Investigadores de la Universidad de Copenague proponen usar minerales arcillosos tratados para capturar el etileno, la hormona gaseosa que acelera la maduración, sin necesidad de conservantes sintéticos ni cambios en la cadena de frío
Cada año se desperdician en el mundo aproximadamente 1.300 millones de toneladas de alimentos, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Una parte significativa de esas pérdidas se produce en las etapas posteriores a la cosecha, durante el transporte, el almacenamiento y la distribución, cuando frutas y verduras maduran más rápido de lo que el mercado puede absorberlas. El culpable silencioso de buena parte de ese deterioro tiene nombre: etileno, una hormona vegetal en forma de gas que las propias plantas emiten y que desencadena y acelera el proceso de maduración.
Controlar el etileno no es una idea nueva. La industria agroalimentaria lleva décadas recurriendo a atmósferas controladas, filtros con permanganato de potasio y envases activos para intentar ralentizar su efecto. Sin embargo, muchas de esas soluciones resultan costosas, difíciles de escalar o dependen de compuestos químicos cuya aceptación por parte del consumidor es cada vez menor. Ahora, un equipo internacional liderado desde la Universidad de Copenague propone un enfoque que destaca por su sencillez: emplear arcilla modificada como trampa natural para el etileno.

Un mineral abundante con una nueva función
El estudio, recién publicado en la revista Applied Surface Science Advances (DOI: 10.1016/j.apsadv.2026.101010), ha sido dirigido por la profesora Heloisa Bordallo, investigadora del Instituto Niels Bohr de la Universidad de Copenhague, en colaboración con científicos del Lawrence Berkeley National Laboratory, en Estados Unidos, y la Universidad de Deakin, en Australia. El trabajo explora cómo ciertos minerales arcillosos —materiales extraordinariamente abundantes y baratos— pueden ser tratados superficialmente para adsorber moléculas de etileno de manera eficiente.
Las arcillas pertenecen a la familia de los filosilicatos y presentan una estructura laminar que les confiere una elevada superficie específica. Esa característica las convierte en candidatas naturales para la adsorción de gases. Lo que el equipo de Bordallo ha conseguido es optimizar esa capacidad mediante modificaciones controladas de la superficie del mineral, aumentando la afinidad selectiva por el etileno sin recurrir a aditivos tóxicos ni a procesos industriales complejos.
Cómo funciona la captura
El mecanismo descrito en el artículo se basa en la interacción entre la molécula de etileno —muy pequeña y con un doble enlace carbono-carbono característico— y los sitios activos generados en la superficie de la arcilla tras el tratamiento. Según los autores, la modificación crea centros de adsorción que retienen el etileno de forma reversible, lo que significa que el material podría, en principio, regenerarse y reutilizarse.
Para caracterizar estos procesos a escala atómica, el equipo empleó técnicas de dispersión de neutrones, un campo en el que la profesora Bordallo es reconocida internacionalmente. Los neutrones permiten «ver» cómo se comportan las moléculas ligeras —como el agua y los hidrocarburos de bajo peso molecular— dentro de estructuras porosas, algo que resulta muy difícil con otras técnicas espectroscópicas. Complementaron el análisis con mediciones de adsorción de gas y simulaciones computacionales realizadas en los laboratorios de Berkeley y Deakin.
Los resultados muestran que la arcilla modificada es capaz de reducir significativamente la concentración de etileno en ambientes cerrados que simulan las condiciones de un contenedor de transporte o una cámara de almacenamiento poscosecha. Y lo hace a temperatura ambiente, sin gasto energético adicional y sin generar subproductos.
Ventajas prácticas y económicas
Uno de los aspectos más atractivos de la propuesta es su bajo coste. Las arcillas son materiales geológicos ampliamente disponibles en prácticamente todos los continentes, y los tratamientos de modificación superficial descritos en el estudio no requieren reactivos caros ni infraestructura sofisticada. Esto contrasta con otras tecnologías de control de etileno, como los catalizadores basados en metales preciosos o los sistemas de atmósfera controlada con sensores electrónicos, cuyo precio los hace inaccesibles para pequeños productores y mercados de países en desarrollo, que son precisamente los que sufren mayores pérdidas poscosecha.
Además, la arcilla modificada podría integrarse fácilmente en formatos ya existentes: sobres insertados en cajas de fruta, recubrimientos en paredes de contenedores o incluso incorporada en materiales de embalaje. Al no tratarse de un conservante que entre en contacto directo con el alimento en su forma química activa, sino de un adsorbente físico que atrapa un gas del entorno, las barreras regulatorias podrían ser considerablemente menores que las asociadas a nuevos aditivos alimentarios.
Implicaciones para la sostenibilidad
El desperdicio de alimentos no es solo un problema económico y social; tiene un impacto ambiental enorme. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), si el desperdicio alimentario fuera un país, sería el tercer mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, solo por detrás de China y Estados Unidos. Cada fruta que se pudre antes de llegar a un plato representa agua, tierra, energía y fertilizantes invertidos en vano, además del metano que genera al descomponerse en vertederos.
Tecnologías sencillas, escalables y económicas como la descrita por el grupo de Bordallo no resolverán por sí solas un problema tan complejo y multifactorial, pero pueden contribuir de manera tangible a reducirlo. Y lo hacen desde la ciencia de materiales básica, demostrando que a veces la innovación más valiosa no consiste en inventar algo radicalmente nuevo, sino en mirar con ojos nuevos un material que llevamos usando miles de años.
El próximo paso, según señalan los propios investigadores, será validar el rendimiento de la arcilla modificada en ensayos de campo con productos reales —plátanos, tomates, aguacates— y en condiciones logísticas auténticas. Si los resultados confirman lo observado en laboratorio, un puñado de polvo mineral podría marcar la diferencia entre una fruta que llega madura al consumidor y otra que acaba en la basura.
Generado por Claude opus 4.6


