraprocesados tenían un 58% más de riesgo de desarrollar demencia y un 46% más de riesgo de sufrir deterioro cognitivo leve.3

¿Por qué ocurre esto? Los científicos sugieren varios mecanismos «biológicamente plausibles». Primero, los aditivos y el procesamiento extremo provocan una inflamación sistémica que afecta directamente al cerebro. Segundo, la alteración del microbioma intestinal causada por estas dietas envía señales negativas al sistema nervioso central. Finalmente, las enfermedades metabólicas causadas por estos alimentos (como la hipertensión y la resistencia a la insulina) son factores de riesgo conocidos que dañan los vasos sanguíneos cerebrales, acelerando el declive cognitivo.

Por el contrario, el estudio también trajo una nota de esperanza: aquellos que consumían principalmente alimentos mínimamente procesados, como frutas, verduras y granos integrales, mostraron un riesgo significativamente menor de demencia, lo que subraya que el daño puede mitigarse mediante cambios sistémicos en la dieta.

De la responsabilidad individual a la acción gubernamental

La conclusión colectiva de los investigadores en AJPH es clara: el consumo masivo de ultraprocesados no es un fallo moral de los individuos, sino el resultado de un entorno alimentario «amañado». Al enmarcar la nutrición únicamente como una cuestión de «elección personal», la industria protege sus beneficios mientras el sistema de salud pública colapsa bajo el peso de enfermedades crónicas evitables.

Expertos en política alimentaria, como Marion Nestle, instan ahora a los legisladores a tratar a la industria de los ultraprocesados con la misma firmeza con la que se trató al tabaco. Esto incluye:

  1. Restricciones de marketing: Prohibir la publicidad de productos hiperpalatables dirigida a niños, emulando la prohibición de dibujos animados en las cajas de cigarrillos.
  2. Etiquetas de advertencia: Implementar sellos frontales claros que alerten sobre el exceso de azúcares, grasas saturadas y sodio, así como sobre el nivel de procesamiento.
  3. Impuestos y subsidios: Gravar los productos dañinos y utilizar esos fondos para hacer que los alimentos frescos y mínimamente procesados sean más asequibles y accesibles.
  4. Transparencia científica: Exigir mayor claridad sobre la financiación de estudios nutricionales por parte de corporaciones que buscan proteger sus intereses comerciales.

Conclusión

El legado de Big Tobacco en nuestra dieta es una sombra larga que ha durado más de cuarenta años. Al rediseñar la comida para que fuera tan adictiva como un cigarrillo, las empresas no solo cambiaron lo que comemos, sino cómo funcionan nuestros cerebros. El hecho de que el 60% de nuestra alimentación diaria sea de origen industrial es una señal de alerta que ya no podemos ignorar.

La evidencia publicada en el American Journal of Public Health nos recuerda que estamos ante una crisis de salud pública que requiere medidas estructurales. Proteger nuestra salud mental y física en la vejez depende, en gran medida, de nuestra capacidad para desmantelar un sistema alimentario diseñado por la industria del tabaco para el exceso, y reconstruir uno basado en la nutrición real, la transparencia y la prevención. La ciencia ha hablado; ahora la pregunta es si los gobiernos tendrán la voluntad política para actuar antes de que la epidemia de demencia y enfermedades crónicas sea irreversible.

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La tragedia de Eben Byers: El hombre que bebió «energía líquida» hasta desintegrarse

A principios del siglo XX, el mundo estaba fascinado por un descubrimiento que prometía revolucionar la ciencia y la medicina: la radiactividad. Tras el hallazgo del radio por Marie y Pierre Curie en 1898, este elemento se convirtió en el ingrediente «mágico» de una industria emergente que lo presentaba como la panacea para todos los males. Sin embargo, detrás de la brillante luminosidad del radio se escondía una realidad letal que solo salió a la luz tras tragedias humanas desgarradoras. De todas ellas, ninguna es tan gráfica y perturbadora como la de Eben Byers, un hombre que personificó el auge y la caída de la charlatanería radiactiva.

El deportista de élite y el industrial de éxito

Ebenezer McBurney Byers, conocido como Eben Byers, no era un hombre común. Nacido en 1880 en el seno de una familia de industriales adinerados en Pittsburgh, Byers tuvo acceso a la mejor educación y a un estilo de vida envidiable. Fue un destacado deportista, educado en Yale, y alcanzó la cima de su carrera atlética al ganar el Campeonato Amateur de Golf de Estados Unidos en 1906.

Era el prototipo del triunfador estadounidense: rico, carismático, atlético y una figura habitual en las páginas de sociedad. Tras retirarse de la alta competición, asumió la presidencia de la empresa familiar, la Girard Iron Company, consolidando su posición como una de las figuras más influyentes de la época. Sin embargo, su vida daría un giro irreversible en 1927, durante un viaje de regreso tras el tradicional partido de fútbol americano Yale-Harvard.

El accidente y la receta fatal

Durante el trayecto en tren, Byers sufrió una caída desde su litera y se lesionó el brazo. Aunque la herida no parecía grave, el dolor persistía y afectaba su rendimiento deportivo y su vida diaria. Su médico, buscando una solución que devolviera la «vitalidad» al industrial, le recomendó un producto que en aquel entonces estaba de moda entre las élites: el Radithor.

El Radithor era un medicamento fabricado por los Laboratorios Bailey-Radium, propiedad de William J.A. Bailey, un hombre que se presentaba como médico pero que en realidad era un estafador que había abandonado Harvard sin graduarse. El producto consistía simplemente en agua destilada mezclada con dos isótopos del radio: el radio-226 y el radio-228.

Bailey publicitaba su brebaje como «energía solar líquida» y afirmaba que podía curar más de 150 enfermedades, desde la dispepsia y la hipertensión hasta la impotencia sexual. Cada frasco costaba un dólar, una cifra considerable para la década de 1920, lo que reforzaba su aura de producto exclusivo y de alta calidad.

El descenso a la adicción radiactiva

Byers comenzó a tomar Radithor en diciembre de 1927. Al principio, los efectos parecieron milagrosos. Experimentó una sensación de euforia y energía renovada, un efecto secundario común en las etapas iniciales de la intoxicación por radiación, que estimula temporalmente el metabolismo. Convencido de que había encontrado la fuente de la eterna juventud, Byers pasó de consumir un frasco ocasional a beber tres botellas diarias.

Su entusiasmo fue tal que se convirtió en un embajador no oficial del producto. Envió cajas de Radithor a sus socios comerciales, se lo recomendó a sus amantes e incluso se lo administró a sus caballos de carreras. Durante tres años, Byers ingirió aproximadamente 1.400 frascos de agua radiactiva. Lo que él no sabía es que el radio es un elemento «osteófilo», es decir, que el cuerpo lo confunde químicamente con el calcio y lo deposita directamente en los huesos. Una vez allí, el radio no se elimina; se queda bombardeando los tejidos internos con partículas alfa de alta energía de forma permanente.

El horror: «El agua de radio funcionó bien hasta que se le cayó la mandíbula»

En 1930, la «magia» del Radithor se disipó para dejar paso a una pesadilla médica. Byers comenzó a perder peso, sufría dolores de cabeza insoportables y, lo más aterrador, sus dientes empezaron a caerse. Al principio, los médicos pensaron que se trataba de una inflamación de las encías, pero la realidad era mucho peor: su mandíbula se estaba desintegrando.

El radio había acumulado tanta energía en su estructura ósea que sus huesos se estaban volviendo porosos y quebradizos. En 1931, cuando la Comisión Federal de Comercio (FTC) comenzó a investigar a Bailey por publicidad engañosa, Byers ya estaba demasiado enfermo para testificar en persona.

El investigador de la FTC, Robert Winn, fue enviado a la mansión de Byers en Long Island para tomar su declaración. El informe de Winn fue espeluznante: «A sus 51 años, Byers era una sombra de lo que fue. Casi toda su mandíbula superior, excepto dos dientes delanteros, y la mayor parte de su mandíbula inferior habían sido extirpadas. Todo el tejido óseo restante de su cuerpo se estaba desintegrando y se estaban formando agujeros en su cráneo».

A pesar de su riqueza, no había cirugía ni tratamiento capaz de detener la destrucción celular provocada por la radiación interna. Eben Byers murió el 31 de marzo de 1932. La causa oficial de muerte fue «envenenamiento por radio», aunque técnicamente falleció por los cánceres inducidos por la radiación que habían invadido su cuerpo.

Un legado de cambio legislativo

La muerte de Byers causó un impacto mediático sin precedentes. El titular del Wall Street Journal, «El agua de radio funcionó bien hasta que se le cayó la mandíbula», se convirtió en una advertencia lúgubre para el público. La tragedia expuso un vacío legal inquietante: en aquel entonces, la Ley de Alimentos y Medicamentos de 1906 solo exigía que las etiquetas fueran veraces. Como el Radithor contenía exactamente lo que decía la etiqueta (radio), no era ilegal venderlo, a pesar de ser mortal.

El sacrificio involuntario de Byers fue el catalizador que otorgó a la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) poderes mucho más amplios. En 1938, se aprobó la Ley Federal de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos, que obligaba a los fabricantes a demostrar que sus productos eran seguros antes de ser comercializados, no solo que sus ingredientes fueran los declarados.

El descanso en una tumba de plomo

Incluso después de muerto, Eben Byers siguió siendo una fuente de peligro radiactivo. Fue enterrado en un ataúd de plomo en el cementerio de Allegheny, en Pittsburgh, para evitar que la radiación de sus restos contaminara el suelo.

En 1965, el científico Robley Evans exhumó los restos de Byers para estudiar los efectos de la radiación a largo plazo. Aunque el industrial llevaba muerto más de tres décadas, sus huesos seguían siendo altamente radiactivos. Los niveles detectados sugerían que su cuerpo no alcanzaría niveles de radiación seguros hasta dentro de miles de años, dado que el radio-226 tiene una vida media de aproximadamente 1.600 años.

La historia de Eben Byers permanece como un recordatorio brutal de los peligros de la pseudociencia y de la importancia de la regulación sanitaria. Byers fue la prueba viviente (y moribunda) de que el hecho de que algo se venda legalmente y bajo la promesa de salud, no garantiza su seguridad. Su trágico final salvó incontables vidas al poner fin a la era dorada de los remedios radiactivos, cerrando un capítulo donde la medicina era, literalmente, una sustancia radiante pero letal.

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El Gobierno Vasco entra en Iparlat para afianzar su crecimiento y blindar una pieza clave del sector lácteo

El sector agroalimentario vasco acaba de recibir una señal inequívoca de respaldo institucional. 1El fondo público Finkatuz, impulsado por el Gobierno Vasco y gestionado por el Instituto Vasco de Finanzas (IVF), ha formalizado su entrada en el capital de Iparlat mediante la adquisición de un 17,16% del accionariado. La operación, anunciada el 24 de junio de 2026, confirma la apuesta de las instituciones vascas por proteger y fortalecer a las empresas tractoras de su tejido productivo, en un contexto económico global marcado por la incertidumbre y la competencia feroz.

Una operación con historia detrás

Aunque a primera vista pudiera parecer una adquisición nueva, la realidad es más matizada. 2El Gobierno Vasco y las diputaciones ya eran accionistas de Iparlat a través de la sociedad Socade —formada por el Ejecutivo y los tres entes forales—, que está en liquidación ordenada, de manera que esa participación en Iparlat pasa ahora al fondo Finkatuz. Se trata, por tanto, de un traspaso que reubica la participación pública dentro de un instrumento más moderno, con mayor capacidad de acompañamiento estratégico a largo plazo.3 En un comunicado, el Gobierno Vasco asegura que esta operación permite avanzar «de forma coherente» el proceso de liquidación de Socade, asegurando que un activo estratégico del sector agroalimentario en Euskadi como Iparlat continúe «bajo el acompañamiento de un instrumento público y garantizando su continuidad bajo un enfoque estratégico y de largo plazo».

El movimiento, lejos de ser meramente administrativo, encierra un mensaje de calado: las instituciones vascas no están dispuestas a dejar al albur del mercado el futuro de compañías que consideran esenciales para la economía del territorio.

Iparlat: de la unión de cooperativas a referente lácteo nacional

Para entender la importancia de esta operación, conviene repasar quién es Iparlat. 5Iparlat es una empresa láctea que se fundó en 1953 a partir de la unión de cooperativas de ganaderos del País Vasco y Navarra. Lo que nació como una iniciativa de economía cooperativa del sector primario se ha convertido, más de siete décadas después, en uno de los grupos agroalimentarios más relevantes del norte de España.3 Iparlat, con más de 400 trabajadores, tiene sede en Urnieta (Gipuzkoa) y cuenta con Kaiku como su socio mayoritario. 2 La empresa fabrica lácteos y bebidas vegetales, y recoge leche de más de 300 explotaciones ganaderas que trata en tres plantas de envasado. 10 La empresa dispone de fábricas en Urnieta (Gipuzkoa), Renedo de Piélagos (Cantabria) y León, y ha sumado un nuevo centro especializado en bebidas vegetales atendiendo a las nuevas demandas en el segmento de la proteína. 2 Su modelo de negocio se basa en su posicionamiento como especialista en marca blanca, como socio industrial de grandes cadenas de distribución como Mercadona —a la que vende la mayoría de su producción— o Eroski. 5 Desde 2004, Iparlat se ha convertido en uno de los proveedores de leche de la cadena de supermercados española Mercadona.

El grupo, además, ha protagonizado un crecimiento financiero notable. 6La cifra de ventas de la empresa creció un 22,93% entre 2023 y 2024, y el EBIT creció un 6,78% en el mismo período. 7Los beneficios han crecido un 45%. Estos datos reflejan una compañía en clara expansión, con músculo productivo y comercial creciente.

No se puede hablar de Iparlat sin mencionar su dimensión industrial más ambiciosa. 8En 2007, las cooperativas Covap e Iparlat adquirieron una planta de producción en León, de donde nació Lactiber León S.A., con el propósito de convertirse en el gran motor lácteo del noroeste español. 8Hoy, la planta leonesa procesa más de 150 millones de litros anuales, en su práctica totalidad destinados a Mercadona bajo la marca Hacendado.

En el terreno de la innovación, 10Natur All es la marca por la que Iparlat apostó para el mercado internacional, completando la fabricación de la bebida de soja de Urnieta con el lanzamiento de la gama completa —arroz, avena y almendra— tanto en convencional como ecológico.

Finkatuz: el escudo estratégico del Gobierno Vasco

El vehículo a través del cual se materializa la participación pública en Iparlat es Finkatuz, un fondo que se ha convertido en pieza central de la política industrial vasca. 11Finkatuz es un fondo público de inversión del Instituto Vasco de Finanzas, destinado a garantizar el arraigo empresarial en Euskadi mediante la adquisición de participaciones en compañías estratégicas, con el objetivo de evitar la deslocalización de los centros de decisión de empresas clave para la economía vasca.11 El fondo fue creado en respuesta a diversas operaciones empresariales que alejaron la toma de decisiones de Euskadi, como la compra de Euskaltel por parte de MásMóvil o la integración de Gamesa en Siemens. 11 El 13 de abril de 2021 se publicó en el Boletín Oficial del País Vasco el decreto que permite la creación del fondo. 13 El instrumento se creó bajo la forma de sociedad pública con la denominación «Finkatze Kapitala Finkatuz, S.A.», con un capital social actual de 300 millones de euros. 11 Finkatuz invierte en empresas con un volumen de facturación superior a 100 millones de euros y al menos 50 empleados.

La cartera de participaciones de Finkatuz dibuja un mapa de los sectores que el Gobierno Vasco considera estratégicos. 1Desde su puesta en marcha, el fondo ha tomado participaciones en compañías clave para la economía vasca, como CAF (Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles), ITP Aero y Kaiku Corporación Alimentaria, a las que se han sumado desde 2025 Grupo Arania, Ohmnia Electronics e Innometal, Arteche, Talgo y Ayesa.

Entre las operaciones más sonadas destaca la de Talgo. 11Finkatuz adquirió en febrero de 2025, junto con Sidenor y las fundaciones bancarias BBK y Vital, el 29,77% del fabricante ferroviario Talgo, con una inversión total de 155 millones de euros, de los cuales Finkatuz aportó 45 millones. 11La compra formó parte de una estrategia para devolver el domicilio fiscal de Talgo a Euskadi y reforzar su arraigo territorial.

Más allá de una empresa: proteger la cadena de valor

Lo que hace singular la entrada de Finkatuz en Iparlat es su impacto sobre toda la cadena agroalimentaria. 1Con la participación en Iparlat, no solo se refuerza la estabilidad de la empresa, sino también el conjunto de la cadena de valor agroalimentaria. Esto significa que los más de 300 ganaderos que suministran leche a Iparlat, las plantas de procesado, la logística y los empleos indirectos asociados cuentan ahora con un respaldo institucional explícito.3 Con este movimiento, lo que el Gobierno Vasco busca es garantizar «su arraigo, continuidad, crecimiento y que mantengan su significativa contribución tractora, actual o potencial, a la economía del territorio». 1 La operación se inscribe en una estrategia más amplia de colaboración público-privada para fortalecer la competitividad del tejido productivo vasco y garantizar su resiliencia en un contexto económico global exigente.

Un modelo de política industrial con vocación de futuro

La entrada de Finkatuz en Iparlat no es un hecho aislado, sino la última pieza de un modelo de política industrial que el Gobierno Vasco viene construyendo desde 2021. 14Entre los sectores estratégicos considerados como preferentes para Finkatuz están: aeronáutica, alimentación, automoción, biociencias, contenidos digitales, ecoindustrias, energía, maquinaria, productos e instalaciones siderúrgicas, tecnologías electrónicas y de la información, transportes, movilidad y logística.

El caso de Iparlat ilustra a la perfección la filosofía del fondo: no se trata de intervenir en la gestión, sino de actuar como socio estable que garantice que los centros de decisión permanezcan en Euskadi y que las empresas puedan acometer sus planes de crecimiento con la tranquilidad que ofrece un accionista institucional comprometido a largo plazo.

En un momento en el que la industria agroalimentaria europea se enfrenta a retos de sostenibilidad, transición proteica y transformación digital, contar con el respaldo de un fondo público como Finkatuz puede marcar la diferencia entre ser un actor relevante en el mercado o quedar relegado. Iparlat, con su tradición cooperativa, su músculo industrial y ahora el paraguas estratégico del Gobierno Vasco, parece bien posicionada para afrontar el futuro con ambición y solidez.

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