Una teoría formulada hace más de un siglo continúa alimentando productos y terapias que atribuyen al agua de mar propiedades casi universales. Sin embargo, su parecido con la sangre es superficial y la evidencia clínica disponible no justifica consumirla como tratamiento.

El agua de mar se promociona en ciertos ámbitos como remineralizante, reguladora del metabolismo, fortalecedora del sistema inmunitario e incluso como tratamiento para enfermedades digestivas, cardiovasculares o dermatológicas. La amplitud de estas promesas debería despertar cautela: cuando una misma sustancia supuestamente sirve para problemas muy diferentes, es razonable preguntar qué pruebas respaldan tales afirmaciones.
La historia comienza en 1904, cuando el investigador francés René Quinton publicó L’Eau de mer, milieu organique. Su denominada “ley de constancia del medio marino” sostenía que el líquido que rodea a las células de los animales conservaba características minerales del océano primitivo. A partir de esa hipótesis propuso que el agua de mar, convenientemente diluida, podía funcionar como una especie de “plasma marino”. Sus ideas se aplicaron entonces a trastornos como la desnutrición y las gastroenteritis infantiles, mucho antes de que existieran los ensayos clínicos modernos y los actuales controles de seguridad.
Parecida en algunos componentes, pero no en su composición
Es cierto que la sangre y el agua marina contienen sodio, cloruro, potasio, calcio y magnesio. Pero compartir elementos químicos no convierte dos líquidos en equivalentes. Lo decisivo son las concentraciones, proporciones, esterilidad y funciones biológicas.
El océano presenta, en promedio, unos 35 gramos de sales disueltas por litro. En el agua marina de referencia, el sodio se encuentra alrededor de 469 milimoles por kilogramo y el cloruro cerca de 546. En la sangre, en cambio, el sodio suele mantenerse entre 135 y 145 milimoles por litro y el cloruro aproximadamente entre 95 y 105. Es decir, el agua de mar contiene unas tres veces más sodio y más de cinco veces más cloruro que el plasma, además de proporciones muy diferentes de magnesio, sulfato y otros componentes.
Tampoco debe confundirse el agua marina diluida con el suero fisiológico. La solución intravenosa de cloruro de sodio al 0,9 % contiene nueve gramos de sal por litro, se fabrica con agua para inyección, es estéril y posee una concentración cuidadosamente controlada. Incluso así, no reemplaza todas las funciones del plasma, que contiene proteínas, nutrientes, hormonas y factores de coagulación. El agua recogida directamente del océano carece de esas garantías.
La cantidad de sodio resulta especialmente reveladora. Un vaso de 250 mililitros de agua de mar promedio aportaría aproximadamente 2,7 gramos de sodio. Esa cantidad, consumida de una sola vez, supera la recomendación de la Organización Mundial de la Salud de menos de dos gramos diarios para un adulto.
¿Existen beneficios demostrados?
La investigación en seres humanos es limitada. Algunos ensayos pequeños han estudiado aguas elaboradas a partir de agua oceánica profunda y han observado posibles cambios en el colesterol, la resistencia a la insulina o ciertos marcadores intestinales. Un estudio de 2012 incluyó solamente a 42 personas con hipercolesterolemia, mientras que investigaciones posteriores evaluaron grupos de entre 78 y 82 participantes durante periodos de ocho a doce semanas.
Estos resultados no demuestran que beber agua de mar natural prevenga o cure enfermedades. Los productos estudiados habían sido filtrados, desalinizados mediante ósmosis inversa, diluidos o ajustados para modificar su contenido mineral. En otras palabras, eran aguas procesadas y remineralizadas, no agua extraída de la playa y consumida directamente.
Además, los ensayos fueron pequeños, breves y centrados principalmente en indicadores de laboratorio, no en desenlaces clínicos importantes como infartos, hospitalizaciones, progresión de enfermedades o mortalidad. Sus hallazgos pueden justificar investigaciones más amplias, pero no respaldan afirmaciones como “equilibra el organismo”, “regenera las células” o “cura múltiples patologías”.
Del exceso de sal a las infecciones
El riesgo inmediato depende de la cantidad ingerida, la concentración, la disponibilidad de agua dulce y el estado de los riñones y del corazón. Beber cantidades importantes puede elevar el sodio sanguíneo y favorecer una deshidratación hipernatrémica. El organismo debe utilizar agua para eliminar la carga de sales; si no puede compensarla, aparecen sed intensa, debilidad, alteraciones neurológicas, convulsiones o coma. Se han publicado casos de hipernatremia grave y fallecimientos después de ingerir agua salada o tragar grandes cantidades de agua marina.
El magnesio y otras sales también pueden producir náuseas, vómitos y diarrea, agravando la pérdida de líquidos. Un caso clínico describió a una persona que bebía alrededor de 900 mililitros diarios para tratarse una hipotensión: desarrolló una marcada elevación del cloruro en sangre y diarrea persistente.
A ello se suma el riesgo microbiológico. Las aguas costeras pueden contener bacterias del género Vibrio, contaminación fecal u otros microorganismos. La OMS señala que convertir agua marina en agua potable exige controlar la fuente, tratarla y vigilar tanto los peligros químicos como los microbianos. Que el mar parezca limpio no significa que su agua sea apta para beber.
La exposición crónica tampoco es inocua. Una revisión sistemática publicada en 2025 relacionó el consumo de agua con elevada salinidad —aunque no específicamente como terapia marina— con hipertensión, problemas cardiovasculares y renales y complicaciones del embarazo. Estos datos son coherentes con la recomendación sanitaria de reducir, no incrementar, la ingesta habitual de sodio.
Una historia atractiva, no una cura universal
La idea de una conexión ancestral entre el océano y nuestra sangre resulta poderosa como relato comercial. También se beneficia de confundir usos médicos legítimos —como soluciones salinas estériles o determinados lavados nasales— con la ingestión de agua marina.
El veredicto de la evidencia es menos espectacular: el agua de mar no es plasma, no ha demostrado curar múltiples enfermedades y beberla puede aportar una carga excesiva de sales, además de microorganismos y contaminantes. Un sorbo accidental durante un baño no equivale a una intoxicación, pero convertirla en bebida habitual o tratamiento carece de respaldo suficiente. Más que una panacea olvidada, el “plasma marino” sigue siendo una hipótesis histórica transformada, en buena medida, en marketing.
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