Ámsterdam prohíbe la publicidad de carne: ¿libertad o paternalismo ecológico?


A partir del 1 de mayo de 2026, Ámsterdam se convertirá en la primera capital europea en prohibir la publicidad de carne en espacios públicos. Las calles, el transporte público y las vallas de la ciudad ya no exhibirán anuncios de hamburguesas chorreando salsa barbacoa, alitas de pollo crujientes o cualquier otro producto cárnico. La medida, impulsada por el Ayuntamiento, busca reducir el consumo de alimentos ricos en grasas saturadas y, sobre todo, disminuir el impacto ambiental de una industria responsable de casi el 15% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

La decisión no es baladí: Ámsterdam, histórica cuna de la libertad individual, donde el consumo de ciertas drogas es legal y la prostitución se ejerce en escaparates iluminados, parece estar enviando un mensaje contradictorio. ¿Cómo conciliar la tradición liberal de la ciudad con una normativa que, en esencia, limita la exposición de los ciudadanos a ciertos mensajes comerciales?


Libertad vs. responsabilidad ecológica

Ámsterdam siempre ha sido sinónimo de apertura. Su modelo de tolerancia, que permite desde el consumo controlado de cannabis hasta la regulación del trabajo sexual, se basa en un principio claro: el Estado no debe interferir en las decisiones personales, siempre que no dañen a terceros. Sin embargo, la prohibición de la publicidad de carne introduce un matices: ¿es el consumo de carne un acto puramente individual o tiene consecuencias colectivas?

El Ayuntamiento argumenta que sí. La producción de carne es una de las principales fuentes de emisiones de CO₂, deforestación y consumo de agua. Según datos de la ONU, la ganadería genera más gases de efecto invernadero que todo el sector del transporte. Además, el alto consumo de carnes rojas y procesadas está vinculado a problemas de salud pública, como enfermedades cardiovasculares. En este contexto, la prohibición no sería un ataque a la libertad, sino una medida de salud pública y ambiental.

Pero, ¿es la publicidad el problema? La ciudad parece asumir que, sin anuncios, los ciudadanos reducirán su consumo de carne. Sin embargo, esta premisa choca con la realidad: en una sociedad hiperconectada, la publicidad ya no depende solo de carteles en la calle. Las redes sociales, las plataformas de streaming y los algoritmos personalizados siguen bombardeando a los consumidores con mensajes comerciales. ¿Es, entonces, la prohibición un gesto simbólico o una política efectiva?


El debate ético: ¿paternalismo o progreso?

La medida ha generado un intenso debate. Para sus defensores, es un paso necesario en la lucha contra el cambio climático. «No se trata de prohibir el consumo, sino de no incentivarlo con fondos públicos», argumentan. Los espacios urbanos, financados con dinero de todos, no deberían promover hábitos insostenibles.

Los críticos, en cambio, ven en esta normativa un ejemplo de paternalismo estatal. «Si Ámsterdam permite la venta de drogas y la prostitución, ¿por qué censura la publicidad de un producto legal?», preguntan. La carne, al fin y al cabo, no es una sustancia prohibida, y su consumo es una elección personal. Además, la medida podría afectar a pequeños negocios, como carnicerías locales o restaurantes, que dependen de la publicidad para competir con las grandes cadenas.

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¿Funcionará?

La efectividad de la prohibición es, cuando menos, discutible. Estudios sobre restricciones publicitarias —como las del tabaco— muestran que, aunque reducen la exposición, no siempre cambian los hábitos de consumo. En el caso de la carne, el impacto podría ser aún menor: la publicidad en espacios públicos es solo una pequeña parte del marketing que recibe el consumidor.

Sin embargo, el símbolo es potente. Ámsterdam se posiciona como líder en políticas climáticas urbanas, enviando un mensaje claro a otras ciudades: la crisis ambiental requiere medidas audaces, incluso si son impopulares. El tiempo dirá si esta prohibición es el inicio de un cambio cultural o un simple gesto en el vacío.


Conclusión: ¿hacia dónde va Ámsterdam?

La capital neerlandesa sigue siendo un laboratorio de convivencia entre libertad y regulación. La prohibición de la publicidad de carne no es un ataque a los derechos individuales, sino un recordatorio de que, en el siglo XXI, la libertad de uno termina donde comienza el daño colectivo. Quizás, en una ciudad donde lo «prohibido» y lo «permitido» siempre han convivido, esta medida sea solo otro capítulo de su eterna búsqueda de equilibrio.

Lo cierto es que, más allá de su eficacia, la norma obliga a reflexionar: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ceder comodidades individuales por el bien común? Ámsterdam, una vez más, nos desafía a responder.

Supermercados y comidas frescas en la entrada: ¿Solución al desperdicio o estrategia comercial disfrazada de sostenibilidad?

El pasado 2 de febrero de 2026, Phys.org publicó un artículo titulado «Supermarkets to place fresh meals at the front to cut food waste» [«Los supermercados colocarán comidas frescas en la entrada para reducir el desperdicio de alimentos»]. La noticia, basada en un estudio de la Universidad de Surrey (Reino Unido), propone que reubicar los productos frescos —como ensaladas, sándwiches y comidas preparadas— cerca de las entradas de los supermercados podría reducir el desperdicio de alimentos hasta en un 10%. La lógica es simple: al exponer estos productos al inicio del recorrido del cliente, se incrementan sus ventas antes de que caduquen. Sin embargo, detrás de esta aparente solución «ecológica» subyacen preguntas incómodas: ¿se trata de un avance real en la lucha contra el desperdicio o de una maniobra de greenwashing que beneficia más a las cadenas de supermercados que al planeta?


El problema del desperdicio: ¿Dónde está la raíz?

El desperdicio de alimentos es un escándalo global. Según la ONU, un tercio de todos los alimentos producidos —1.300 millones de toneladas anuales— termina en la basura, mientras 828 millones de personas padecen hambre. En el caso de los supermercados, el modelo de negocio actual incentiva el exceso: compras masivas, promociones «2×1» que fomentan el consumo innecesario, y estándares estéticos que descartan alimentos perfectamente comestibles. El estudio de Surrey sugiere que, al priorizar la venta de productos frescos, se evitaría que terminen en la basura. Pero, ¿es esta la solución más efectiva o solo un parche?

La propuesta ignora un dato clave: el 70% del desperdicio de alimentos en la UE ocurre en los hogares, no en los supermercados (Eurostat, 2023). Mientras las cadenas como Tesco o Carrefour se felicitan por reducir sus pérdidas, el problema real —nuestros hábitos de compra y el diseño de los envases— sigue intacto. ¿De qué sirve vender más ensaladas preparadas si luego los consumidores las tiran porque compraron de más?


¿Estrategia sostenible o greenwashing comercial?

El artículo de Phys.org presenta la medida como un «ganar-ganar»: los supermercados venden más y el planeta sufre menos. Pero hay que analizar quién se beneficia realmente:

  1. Para los supermercados: Colocar productos frescos en la entrada no es nuevo; es una táctica de merchandising clásica. Lo innovador aquí es venderla como «sostenible». Al aumentar las ventas de productos con fecha de caducidad corta, las cadenas reducen sus pérdidas económicas, pero también externalizan la responsabilidad: el desperdicio ya no es su problema, sino del consumidor.
  2. Para el consumidor: La medida podría llevar a compras impulsivas. ¿Cuántas veces hemos adquirido un producto «fresco» en la entrada solo para olvidarlo en la nevera? Además, estos alimentos suelen ser más caros que los no perecederos, lo que afecta especialmente a familias con menos recursos.
  3. Para el medio ambiente: El impacto es ambiguo. Sí, se reduce el desperdicio dentro del supermercado, pero ¿a qué costo? La producción de comidas preparadas implica más envases plásticos, mayor huella de carbono por transporte y, en muchos casos, ingredientes ultraprocesados. ¿Es sostenible fomentar su consumo masivo?

Alternativas reales (y menos lucrativas)

Si el objetivo fuera realmente combatir el desperdicio, habría medidas más efectivas —aunque menos rentables para los supermercados—:

  • Vender «feos pero buenos»: En países como Francia, supermercados como Intermarché venden frutas y verduras «imperfectas» con descuento. Esto ataca el problema desde la raíz: los estándares estéticos absurdos.
  • Donar excedentes: En España, la Ley de Prevención de Pérdidas y Desperdicio Alimentario (2022) obliga a los supermercados a donar alimentos no vendidos. Sin embargo, muchas cadenas incumplen la norma alegando «problemas logísticos».
  • Educación al consumidor: Campañas que enseñen a planificar compras, entender las fechas de caducidad (¿sabía que «consumir preferentemente antes de» no significa que el producto esté malo?) o cocinar con sobras.
  • Envases reutilizables: Modelos como los de Loop (de TerraCycle) permiten comprar productos en envases retornables, reduciendo residuos.

El elefante en la habitación: el modelo de negocio

El verdadero obstáculo para acabar con el desperdicio es que el sistema alimentario actual se beneficia de él. Los supermercados ganan más cuando los clientes compran de más (y luego tiran). Las marcas de alimentación venden más si los productos caducan rápido. Y los gobiernos, presionados por lobbies, retrasan leyes que regulen el exceso de producción.

En este contexto, medidas como la propuesta por la Universidad de Surrey son soluciones superficiales que no cuestionan el modelo. Son como poner una tirita en una herida que requiere cirugía. Peor aún: dan una falsa sensación de progreso, permitiendo que las grandes cadenas se laven la cara con discursos ecológicos mientras siguen lucrando con la sobreproducción.


Conclusión: ¿Avance o distracción?

La noticia de Phys.org es un ejemplo de cómo se enmarcan las «soluciones» al desperdicio: como innovaciones tecnocráticas que no exigen cambios estructurales. Colocar comidas frescas en la entrada puede reducir un 10% el desperdicio en los supermercados, pero ¿a qué precio? ¿A costa de aumentar el consumo de productos procesados, normalizar las compras impulsivas y dejar intacto el verdadero problema: un sistema que prioriza el beneficio sobre la sostenibilidad?

La lucha contra el desperdicio requiere medidas valientes, no parches comerciales. Exige regular la publicidad de alimentos, penalizar el exceso de envases, y —sobre todo— educar para un consumo responsable. Mientras tanto, iniciativas como esta son bienvenidas, pero insuficientes. Como dijo el activista Vandana Shiva: «No podemos resolver problemas con el mismo pensamiento que los creó». Y el pensamiento que rige a los supermercados sigue siendo, ante todo, el de las ganancias.


Fuentes consultadas:

  • FAO (2023). El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo.
  • Eurostat (2023). Food waste in the EU.
  • Ley 7/2022 de España sobre desperdicio alimentario.
  • Informe Loop (TerraCycle) sobre envases reutilizables.

MAGA, Carne Cultivada y la Nueva Frontera de las Teorías Conspirativas

Cómo la carne de laboratorio se convirtió en el último objetivo de la desinformación política

En las profundidades de internet político, un nuevo villano ha emergido: la carne cultivada en laboratorio. Pero no es la industria cárnica tradicional quien lidera la carga contra ella, sino un frente inesperado de teóricos conspirativos afiliados al movimiento MAGA, quienes han construido una narrativa que mezcla miedo corporal, xenofobia y desinformación científica.

De las Redes Sociales a la Política Nacional

Lo que comenzó como memes en foros oscuros se ha filtrado hacia el discurso político convencional. En apenas meses, figuras influyentes del ecosistema Trump han adoptado la retórica de que la carne cultivada representa un ataque deliberado a la «virilidad americana» y la salud pública, promoviendo teorías sin fundamento que van desde la castración química hasta el control poblacional mediante alimentación.

Los posts virales no buscan debatir la regulación alimentaria o el impacto ambiental—discusiones legítimas y necesarias—sino algo más oscuro: la idea de que una élite global (léase: tecnócratas liberales, inversionistas chinos, o «el Estado Profundo») utiliza la biotecnología para «domesticar» a la población masculina estadounidense.

La Pseudociencia como Herramienta Política

Los riesgos de esta desinformación son múltiples:

Impacto en la Salud Pública: Al vincular falsamente la carne cultivada con feminización hormonal y problemas de fertilidad, se desvían recursos y atención de debates reales sobre seguridad alimentaria y regulación adecuada. La ciencia es clara: no hay evidencia de que el consumo de proteínas cultivadas afecte los niveles de testosterona.

Desconfianza Institucional: Cada teoría conspirativa que gana tracción erosiona la confianza en agencias regulatorias, comunidad científica y medios de comunicación, fortaleciendo un ecosistema donde la desinformación se autopercibe como «verdad oculta».

Perjuicio Económico: Empresas emergentes en el sector de proteínas alternativas enfrentan ataques coordinados que van más allá de la crítica legítima, incluyendo campañas de boicot basadas en mentiras que amenazan su viabilidad comercial y, por extensión, la inversión en soluciones más sostenibles al sistema alimentario actual.

Polarización Cultural: La conversación sobre alimentación futura se contamina con jerarquías de género y nacionalismo, imposibilitando el diálogo racional sobre políticas públicas que afectan a todos.

Anatomía de una Desinformación

El patrón es predecible pero efectivo:

  1. Selección de un tema técnico (biotecnología alimentaria)
  2. Sutura con una ansiedad existente (masculinidad, salud familiar)
  3. Atribución maliciosa a un enemigo identificable (élites liberales, inversión extranjera)
  4. Ofrecimiento de una «verdad simple» frente a la «complejidad engañosa» de la ciencia

El resultado es una narrativa que no solo resisten la corrección factual—porque desafiarla se interpreta como defender al «enemigo»—sino que además moviliza activismo político real, desde presión por legislación hasta violencia retórica contra investigadores y empresarios.

El Contexto Más Amplio

Este fenómeno no ocurre en aislamiento. Forma parte de una estrategia más grande de desinformación que ha objetivizado anteriormente vacunas, cambio climático y salud reproductiva. Un análisis de la propagación muestra que las mismas cuentas y figuras que promovieron teorías anti-vacunas ahora pivotean hacia la carne cultivada, adaptando su manual de tácticas a un nuevo campo.

La diferencia ahora es la velocidad: mientras que las teorías anti-vacunas tomaron años en mainstreamizarse, la desinformación sobre proteínas cultivadas ha escalado en meses, beneficiándose de infraestructura digital preexistente y redes de influencia consolidadas.

Respuestas Necesarias

Frente a este desafío, la respuesta no puede ser solo fact-checking—aunque es necesario. Se requiere:

  • Educación científica proactiva: No esperar que las teorías surjan para desmentirlas, sino construir narrativas comprensibles sobre biotecnología desde el inicio.
  • Regulación inteligente: Políticas que protejan la libertad de expresión pero responsabilicen a plataformas por algoritmos que amplifican desinformación dañina.
  • Alianzas inusuales: Que científicos, productores rurales tradicionales y empresas emergentes encuentren lenguaje común sobre seguridad alimentaria.
  • Monitorizar la malicia: Distinguir entre crítica legítima (etiquetado, impacto ambiental) y desinformación malintencionada.

Última Parada: la Democracia de los Hechos

La carne cultivada—un sector aún en su infancia, con desafíos técnicos y éticos reales que debatir—se ha convertido en un campo de batalla simbólico donde lo que realmente está en juego es cómo una sociedad toma decisiones sobre su futuro. Cuando la desinformación reemplaza el debate basado en evidencia, todos perdemos: los consumidores, los productores, y la capacidad colectiva de resolver problemas complejos.

La pregunta no es si estás a favor o en contra de la carne de laboratorio. La pregunta es si permitiremos que el miedo y la desinformación dicten nuestras políticas públicas, o si construiremos un espacio donde la ciencia, la ética y la democracia puedan coexistir en conversación honesta.

McDonald’s y la Abundancia: Un Trillón de Hamburguesas que Sirven al Mundo

Cuando los hermanos McDonald abrieron su pequeño restaurante en California en 1948, ofrecían solo nueve artículos en el menú. Esta simplicidad les permitió reducir costos, aumentar la eficiencia y sentar las bases de lo que sería un modelo de negocio revolucionario. Más de siete décadas después, McDonald’s no solo es una marca reconocida en todo el mundo, sino también el emblema de un fenómeno de abundancia sin precedentes: se estima que ha vendido su hamburguesa número un trillón.

El último conteo oficial se dio en 1994, cuando la compañía anunció con orgullo haber superado los 100.000 millones de hamburguesas vendidas. Desde entonces, el contador desapareció de sus letreros y campañas, pero los cálculos no dejan de asombrar. Hoy, con un promedio estimado de 75 hamburguesas por segundo —lo que equivale a unos 2.360 millones al año—, los números sitúan a McDonald’s dentro de una liga única: la de empresas que han servido literalmente a generaciones enteras.

Abundancia y consumo democrático

El logro de McDonald’s no se mide solo en cifras de ventas. Representa también la capacidad de la innovación empresarial para ofrecer productos accesibles a millones de personas de diferentes clases sociales y contextos culturales. Una hamburguesa de McDonald’s, pese a las críticas sobre su valor nutricional, ha sido durante décadas un producto asequible y predecible, disponible en casi cualquier rincón del planeta.

Este acceso masivo es un ejemplo concreto de lo que algunos economistas, como Gale Pooley, describen como superabundancia: la tendencia de los bienes y servicios a hacerse más accesibles y abundantes a medida que la creatividad humana y la productividad avanzan. En otras palabras, el trillón de hamburguesas no es solo una cifra astronómica, sino también una muestra de cómo la innovación permite transformar recursos limitados en abundancia relativa.

Críticas y paradojas

Por supuesto, el gigante de la comida rápida no está exento de críticas. Temas como la homogeneización cultural, la salud pública y el impacto ambiental de la ganadería son parte de los debates que rodean su modelo de negocio. Sin embargo, lo que resulta innegable es que la demanda de McDonald’s persiste, e incluso crece, en una economía global cada vez más diversa en opciones. La paradoja está en que mientras algunos cuestionan sus efectos, otros lo consideran un símbolo de progreso democrático en el consumo: comida rápida, barata y estandarizada para millones.

El símbolo de una era

El caso de McDonald’s ilustra cómo una empresa puede convertirse en un símbolo de la abundancia moderna. Tal como el automóvil representó movilidad masiva en el siglo XX, la hamburguesa de McDonald’s se convirtió en una especie de “moneda cultural” de consumo globalizado. Con restaurantes en más de 100 países, cada Big Mac no representa solo calorías o sabor: simboliza el triunfo de un modelo logístico y económico capaz de escalar hasta cifras que, hace apenas unas décadas, resultaban impensables.

¿Qué significa un trillón?

Un trillón de hamburguesas equivaldría, en teoría, a que cada ser humano que ha vivido desde mediados del siglo XX hubiera disfrutado de varias de ellas. Es una medida del alcance de la marca, pero también del papel de la alimentación industrial en la historia del consumo global. McDonald’s, más allá de sus arcos dorados, representa la intersección de economía, cultura y tecnología en la construcción de lo que llamamos abundancia moderna.

Conclusión

La historia de McDonald’s y su trillón de hamburguesas es más que una anécdota corporativa. Es una lección sobre cómo la innovación empresarial puede multiplicar la disponibilidad de bienes, cambiar patrones culturales y convertirse en un fenómeno mundial. En el debate entre las críticas y los elogios, lo cierto es que McDonald’s ha dejado una huella imborrable: la de demostrar que la abundancia, cuando la escala es planetaria, puede medirse incluso mordisco a mordisco.

El enigma de la desaparición de la Cornish Hen

Durante décadas, la Cornish Hen (o Rock Cornish Game Hen) fue sinónimo de elegancia y sofisticación en la gastronomía estadounidense. Este pequeño pollo, definido por la USDA como un ave joven de 5 a 6 semanas de edad y menos de 2lbs de peso listo para cocinar, comenzó a ganar fama en los años 1970, momento en el que encarnaba la unión perfecta entre alta cocina y practicidad: era fácil de preparar y permitía una presentación individual distinguida en restaurantes de lujo y cenas familiares.aol+1

Sin embargo, en los años 1990 su popularidad empezó a declinar. Este cambio se debió en parte a una evolución en los hábitos de consumo: los comensales preferían platos de mayor tamaño y estilos familiares, mientras que los cocineros optaban por piezas de pollo más grandes y versátiles, que podían cortarse en porciones y resultar más económicos. El precio de la Cornish Hen—superior al del pollo tradicional—también fue motivo de su desaparición de la mesa familiar y de los menús de muchos restaurantes.aol

Pese a ello, la Cornish Hen sigue siendo apreciada por su carne tierna y jugosa, su cocción rápida y su potencial para presentaciones sofisticadas. Aunque su consumo masivo haya cesado, continúa siendo una opción interesante para ocasiones especiales y vuelve a asomar en la alta cocina moderna, donde la nostalgia y la búsqueda de platos distintivos la están devolviendo poco a poco a las mesas de los amantes de la buena comida.aol


La historia de la Cornish Hen es un claro ejemplo de cómo la moda, la economía y los hábitos cambian la oferta culinaria: de protagonista del glamour a rareza gourmet, este pequeño pollo mantiene su encanto para quienes buscan platos únicos y memorables.

Fuentes
  1. https://www.aol.com/cornish-hens-made-dinner-feel-183000514.html
  2. https://forum.wordreference.com/threads/cornish-game-hen.1251748/
  3. https://www.linguee.es/ingles-espanol/traduccion/cornish+hen.html
  4. https://en.wikipedia.org/wiki/Cornish_game_hen
  5. https://www.tastingtable.com/1050356/why-cornish-hens-are-more-tender-than-regular-chicken/
  6. https://recipes.howstuffworks.com/tools-and-techniques/cornish-game-hen.htm
  7. https://www.kmuw.org/cooking-with-fire/2024-11-22/revisiting-cornish-game-hens
  8. https://www.encyclopedia.com/reference/encyclopedias-almanacs-transcripts-and-maps/cornish-hen
  9. https://www.youtube.com/watch?v=tPopMIAsElQ
  10. https://www.youtube.com/watch?v=HBKYKYtL6Xk

Todo es tóxico

Original Jamón Serrano

Existe otro caso que evidencia la separación entre ciencia y medios de comunicación. Muchas veces la investigación es correcta, los controles son correctos, el científico lo comunica a los medios… y la noticia que sale no tiene nada que ver con el descubrimiento. Muchas veces la prensa da una versión alarmista o presenta como un bombazo algo que no lo es.

Para empezar. Un descubrimiento científico se publica en revistas científicas o se patenta. ¿Fácil no? Pues a veces el mecanismo de control más sencillo falla. Cuando un científico hace una rueda de prensa para comunicar un descubrimiento, sin publicación ni patente… está vendiendo una moto o busca autobombo. Grandes pufos de la ciencia como el motor de agua de la Universidad de Valencia, la fusión fría o que las ratas alimentadas con maíz transgénico sufrían cáncer, se presentaron en ruedas de prensa sin que nadie hubiera visto el artículo. Y muchas veces los artículos nunca salieron, o salieron y fueron retirados.

Vamos al segundo problema, el alarmismo. Por ejemplo, hagamos un experimento sencillo e imaginario. Cogemos a alguien y le damos 100 g de jamón serrano y evaluamos su salud. Al día siguiente le damos 200g, al siguiente 400g y así cada día vamos doblando la cantidad. Al principio todos los parámetros de salud salen normales, pero cuando las dosis se hacen altas vemos que el riñón y otros órganos empiezan a fallar. Al final el señor se muere. El científico publica cuál fue la última cantidad de jamón que el señor se tomó (casi 4 kg de una sentada) y se lo cuenta a la prensa. El titular es: “El jamón serrano es muy tóxico”.

¿Imaginario? Para cualquier sustancia se puede determinar su nivel de toxicidad haciendo experimentos similares al que he descrito, pero en animales. El parámetro más típico es el LD50 (delethal dose) que es la concentración que provoca que la mitad de los animales del experimento fallezcan. Y siembre hay un nivel a partir del cual una sustancia, la que sea, es tóxica.

Por ejemplo, el LD50 del agua es de 6 litros. Ahora que muchos ayuntamientos quieren prohibir el glifosato, cabría recordar que el de la cafeína o la aspirina es mucho más bajo. Es decir, necesitas menos dosis para morirte. Similar pasa con los compuestos cancerígenos. Existen ensayos para evaluar la capacidad de un compuesto para producir cáncer, y el resultado no es “sí” o “no”, sino una probabilidad de producir cáncer en un determinado espacio de tiempo. Por lo tanto, cuando se desató el pánico hace unos meses porque el jamón y la mortadela eran cancerígenas, cabría recordar que lo importante no es que lo sean, sino en qué magnitud. Y su magnitud es bastante baja. De hecho, el sujeto imaginario del experimento anterior no se muere de cáncer sino atiborrado de jamón.

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Artículo completo en: Errores medios de comunicación y ciencia

Reflexión navideña: el pavo inductivista


Photo credit: L.Marcio_Ramalho via Visual Hunt / CC BY

Puede que quizás este no sea en principio ni el momento ni el lugar adecuado, por ser esta época navideña un lugar lleno de excesos alimentarios y sociales, poco propenso al pensamiento crítico y demasiado proclive a poner en paréntesis (cuando no a anular) la mente racionalista, crítica y analítica que defendemos desde CyD, pero también puede ser un buen momento para la reflexión (y una forma de mantener las neuronas activas) a pesar de esa plétora de carnes, dulces y alcoholes varios tan habituales en estas bacanales lúdico-gastronómico-festivas que muchas veces nos anulan tanto el cuerpo como la mente.

Imaginemos un pavo que en la primera mañana que recuerda en una granja avícola recibió su comida a las nueve de la mañana. Sin embargo, al tratarse de un pavo racionalista no sacó conclusiones precipitadas, sino que como buen inductivista esperó hasta tener un mayor número de observaciones. Así, todos y cada uno de los días sucesivos encontró que la comida aparecía a las nueve en punto de la mañana.

Aún así, lejos de dejarse llevar por la precipitación (y las ganas de publicar un buen “paper” científico) nuestro pavo racionalista siguió acumulando múltiples observaciones en una gran variedad de circunstancias: en distintos días de la semana, del mes, incluso en distintas estaciones del año hasta que animado por ese largo conjunto de observaciones empíricas tan trabajosamente obtenidas llegó a la muy sólida conclusión de que pase lo que pase, y ocurra lo que ocurra, la comida “siempre aparece a las nueve de la mañana”.

Sin embargo, la víspera del día de Navidad (en vez de aparecer la comida) le cortaron el cuello y le sirvieron al día siguiente como plato central de la comida de Navidad, demostrándose así la falsedad de su muy empírica e inductivista conclusión.

Y para aquellos que no pueden (o podemos) dejar de pensar racionalmente dejo abierta la siguiente pregunta ¿esta analogía de Bertrand Russell puede ser aplicada o no al conocimiento científico?

Licencia Creative Commons

Fuente: La Ciencia y sus Demonios

Mitos que creemos y usamos al cocinar carne

Para los amigos de la carne......Están invitados *-*

En los programas de cocina de la TV es muy rara la vez que el cocinero de turno no dice alguna barbaridad. Entiendo que están ahí solos delante de la cámara y que hay que rellenar programa, pero es que a veces se vienen arriba y acaban siendo dietistas, cardiólogos, ingenieros, pediatras y hasta alguno comentarista político.

Cosas que sin ser ciertas han repetido hasta convertirlas en “cultura general”. Hablemos de carne: Ese alimento tan de moda!!

En el libro “The Science of Good Food: The Ultimate Reference on How Cooking Works” se analizan este tipo de mitos o creencias, explicando los factores físicos o químicos que, en realidad suceden.

Mito 1: Sella la carne para que no se pierdan sus jugos

Mito 2: Mientras cocinas un filete lo mejor es darle pocas vueltas

Mito 3: Carne poco hecha o carne con sangre

Mito 4: La carne de pollo o cerdo poco hecho no es sana ni saludable

Mito 5: Lava el pollo antes de cocinarlo.

Mito 6: La grasa hace más jugosa la carne.

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Carne roja, cáncer y glifosato

Toca Comer. Carne roja, cáncer y glifosato. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Si alguna noticia ha ocupado espacio mediático esta semana, sin duda, ha sido la nota de prensa de la IARC en la cual anuncia que ha decido clasificar a la carne procesada (esto implica fiambre, embutido, hamburguesas y salchichas) en la categoría 1, es decir, que tenemos evidencia sólida de que produce cáncer y la carne roja (cerdo, ternera, cordero y caballo) como 2A o probable carcinógeno, aunque no hay datos sólidos.

Parece ser que todo el mundo se ha llevado las manos a la cabeza con este tema y durante los próximas días el consumo de este tipo de carne igual se resiente, como mínimo hasta el viernes, día en el que las cadenas de comida rápida de los centros comerciales volverán a tener colas de clientes consumiendo productos 1 y 2A.

¿Tenemos que asustarnos? Depende. ¿La IARC ha dicho algo que no supiéramos? A ver. Pirámide nutricional española. En la cima de la pirámide aparecen las carnes grasas y procesadas.

  • Año 2005, estrategia NAOS para prevenir la obesidad infantil: Se desaconseja el consumo de carnes grasas.
  • Año 2013, publicación el Libro blanco de la nutrición en España, la dieta en España es en general buena, aunque demasiada sal y demasiada grasa, insiste en desaconsejar las carnes grasas y procesadas.

La recomendación en vigor es de un máximo de 50 gramos al día o de dos raciones a la semana. La relación entre cáncer colorrectal y consumo de carne roja era conocida desde hace tiempo. Parece que la IARC acaba de inventar la sopa de ajo. Por cierto, ¿la principal preocupación de alguien que tenga una dieta en carne procesada es el cáncer? Pues no. Posiblemente antes que un cáncer colorrectal tendría que preocuparse por la obesidad y sus consecuencias: diabetes y accidentes cadiovasculares. La carne grasa engorda tapona las arterias, y esto es malo. Venga, decidme que no lo sabíais la semana pasada, que no me lo creo.

Ampliar en: SABEMOS Digital

Lavado de pollos en KFC

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Me imagino que la mayoría de vosotros conoceréis la cadena de comida rápida de KFC (Kentucky Fried Chicken), bien porque habéis ido a comer algún día, o porque habéis visto en alguna película o serie de televisión sus característicos «cubos» de trozos de pollo.

Pues hoy, os mostramos un vídeo donde podéis ver a unos empleados de KFC, en Braamfontein, pillados infraganti mientras «trabajaban», y ya veréis de qué modo, en su establecimiento.

Resulta que estos empleados han sido grabados fortuitamente mientras llevaban a cabo la limpieza de los pollos que se sirven en el establecimientos, que es el menú básico de esta cadena de restaurantes de comida rápida.

Os dejamos el vídeo para que le echéis un vistazo.

Resulta que en la grabación, llevada a cabo por un vecino del edificio de apartamentos de la zona, se muestra a estos dos hombres lavando los pollos a «manguerazo limpio» mientras los tiran al suelo.

La grabación se ha extendido rápidamente, lo que ha llevado al cierre de ese establecimiento, en concreto y al despido de estos dos empleados cazados infraganti.

Además, debido al escándalo que ha levantado la multidifusión del vídeo, los administradores se han disculpado a través de las redes sociales y han asegurado que se está investigando el incidente ya que ellos no eran conscientes de este tipo de prácticas, asegurando que para la filial de KFC la calidad de sus productos es primordial.

¿Qué sucede en nuestro cuerpo después de tomar un Big Mac?

La Big Mac es uno de esos platos de comida rápida que no necesita presentación, ya que se trata del plato estrella de una importante compañía alimentaria de comida rápida (lo llamamos “comida” por llamarle de alguna forma). Dicho “plato” contiene la friolera de 540 calorías en total, donde 25 g son grasa, sin contar patatas fritas ni refresco asociado, lo que representaría una cuarta parte de las calorías necesarias para un individuo medio y más del 40% de la grasa total diaria recomendada; junto a los nada desdeñables 940 miligramos de sal (lo recomendado son 1.500 mg diarios, y casi los cumplimos de un bocado).

Toca Comer. ¿Qué sucede en nuestro cuerpo después de tomar un Big Mac?. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Fuente en español: Medciencia