La eritrulosa, primer azúcar detectado en el medio interestelar, endulza la búsqueda del origen de la vida

La búsqueda de moléculas complejas en el cosmos ha dado un paso trascendental con la identificación de la eritrulosa en el medio interestelar. Este descubrimiento representa un hito en la astroquímica, pues se trata del primer azúcar propiamente dicho detectado más allá de nuestro planeta, abriendo nuevas perspectivas sobre el origen de las moléculas fundamentales para la vida y su distribución en el universo.

¿Qué es la eritrulosa?

La eritrulosa es un monosacárido, es decir, un azúcar simple compuesto por cuatro átomos de carbono (una tetrosa) que pertenece al grupo de las cetosas debido a la presencia de un grupo funcional cetona en su estructura molecular. Su fórmula química es C₄H₈O₄, y en la Tierra se conoce principalmente por su uso en productos cosméticos, especialmente en los autobronceadores, donde reacciona con las proteínas de la piel para producir un tono dorado sin exposición solar.

Sin embargo, más allá de sus aplicaciones terrestres, la eritrulosa posee un enorme valor científico. Los azúcares como este son componentes esenciales de biomoléculas fundamentales, incluyendo los ácidos nucleicos que forman el ADN y el ARN. Encontrar este tipo de compuestos en el espacio sugiere que los ladrillos básicos de la química de la vida podrían formarse en ambientes cósmicos mucho antes de la aparición de planetas habitables.

El contexto del descubrimiento

Durante décadas, los astrónomos y químicos han rastreado las nubes moleculares del espacio interestelar en busca de compuestos orgánicos cada vez más complejos. Estas regiones frías y densas, formadas por gas y polvo, constituyen auténticos laboratorios naturales donde se sintetizan moléculas gracias a procesos físicos y químicos que operan a temperaturas extremadamente bajas.

Anteriormente se habían detectado moléculas relacionadas con los azúcares, como el glicolaldehído, considerado el azúcar más simple, y otros compuestos precursores. No obstante, la eritrulosa marca una diferencia cualitativa: es un azúcar completo, con la estructura característica de los monosacáridos que participan en los procesos biológicos. Su identificación confirma que la química prebiótica en el espacio es más rica y avanzada de lo que se pensaba.

Cómo se identifican las moléculas en el espacio

La detección de moléculas interestelares se realiza mediante la espectroscopía, una técnica que analiza la radiación electromagnética emitida o absorbida por las sustancias. Cada molécula posee una «huella dactilar» espectral única, determinada por sus modos de rotación y vibración. Cuando la luz de las estrellas o la radiación de fondo atraviesa las nubes moleculares, ciertas frecuencias son absorbidas o emitidas de manera característica.

Los radiotelescopios más avanzados del mundo, capaces de captar señales en el rango de las microondas y las ondas de radio, permiten identificar estas firmas espectrales. Para confirmar la presencia de la eritrulosa, los investigadores debieron comparar los datos obtenidos del espacio con espectros de referencia obtenidos en laboratorios terrestres, un proceso meticuloso que requiere gran precisión para evitar confusiones con otras moléculas.

Implicaciones para el origen de la vida

El hallazgo de la eritrulosa tiene profundas implicaciones para una de las preguntas más fascinantes de la ciencia: ¿cómo surgió la vida? La teoría de la panspermia molecular sostiene que muchos de los compuestos orgánicos necesarios para la vida no se formaron exclusivamente en la Tierra primitiva, sino que llegaron a nuestro planeta a través de cometas, asteroides y meteoritos que transportaban material orgánico sintetizado en el espacio.

La presencia de azúcares en el medio interestelar refuerza esta hipótesis. Si moléculas tan complejas como la eritrulosa pueden formarse en las condiciones aparentemente hostiles del espacio, entonces la materia prima para la vida podría estar ampliamente distribuida por toda la galaxia. Esto aumenta significativamente la probabilidad de que existan condiciones favorables para la aparición de la vida en otros mundos.

Además, comprender cómo se sintetizan estos compuestos en el espacio ayuda a los científicos a reconstruir la cadena de eventos químicos que precedieron a la biología. Los azúcares son fundamentales no solo por su papel estructural en los ácidos nucleicos, sino también como fuente de energía en los organismos vivos.

Los desafíos técnicos y futuros

La identificación de la eritrulosa no estuvo exenta de dificultades. Las moléculas complejas presentan espectros igualmente complejos, con numerosas líneas espectrales que pueden solaparse con las de otros compuestos. Distinguir una molécula específica requiere no solo instrumentos de gran sensibilidad, sino también un profundo conocimiento teórico de su comportamiento espectroscópico.

Este descubrimiento abre la puerta a la búsqueda de moléculas aún más complejas, incluyendo posiblemente aminoácidos u otros compuestos directamente relacionados con la vida. Los futuros observatorios y misiones espaciales, junto con el desarrollo de técnicas de análisis más sofisticadas, permitirán ampliar el catálogo de moléculas interestelares y profundizar en nuestra comprensión de la química cósmica.

Conclusión

La detección de la eritrulosa como primer azúcar identificado en el medio interestelar constituye un logro extraordinario que conecta la astronomía, la química y la biología. Este hallazgo no solo enriquece nuestro conocimiento sobre la complejidad química del universo, sino que también aporta pruebas valiosas a la teoría de que los componentes esenciales para la vida pueden originarse en el espacio.

A medida que la tecnología avanza y nuestros instrumentos se vuelven más precisos, es probable que sigamos descubriendo moléculas cada vez más complejas en los rincones más distantes del cosmos. Cada uno de estos hallazgos nos acerca un poco más a responder las grandes preguntas sobre nuestro origen y sobre la posibilidad de que no estemos solos en el universo.

Generado por Claude opus 4.8 thinking

De blando a firme: la ciencia que explica por qué la patata se cuece y el huevo se cuaja

Todos lo hemos hecho alguna vez: ponemos una olla con agua al fuego, echamos dentro unas papas peladas y, unos minutos después, añadimos unos huevos con cuidado para que no se rompan. Al final de la cocción, sacamos las papas tiernas, casi se deshacen al pincharlas con un tenedor, y los huevos con la cáscara intacta pero cuyo interior ha pasado de ser un líquido viscoso a una masa firme y comestible.

En apariencia, ambos han estado sometidos exactamente a las mismas condiciones: la misma agua, la misma temperatura y el mismo tiempo de cocción. Sin embargo, el resultado es radicalmente opuesto. La papa se ha ablandado; el huevo se ha endurecido. ¿Cómo es posible que dos alimentos reaccionen de manera tan distinta ante el mismo estímulo?

La respuesta no está en la olla, ni en el agua, ni siquiera en el tiempo, sino en la propia composición química de cada alimento. Mientras que en la papa predomina el almidón, en el huevo lo hacen las proteínas. Y cada una de estas moléculas responde al calor de una forma completamente diferente. En la papa ocurre la gelatinización del almidón; en el huevo, la desnaturalización y la coagulación de sus proteínas. Dos procesos distintos que explican, con precisión, por qué uno se vuelve blando y el otro se vuelve sólido.

La papa: cuando el almidón se despierta

La papa (Solanum tuberosum) es, en esencia, un órgano de reserva subterráneo. Su función biológica es almacenar energía para la planta, y lo hace principalmente en forma de almidón. Este almidón no se encuentra disuelto, sino empaquetado en diminutos gránulos microscópicos, cada uno de ellos con una estructura semicristalina muy ordenada. Estos gránulos son los responsables, en buena medida, de la textura firme y crujiente que tiene una papa cruda.

Cuando sumergimos la papa en agua fría, apenas ocurre nada: los gránulos de almidón permanecen intactos. Pero en cuanto calentamos el agua, la historia cambia. A medida que la temperatura asciende, el agua comienza a penetrar lentamente en los gránulos de almidón. Este proceso se acelera notablemente cuando el agua alcanza los 60 °C aproximadamente, aunque la gelatinización completa suele producirse entre los 60 °C y los 80 °C, dependiendo de la variedad de la papa.

Este fenómeno recibe el nombre de gelatinización del almidón. Durante la misma, los gránulos absorben grandes cantidades de agua y se hinchan de manera considerable: pueden llegar a multiplicar varias veces su tamaño original. A medida que se hinchan, las regiones cristalinas ordenadas que formaban su estructura interna comienzan a desorganizarse. Las largas cadenas de amilosa y amilopectina (los dos componentes principales del almidón) se separan y se dispersan en el agua que ha penetrado en el gránulo. El resultado es que el gránulo pierde su rigidez y, finalmente, acaba por romperse parcialmente, liberando parte de esas moléculas al medio.

Este cambio estructural es el que transforma por completo la textura de la papa. Lo que antes era firme y compacta se vuelve blanda, tierna y fácil de masticar. El hinchamiento de los gránulos y la liberación de las moléculas de almidón crean una especie de red que retiene agua, lo que confiere a la papa cocida esa suavidad característica. Además, este proceso es el que permite que una patata pase de ofrecer resistencia al tenedor a desmenuzarse con apenas una ligera presión.

La gelatinización no solo afecta a la textura, sino también a otras propiedades: la papa cocida se vuelve más digerible, ya que el calor desestructura los gránulos haciéndolos más accesibles a nuestras enzimas digestivas. También explica por qué, si cocemos papas en exceso, acaban deshaciéndose por completo: los gránulos se han hinchado tanto que han perdido toda su integridad.

El huevo: cuando las proteínas se deshacen para volverse sólidas

Muy distinto es el caso del huevo. A diferencia de la papa, el huevo está compuesto casi en su totalidad por agua y proteínas, con muy poca cantidad de hidratos de carbono. La clara es fundamentalmente una solución acuosa rica en proteínas como la ovoalbúmina, la ovotransferrina o la lisozima; la yema, por su parte, contiene también proteínas, además de grasas y otros nutrientes. En estado crudo, tanto la clara como la yema se presentan como líquidos viscosos, transparentes o amarillentos, debido a que esas proteínas se encuentran en su forma nativa: plegadas de manera precisa y dispersas en el agua.

Cuando sometemos el huevo al calor, estas proteínas comienzan a experimentar dos procesos consecutivos: la desnaturalización y la coagulación.

El primero de ellos, la desnaturalización, ocurre cuando el calor (o, en otros casos, ciertos ácidos o agitaciones) altera las débiles interacciones que mantienen la proteína plegada en su estructura tridimensional. A medida que la temperatura aumenta, las moléculas de proteína absorben energía y comienzan a desplegarse, perdiendo su forma original. Este proceso no implica romper los enlaces químicos que forman la cadena de aminoácidos, sino únicamente deshacer el plegamiento que les confiere su funcionalidad biológica. En términos prácticos, la proteína pasa de estar «ordenada» a encontrarse desplegada y mucho más expuesta.

Este despliegue, sin embargo, es solo el primer paso. Una vez que las proteínas se han desnaturalizado y sus cadenas se encuentran extendidas, muchas de ellas empiezan a interaccionar entre sí. Los grupos hidrófobos que antes estaban ocultos en el interior de la proteína quedan ahora expuestos y tienden a unirse con los de otras proteínas cercanas. También se forman nuevos enlaces, como puentes de hidrógeno o, en algunos casos, enlaces disulfuro. Este proceso de agregación recibe el nombre de coagulación.

El resultado es la formación de una red tridimensional irregular en la que las proteínas quedan entrelazadas y atrapan el agua que antes las rodeaba. A medida que esta red se hace más densa, el líquido inicial se vuelve cada vez más viscoso hasta que, finalmente, se solidifica por completo. Así es como la clara transparente pasa a ser blanca y opaca, y cómo la yema líquida se transforma en una masa cremosa o firme, según el tiempo y la temperatura de cocción.

Este proceso no ocurre de manera instantánea ni a una única temperatura. La clara comienza a coagular alrededor de los 60 °C, mientras que la yema lo hace a temperaturas ligeramente superiores, aproximadamente entre 65 °C y 70 °C. Por eso es posible cocinar un huevo con la yema blanda y la clara completamente cuajada: basta con controlar el tiempo de exposición al calor. Si se sobrepasa el tiempo o la temperatura, la red proteica se compacta en exceso y expulsa parte del agua atrapada, lo que da lugar al característico aspecto reseco y a veces gomoso del huevo demasiado cocido.

Dos procesos, una misma fuente de calor

La comparación entre ambos alimentos resulta reveladora. En la misma olla, el agua hierve a 100 °C, pero los cambios comienzan mucho antes. Para la papa, la gelatinización se inicia en torno a los 60 °C y se desarrolla a lo largo de la cocción hasta que los gránulos se han hinchado lo suficiente como para ablandar el tubérculo. Para el huevo, la desnaturalización y coagulación también comienzan cerca de los 60 °C, pero el efecto es justamente el contrario: la estructura se vuelve más firme.

La diferencia clave radica, por tanto, en la naturaleza de las moléculas implicadas. El almidón es un polisacárido, es decir, una larga cadena de azúcares. Su respuesta al calor en presencia de agua es la hidratación y el hinchamiento: absorbe líquido y pierde su orden cristalino. El resultado es una textura más blanda y húmeda.

Las proteínas, en cambio, son macromoléculas mucho más complejas, formadas por cadenas de aminoácidos plegadas en estructuras tridimensionales específicas. El calor deshace ese plegamiento y provoca que las moléculas se unan entre sí, formando una red sólida que retiene agua, pero que en conjunto ofrece mucha más resistencia. De ahí que el alimento pase de líquido a sólido.

Otro aspecto diferenciador es el papel del agua. En la papa, el agua es el agente que permite la gelatinización: los gránulos necesitan absorberla para hincharse. Por eso cocemos la papa sumergida en agua. En el huevo, en cambio, el agua ya está presente en su interior (la clara contiene alrededor de un 90 % de agua), y el calor simplemente provoca que las proteínas la inmovilicen dentro de la red coagulada. No necesita absorber más agua, sino reorganizar la que ya tiene.

También resulta interesante observar el grado de reversibilidad. La gelatinización del almidón es, en cierta medida, un proceso que puede modificarse: si enfriamos una papa cocida, parte del almidón puede retrogradar, es decir, volver a ordenarse parcialmente, lo que explica por qué las patatas frías de una ensalada tienen una textura algo más firme que recién cocidas. En cambio, la coagulación de las proteínas del huevo es prácticamente irreversible. Una vez que el huevo se ha cuajado, no podemos devolverlo a su estado líquido original por mucho que lo enfriemos.

Más allá de la olla: implicaciones culinarias

Comprender estos dos procesos no es solo un ejercicio de química, sino también una herramienta fundamental en la cocina. Saber que la papa necesita tiempo y una temperatura suficiente para que el almidón gelatinice nos permite cocinarla hasta el punto justo de ternura, sin deshacerla antes de tiempo. Por otro lado, conocer las temperaturas de coagulación del huevo nos permite dominar técnicas tan diversas como los huevos escalfados, los pochados, las tortillas jugosas o las natillas suaves, evitando que se cuajen en exceso y adquieran una textura desagradable.

Esta dualidad también explica por qué existen recetas que combinan ambos ingredientes en momentos distintos. Por ejemplo, en un guiso de patatas con huevo cocido, primero se cuecen las papas hasta ablandarlas y, posteriormente, se añaden los huevos ya cocidos o se cuecen por separado. Si los añadiéramos juntos desde el principio, las papas tardarían más en estar listas y los huevos correrían el riesgo de pasarse.

Del mismo modo, en preparaciones como los huevos al horno con patatas, se suelen cocinar las patatas previamente para asegurar su suavidad, mientras que los huevos se añaden al final para que cuajen justo en el momento de servir.

Incluso en la cocina científica o la repostería, estos principios se aplican constantemente. Desde la elaboración de salsas que incluyen féculas hasta la preparación de cremas a base de huevo, controlar la temperatura es esencial para obtener la textura deseada.

Una lección de química en cada plato

Lo que ocurre en esa sencilla olla es mucho más que una cocción: es una demostración palpable de cómo distintas moléculas responden al calor. La papa y el huevo, dos alimentos cotidianos, nos ofrecen una lección magistral de bioquímica aplicada a la gastronomía.

Mientras uno se rinde al agua y al calor, ablandándose desde dentro gracias al hinchamiento de sus gránulos de almidón, el otro se transforma en lo opuesto: sus proteínas se despliegan, se entrelazan y construyen una estructura firme que lo sostiene.

Esta oposición no es contradictoria, sino complementaria. Nos recuerda que la cocina es, en gran medida, ciencia: comprender los procesos que tienen lugar en nuestros fogones nos permite no solo cocinar mejor, sino también apreciar con mayor profundidad lo que comemos.

Así que la próxima vez que cocines papas y huevos en la misma olla, tómate un instante para observarlos. No es magia, es química. Y precisamente por eso resulta tan fascinante.

Fuente imagen: El mundo de Carl Sagan

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El enemigo invisible en nuestro plato: El arsénico inorgánico y el plomo lideran las muertes por sustancias químicas según la OMS

    El suministro mundial de alimentos se enfrenta a un desafío de proporciones epidémicas, aunque de naturaleza silenciosa. Históricamente, cuando pensamos en enfermedades transmitidas por los alimentos, nuestra mente suele evocar imágenes de patógenos biológicos como bacterias (por ejemplo, Salmonella o E. coli), virus y parásitos que causan estragos gastrointestinales agudos e inmediatos. Sin embargo, las últimas estimaciones sobre enfermedades transmitidas por los alimentos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicadas a lo largo de este año 2026, han arrojado luz sobre una amenaza mucho más insidiosa, crónica y letal que se esconde a simple vista en nuestra dieta diaria: los contaminantes químicos.

    Según el informe más reciente de la OMS, las enfermedades de origen alimentario representan una carga asombrosa para la salud pública mundial. Las cifras actualizadas revelan que, cada año, aproximadamente 866 millones de personas —lo que equivale a casi una de cada nueve personas a nivel global— enferman tras consumir alimentos contaminados. Esta crisis de salud pública resulta en la trágica pérdida de 1,52 millones de vidas anualmente y cuesta alrededor de 57,1 millones de años de vida ajustados por discapacidad (AVAD o DALYs por sus siglas en inglés). Si bien los patógenos biológicos continúan siendo una preocupación de primer orden, el nuevo reporte destaca un hallazgo alarmante: el arsénico inorgánico y el plomo han encabezado la lista de las sustancias químicas de origen alimentario que más amenazan el suministro mundial de alimentos.

    El Arsénico Inorgánico y el Plomo: A la Cabeza de la Amenaza Química El descubrimiento más impactante de las nuevas estimaciones no es únicamente la omnipresencia de estos compuestos químicos, sino su impacto profundo y devastador en la mortalidad global a largo plazo. A diferencia de los aditivos artificiales o los conservantes, el arsénico inorgánico y el plomo no se añaden intencionalmente a nuestros platos; son contaminantes ambientales formidables que se infiltran insidiosamente en la cadena alimentaria a través de la contaminación del agua, la degradación del suelo y diversas prácticas industriales y agrícolas.

    Su posición en la cima de la lista de peligros químicos transmitidos por los alimentos subraya un desafío sistémico en el control de la contaminación ambiental en relación con la agricultura y la producción de alimentos. A diferencia de las toxinas biológicas que, en muchos casos, pueden ser neutralizadas mediante métodos de pasteurización o una cocción adecuada, estos metales pesados y metaloides no se degradan con el calor ni con los procesos culinarios estándar. Una vez que ingresan a la cadena alimentaria —ya sea a través de cultivos que absorben activamente arsénico del suelo y del agua de riego, o mediante ganado y vegetales expuestos a residuos de plomo— permanecen en los alimentos. Posteriormente, tras un consumo crónico y repetido, se acumulan en el tejido del cuerpo humano a lo largo de los años.

    El Nexo Fatal: Enfermedades Cardiovasculares El aspecto más revelador, y quizás el más sombrío del informe de la OMS, es la conexión directa y cuantificada entre estos dos químicos y la mortalidad cardiovascular. Según los datos desglosados en el documento, las enfermedades cardiovasculares relacionadas con la exposición al arsénico inorgánico y al plomo causaron casi el 90 % de todas las muertes atribuidas a sustancias químicas transmitidas por los alimentos.

    Esta estadística es asombrosa y cambia radicalmente el paradigma de cómo la comunidad médica y científica evalúa el riesgo de las patologías transmitidas por la ingesta de alimentos. Tradicionalmente, la toxicidad del arsénico se ha asociado de manera predominante con diferentes tipos de cáncer (especialmente de piel, pulmón y vejiga) y lesiones dérmicas irreversibles. Por su parte, el plomo ha sido temido y regulado principalmente por sus efectos neurotóxicos devastadores, en especial por su capacidad para obstaculizar el desarrollo cognitivo en la población infantil. Sin embargo, la evidencia epidemiológica y toxicológica contemporánea demuestra que el corazón y todo el sistema circulatorio son las víctimas más letales de la exposición dietética crónica a estos elementos.

    A nivel fisiológico, tanto el plomo como el arsénico inorgánico provocan graves daños endoteliales, promueven el estrés oxidativo a nivel celular y desencadenan respuestas inflamatorias sistémicas. Estos procesos aceleran el desarrollo de la aterosclerosis, incrementan la rigidez arterial y elevan significativamente la presión arterial. Con el tiempo, este cuadro clínico culmina en un riesgo drásticamente mayor de sufrir cardiopatías isquémicas, infartos agudos de miocardio y accidentes cerebrovasculares. El hecho de que casi el 90 % de la mortalidad química de origen alimentario se derive de este tipo de complicaciones significa que un porcentaje importante de las afecciones cardíacas a nivel global podrían estar directamente ligadas a fallas sistémicas en la seguridad alimentaria que hasta ahora pasaban desapercibidas.

    El Arsénico Inorgánico en la Dieta Global El arsénico es un metaloide ubicuo de origen natural, pero diversas actividades humanas, como la minería, la fundición y el uso histórico de ciertos pesticidas, han exacerbado enormemente su biodisponibilidad en el medio ambiente. La forma inorgánica del arsénico (conocida como iAs) es considerablemente más tóxica que sus variantes orgánicas.

    El principal problema de seguridad alimentaria en relación con este metaloide radica en los cereales de consumo masivo, con un énfasis crítico en el arroz. Este grano es el pilar nutricional para más de la mitad de la población mundial; no obstante, su biología botánica única lo hace excepcionalmente eficiente en la absorción de arsénico del agua inundada presente en los arrozales. En diversas regiones, particularmente en partes de Asia donde el consumo diario de arroz es sumamente elevado, la ingesta de arsénico inorgánico alcanza niveles que suscitan gran preocupación en la salud pública. Diversos estudios toxicológicos recientes han abogado por la urgente necesidad de establecer Valores de Referencia Toxicológica (TRV, por sus siglas en inglés) mucho más bajos y estrictos, fundamentados específicamente en la prevención de la incidencia y mortalidad de las enfermedades cardiovasculares, y no únicamente en la prevención oncológica.

    El Plomo: Un Enemigo Constante y Silencioso Por otro lado, el plomo es un metal pesado altamente tóxico cuya dispersión medioambiental fue impulsada de forma dramática durante el siglo pasado por su uso generalizado en combustibles, pinturas y redes de tuberías. Aunque gran parte de estas fuentes directas han sido objeto de estrictas regulaciones o prohibiciones totales en la mayoría de los países, el plomo persiste obstinadamente en los suelos y sistemas hídricos, negándose a desaparecer de nuestro entorno.

    El plomo penetra en nuestro suministro de alimentos a través de la absorción agrícola por parte de las plantas cultivadas en suelos contaminados, pero también mediante la contaminación cruzada durante el procesamiento, envasado y transporte de los productos alimenticios. Las infraestructuras de agua envejecidas con tuberías de plomo, el uso de utensilios de cocina o cerámicas esmaltadas de baja calidad y la exposición de los cultivos a la deposición atmosférica industrial continúan siendo vías de contaminación activas. En los adultos, la exposición crónica a dosis aparentemente bajas de plomo a través de la dieta diaria se ha vinculado innegablemente con la hipertensión, la cual es el factor de riesgo número uno a nivel mundial para los eventos cardiovasculares adversos.

    El Impacto Global y las Poblaciones Más Vulnerables Aunque el impacto de estos contaminantes químicos es de alcance verdaderamente global, la carga de la enfermedad no se distribuye de forma equitativa. Los niños menores de 5 años son un grupo demográfico especialmente vulnerable, soportando casi un tercio de todos los casos de enfermedades transmitidas por alimentos a nivel mundial. Aunque los efectos cardiovasculares letales del arsénico y el plomo suelen manifestarse plenamente en la edad adulta, el daño fisiológico a los vasos sanguíneos y la acumulación tóxica en los tejidos comienzan desde la primera infancia.

    Además, los países en vías de desarrollo sufren una carga de morbilidad desproporcionada. Las naciones con infraestructuras agrícolas menos monitoreadas, normativas ambientales laxas y una alta dependencia de aguas subterráneas no tratadas para el riego agrícola enfrentan los desafíos más severos. Sin embargo, en el actual sistema alimentario hiperglobalizado, donde las materias primas y los productos terminados cruzan fronteras de forma continua, ninguna nación es verdaderamente inmune a la importación inadvertida de alimentos que contengan trazas de estos químicos.

    Conclusión: Un Llamado a la Acción Urgente Las estimaciones sobre enfermedades transmitidas por los alimentos de la OMS publicadas en 2026 representan una advertencia ineludible para los gobiernos, las autoridades reguladoras de todo el mundo y la industria alimentaria internacional. El hecho de que el arsénico inorgánico y el plomo estén detrás de casi el 90 % de las muertes provocadas por químicos alimentarios, canalizando su letalidad principalmente a través del daño cardiovascular, exige una profunda y urgente reestructuración de nuestras prioridades en materia de salud pública y nutrición.

    Es absolutamente imprescindible que la comunidad internacional incremente la inversión en sistemas de vigilancia epidemiológica y controles alimentarios más sofisticados. Se requieren normativas globales armonizadas que establezcan límites máximos permitidos mucho más rigurosos para la presencia de estos metales en nuestros alimentos, basados empíricamente en la protección cardiovascular. Al mismo tiempo, se debe fomentar y financiar la innovación en prácticas agrícolas, biotecnología y procesos de manufactura que mitiguen la absorción de estos elementos en nuestra comida diaria.

    Las enfermedades de origen alimentario son, en gran medida, una tragedia prevenible. Enfrentar y neutralizar a estos «asesinos invisibles» es un paso esencial y urgente para salvaguardar el corazón de la humanidad, asegurando que los alimentos que llevamos a nuestra mesa sirvan para sustentar la vida en lugar de amenazarla silenciosamente.

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    La receta de una obra maestra: el panettone según la ciencia

    El panettone, emblema navideño italiano, no surge de la mera tradición, sino de un equilibrio preciso entre química, física y microbiología que transforma ingredientes simples en una miga esponjosa, aromática y duradera.elpuntocritico+2

    La red de gluten: el andamio elástico

    La base del panettone es una masa rica en harina de fuerza, con alto contenido proteico (12-14%) que forma redes de gluten durante el amasado. Esta proteína viscoelástica actúa como una malla que atrapa el dióxido de carbono (CO₂) generado por la fermentación, permitiendo que la masa triplique su volumen sin colapsar.selecciones+2

    El proceso hidrata los almidones y alinea las cadenas proteicas mediante estiramiento mecánico, creando una estructura flexible pero resistente. Sin esta red, común en panes sin gluten, el panettone perdería su alveolado irregular y elástica miga. La adición gradual de mantequilla y yemas en etapas posteriores lubrica la masa, enriqueciendo sabores y prolongando la frescura.heraldo+2

    Fermentación: microbiología viva en acción

    La magia comienza con masa madre o levadura fresca, comunidades de levaduras (Saccharomyces cerevisiae) y bacterias lácticas que convierten azúcares en CO₂, etanol y ácidos orgánicos durante 12-48 horas a temperaturas controladas (4-25°C). Estas fermentaciones largas desarrollan aromas complejos: vainillina natural, ésteres afrutados y notas ácidas que equilibran la dulzura.la100.cienradios+2

    La masa madre predigiere parcialmente el gluten y almidones, mejorando la digestibilidad y actuando como conservante natural gracias a su pH ácido (4-5). En versiones artesanales como las de seis fermentaciones, el proceso en agua afina la acidez, depura volátiles y genera una miga sedosa con alveolos amplios. Levaduras comerciales aceleran todo, pero producen texturas densas y sabores planos.nereazorokiaingarin+2

    Horneado: reacciones químicas en el clímax

    A 160-180°C durante 45-60 minutos, el horno activa la reacción de Maillard entre azúcares reductores y aminoácidos, dorando la corteza crujiente y liberando cientos de compuestos volátiles tostados (pirazinas, furanos). El vapor inicial expande las burbujas de gas, mientras la gelificación del almidón fija la estructura.selecciones+2

    El exceso de humedad del panettone (35-40%) evita la retrogradación del almidón, manteniendo la miga húmeda semanas. La fruta confitada (naranja, pasas) y vainilla se incorporan post-fermentación inicial para no inhibir microbios, aportando humedad y dulzor osmótico.eldiario+2

    El truco final: colgado boca abajo

    Tras horneado, el panettone se cuelga invertido 4-12 horas con monogramas metálicos. La gravedad fija el calor residual, estabilizando la miga alta (10-15 cm) y evitando colapso por enfriamiento desigual. Este paso físico previene la contracción de burbujas y sella aromas, esencial para su forma cilíndrica icónica.agenciasinc+2

    Ciencia vs. industria: la tradición bajo lupa

    Panettones industriales usan mejoradores químicos y fermentaciones cortas (2-4 horas), resultando en masas densas con aditivos para simular frescura. Los artesanales, como los premiados en concursos españoles, priorizan levadura madre 100% y procesos de 90-120 horas, logrando perfiles sensoriales superiores y sostenibilidad al reducir desperdicios.galparsorookindegia+2

    En resumen, el panettone ilustra cómo procesos bioquímicos —fermentación simbiótica, redes proteicas elásticas y transformaciones térmicas— convierten harina, huevos y fruta en una delicia perdurable. Replicarlo exige precisión científica tanto como paciencia, recordando que la mejor Navidad sabe a ciencia bien aplicada. (Palabras: 728)elpuntocritico+2

    1. https://www.elpuntocritico.com/vida-y-estilo/10-ciencia-a-tecnologia1/219703-explican-la-ciencia-detras-de-la-receta-del-panettone
    2. https://selecciones.com.mx/la-ciencia-detras-del-panettone-por-que-este-pan-navideno-es-una-obra-maestra/
    3. https://www.agenciasinc.es/Noticias/La-receta-de-una-obra-maestra-el-panettone-segun-la-ciencia
    4. https://la100.cienradios.com/curiosidades/como-hacer-un-panettonne-y-cual-es-el-truco-de-la-ciencia-para-que-salga-perfecto/
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    7. https://www.eldiario.es/madrid/somos/canal-empresas/primer-panettone-seis-fermentaciones-madura-agua-llega-madrid-navidad_1_12813849.html
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    20. https://es-us.noticias.yahoo.com/receta-obra-maestra-panettone-ciencia-015919902.html

    Bacterias de ácido láctico mejoran el sabor de los alimentos bajos en grasa

    Toca Comer. Bacterias de ácido láctico mejoran el sabor de los alimentos bajos en grasa. Marisol Collazos Soto, Rafael BarzanallanaLos resultados de una investigación realizada por el profesor Ashraf Hassan de la South Dakota State University (SDSU) pueden ayudar a mejorar el sabor de los productos bajos en grasa, que para muchos consumidores no es el mejor.

    El mejoramiento del sabor de estos productos puede conseguirse mediante el uso de una cepa de bacterias de ácido láctico que imita la grasa, que fue descubierta por el profesor Hassan.

    El profesor Hassan comentó que algunas bacterias producen polisacáridos que pueden contener cientos de moléculas de azúcar que están unidas entre sí, por lo que retienen cantidades importantes de agua.

    La cepa de bacterias de ácido láctico que el profesor Hassan descubrió produce polisacáridos que tienen una gran capacidad de retención de agua.

    Según el profesor Hassan, estas bacterias producen la misma sensación en la boca que la grasa porque aumentan la espesura y generan una textura suave.

    El polisacárido producido por esta cepa también mejora la funcionalidad de las proteínas recuperadas del suero al tiempo que minimiza el impacto negativo del calor sobre la proteína de leche durante el proceso de pasteurización, favoreciendo la conservación del valor nutricional de los alimentos.

    La mezcla del polisacárido con las proteínas no sólo puede secarse y añadirse a aderezos para ensaladas, mayonesas y carnes procesadas, sino que además contribuye a la reducción de los costes de fabricación.

    Fuente: ClubDarwin.NET

    La alimentación es química

    Toca Comer. La alimentación es química. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana¿Se imaginan a un tigre comiendo bellotas, o a una vaca comiendo carne? Hay animales herbívoros, hay carnívoros, y unos pocos somos omnívoros. El ser humano es omnívoro. Y la prueba se constata, además de la física digestiva, en los procesos químicos de la comida. Las dietas que impliquen conducta antinatural humana (por ejemplo el veganismo) son filosofías que unos idealistas se autoimponen por autosugestión de ideas de la new age, buscando únicamente argumentos que apoyen su ‘religión’ y obviando la Ciencia y, sobre todo, la Evolución que nos ha traído hasta la situación actual donde podemos elegir ir contra nuestro propio organismo, como hacen esas dietas supresoras de la cualidad humana esencial: ser omnívoro.

    La mejor ilustración de que la comida es química y no filosofía podríamos adquirirla leyendo todo el proceso de la digestión. Sirva este adelanto:

    La producción de los jugos digestivos.- Las glándulas digestivas que actúan primero son las glándulas salivares de la boca. La saliva que producen las glándulas contiene una enzima que comienza a digerir el almidón de los alimentos y lo transforma en moléculas más pequeñas. Una enzima es una sustancia que acelera las reacciones químicas en el cuerpo.

    El siguiente grupo de glándulas digestivas está en la membrana que tapiza el estómago. Éstas producen ácido y una enzima que digiere las proteínas. Una gruesa capa de moco tapiza la mucosa y evita que la acción acídica del jugo digestivo disuelva el tejido del estómago. En la mayoría de las personas, la mucosa estomacal puede resistir el jugo, a diferencia de los alimentos y de otros tejidos del cuerpo. Después de que el estómago vierte los alimentos y su jugo en el intestino delgado, los jugos de otros dos órganos se mezclan con los alimentos para continuar el proceso. Uno de esos órganos es el páncreas, cuyo jugo contiene un gran número de enzimas que descomponen los carbohidratos, las grasas y las proteínas de los alimentos. Otras enzimas que participan activamente en el proceso provienen de glándulas en la pared intestinal.

    El segundo órgano, el hígado, produce la bilis, otro jugo digestivo. La bilis se almacena en la vesícula biliar entre las comidas. Cuando comemos, la bilis sale de la vesícula por las vías biliares al intestino y se mezcla con las grasas de los alimentos. Los ácidos biliares disuelven las grasas en el contenido acuoso del intestino, casi del mismo modo que los detergentes disuelven la grasa de una sartén. Después de que las grasas se disuelven, las enzimas del páncreas y de la mucosa intestinal las digieren. (Informe completo aquí).

    Fuente: Misterios al descubierto

    Sensor para detectar leche descompuesta

    Toca Comer. Sensor leche descompuesta. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

    Especialistas del Centro de Investigación y Asistencia en Tecnología y Diseño del Estado de Jalisco (CIATEJ) desarrollan un biosensor que determine, en tiempo real, cuándo la leche no es apta para el consumo humano, y se espera que su uso sea industrial.

    Esta tecnología tiene dos componentes principales: un sistema de reconocimiento biológico y el segundo de transducción. El propósito del primero es detectar información bioquímica específica para que esta sea convertida en una señal eléctrica por el elemento de transducción.

    “Una de las características deseables en el biosensor es que tenga alta especificidad, es decir, la capacidad de detectar solo el compuesto de interés, aun cuando existan otros en la muestra”, detalló el doctor Enrique Jaime Herrera López, investigador del área de Biotecnología Industrial del CIATEJ. Añadió que con esta tecnología buscan detectar la presencia de enzimas que contribuyen a degradar las grasas de la leche.

    Debemos entender el término no apto para su consumo como una transformación de la leche en cuanto a su textura, aroma, sabor y color, afectando la calidad del producto. Comúnmente se asocia la fecha de caducidad en un envase de leche con el hecho de que el producto ya no es apto para el consumo humano; sin embargo, la fecha no necesariamente indica si el producto se ha descompuesto.

    El especialista del CIATEJ explica que la leche puede ponerse en mal estado incluso días antes de la fecha marcada de caducidad. Porque depende de la manipulación y condiciones de conservación del producto, y sugiere nuevas tecnologías que indiquen de manera confiable a los consumidores cuándo el producto ya no es apto para su consumo.

    El biosensor será útil para los productores, envasadores y distribuidores de leche, quienes de manera oportuna podrán detectar cuando el producto a comercializar es confiable para consumirlo.

    Y los consumidores tendrían una herramienta, el biosensor en el envase, que les ayude a saber si el producto es apto para consumo humano.

    En paralelo, el equipo de investigación del CIATEJ diseñará un biosensor para detectar en la leche bacterias patógenas que pudieran ocasionar enfermedades como la tuberculosis o brucelosis. Sin embargo, las aplicaciones de esta tecnología son potenciales ya que podría servir para la detección de otros alimentos contaminados por bacterias patógenas.

    Fuente: Alimentariaonline.com

    Las frutas y las verduras son a menudo causa de intoxicaciones alimentarias

    Toca Comer. Las frutas y las verduras son a menudo causa de intoxicaciones . Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

    Susanne Grossmann-Kühnau, del servicio de información y ayuda que opera en el Ministerio alemán de Alimentación, Agricultura y Protección al consumidor en Bonn, nos ofrece la siguiente explicación sobre las causas de intoxicación alimentaria en el mundo de las frutas y hortalizas:

    La intoxicación alimentaria producida por microorganismos es el mayor riesgo de la alimentación diaria. En este término, cabe distinguir entre infecciones e intoxicaciones. Cuando los microorganismos en la comida causan una enfermedad, es una infección alimentaria. Un ejemplo conocido puede ser la Salmonella. En otros casos, no son los microorganismos los que causan la enfermedad, sino las toxinas que excretan. En ese caso, es una intoxicación, que puede ser, por ejemplo, la causada por hongos productores de micotoxinas.Las frutas y las hortalizas, frescas o procesadas, son un factor en alza en las intoxicaciones alimentarias causadas por microbios. Esto es debido fundamentalmente a la extensión del comercio global, el aumento de las distancias de transporte desde el productor al consumidor, el creciente número de productos procesados y, a veces, los insuficientes estándares de higiene en la cocina.

    La bacteria de la salmonela, la bacteria EHEC y los virus se propagan a través de la fruta y las hortalizas frescas. Incluso una minúscula cantidad de esos microorganismos puede provocar una diarrea seria. Los productos preparados, como la fruta cortada y las ensaladas de lechugas pueden ser especialmente peligrosos, puesto que se les ha privado de su mecanismo natural de conservación al cortarlos.

    El calentamiento, un paso importante en la producción de zumo de frutas y conservas, lleva a la eliminación total de las bacterias anteriores. El uso de la presión es otra medida que se puede tomar para reducir la cantidad de gérmenes peligrosos.

    Sin embargo, en condiciones desfavorables, incluso en ausencia de aire, las trazas de la bacteria Clostridium botulinum pueden sobrevivir incluso en latas de fruta y hortalizas. Esta bacteria puede generar la toxina botulínica, que puede ser letal. Los controles rutinarios llevados a cabo por los productores y las organizaciones gubernamentales del área del control alimentario mantienen el riesgo de esta y otras intoxicaciones alimentarias bajo control.

    En cualquier caso, y como medida preventiva, el consumidor puede limpiar a conciencia las frutas y hortalizas frescas, consumir tan pronto como sea posible los productos cortados y tirar las latas de conserva si la tapa está hinchada o no suena al abrirla.

    Acrilamida y patatas fritas

    Toca Comer. Acrilamida y patatas fritas. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

    En el año 1997, las vacas de la península de Bjare en el suroeste de Suecia empezaron a manifestar síntomas de parálisis e, incluso, a morirse. Al mismo tiempo, sus preocupados dueños comprobaban que peces de distintas especies aparecían muertos en las aguas del mismo territorio. Todas las sospechas se dirigieron hacia la construcción del gigantesco túnel de Hallandsås, destinado al ferrocarril, todo un cúmulo de problemas desde su inicio, por el carácter poroso del terreno y en el que se habían producido muchas grietas que habían sido selladas con un producto denominado Rhoca-Gil, que se había demostrado que era el causante de que grandes cantidades de acrilamida se hubieran liberado al medio, contaminando tierras y aguas superficiales. Los propios trabajadores del túnel mostraban síntomas relacionados con la neurotoxicidad de la acrilamida. El asunto, sin embargo, tuvo una derivada imprevista que es la que vamos a relatar aquí.

    Una tal Dra.Törnqvist, del Departamento de Química Medioambiental de la Universidad de Estocolmo, fue la encargada de estudiar los niveles de contaminación de los trabajadores del túnel. Tal y como mandan los cánones sobre exposición ocupacional a una sustancia química, además de una población representativa de dichos trabajadores, se eligió otra de control con ciudadanos que no habían estado expuestos a los problemas del túnel.

    Y para sorpresa de los investigadores, se encontró que la sangre del grupo de control contenía también preocupantes niveles de acrilamida. A la vista de los resultados de dicho grupo, la hipótesis más razonable era que los citados niveles de acrilamida debieran provenir de la ingesta de la misma en la dieta. El resultado fue tan impactante que los datos estuvieron “congelados”, hasta su publicación en 2002 en la revista Journal of Agriculture and FoodChemistry.

    Hoy existe un amplio consenso según el cual la acrilamida surge como consecuencia de las reacciones de Maillard, una compleja familia de reacciones químicas que se dan a alta temperatura y que proporcionan el aroma, el sabor y el color de muchos de nuestros alimentos (por ejemplo, el de la carne a la plancha).

    En general, implican el concurso simultáneo de carbohidratos y aminoácidos, que se descomponen por acción del calor y generan una pléyade de moléculas nuevas que, a su vez, pueden reaccionar entre ellas. En el caso de las patatas fritas el carbohidrato es el almidón y el aminoácido la asparraguina. Uno de los subproductos finales de ese complicado proceso es la acrilamida de marras.

    La acrilamida, como ya se ha mencionado, es tenida por neurotóxica y, además, diversos estudios llevados a cabo con ratas de laboratorio han mostrado su carácter cancerígeno, lo que indujo a que, en 1994, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) la declarara como posible cancerígeno para humanos en el Grupo 2A. En los últimos años, y como consecuencia de la alarma creada tras las revelaciones de la Dra. Törnqvist, diversas agencias de Salud Alimentaria y otros organismos que velan por nuestra salud han tratado de establecer niveles de ingesta diaria que puedan resultar más o menos seguros para la población.

    Y es en este apartado en el que deben clarificarse los términos pues, en caso contrario, la alarma está asegurada.

    Artículo completo en: NAUKAS

    10000 años bebiendo alcohol

    Toca Comer. 10000 años bebiendo alcohol. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

    La historia del alcohol es la de las relaciones íntimas entre el ser humano y las levaduras, un flechazo que surgió hace millones de años y que sigue vigente en la actualidad. Aunque nos habría gustado ser las estrellas de esta historia, la verdad es que es la levadura la que se lleva verdaderamente todos los focos de atención.

    Hace 130 millones de años, las plantas con flores aparecieron en la era Cretácica, con una nueva fuente de alimentación disponible, un género de levadura conocido comoSaccharomyces evolucionó para alimentarse de ella y, en el proceso, adquirió una nuevo truco fisiológico. En lugar de utilizar su energía para romper el azúcar por completo, desarrolló la habilidad de descomponerlo parcialmente y emitir etanol como residuo, cuando los suministros de azúcar eran abundantes en agua y escasos de oxígeno.

    Este comportamiento hizo a estos hongos menos eficientes que sus antepasados, pero les aportó también una ventaja: el etanol mata a las bacterias que devoran la fruta, así que la levadura utiliza el alcohol para “matar” a su propia competencia.

    Desde sus inicios, la Saccharomyces se alimentó de frutas maduras, por lo que el olor a etanol podría haberse convertido en el símbolo de las frutas que están listas para comer.

    Sin embargo, Doug Levey, de la National Science Foundation en Arlington, Virginia, no cree en que todo empezara por el gusto de los primates por el etanol. “Después de todo”, argumenta, “un fruto que huele a alcohol ya está echándose a perder”.

    Según Robert Dudley, biólogo de la Universidad de California, nuestros antepasados le cogieron gusto al alcohol cuando aprendieron a hacerlo ellos mismos. La ingesta de licor provoca sentimientos que nos gustan; incluso nos ayuda a ser más benevolentes con los excesos.

    Historia completa del alcohol en: QUO

    Procedimiento que convierte en alimento plantas no comestibles

    Toca Comer. Procedimiento que convierte en alimento plantas no comestibles. Marisol Collazos Soto, Rafael BarzanallanaEl hallazgo, liderado por Y.H. Percival Zhang, profesor de la Facultad de ciencias agrícolas y de la Facultad de ingeniería del Virginia Tech (EE.UU.). El almidón es uno de los componentes más importantes de la dieta humana y proporciona entre un 20 y un 40% de nuestra ingesta calórica diaria, y Zhang ha logrado generar con este método un tipo de almidón llamado amilosa, que actúa como una buena fuente de fibra dietética. Con este nuevo método, aproximadamente un 30% de la celulosa de material vegetal no alimenticio (como rastrojo del maíz) puede ser transformado en amilosa.

    El método implica cascadas enzimáticas (reacciones químicas en las que los productos de una reacción se consumen en la siguiente reacción). Ha sido bautizado como biotransformación enzimática simultánea y fermentación microbiana (simultaneous enzymatic biotransformation and microbial fermentation).

    Los resultados de la investigación han sido publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

     

    Según Zhang:

    además de servir como fuente de alimento, el almidón se puede utilizar para la fabricación de películas biodegradables, comestibles y transparentes, destinadas al envasado de comida. Podría incluso usarse para trasportar hidrógeno y resolver los problemas relacionados con el almacenamiento y la distribución de este elemento.

    Fuente: Xataka Ciencia

     

     

    Alimentómica, un enfoque a las ciencias de la nutrición y de los alimentos

    Toca Comer. Alimentómica, un enfoque a las ciencias de la nutrición y de los alimentos. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

    Genómica, transcriptómica, proteómica, metabolómica, … Vivimos en la era de la “narcisómica” como decía Carina Dennis en Nature. Hay ómicas de todo lo habido y por haber, incluso de las ciencias de los alimentos y de la nutrición. Ya existían la nutrigenómica y la nutrigenética, pero para englobarlas el español Alejandro Cifuentes, del Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación, CIAL (UAM-CSIC), introdujo en el año 2009 la alimentómica (foodomics en inglés, que a Cifuentes le gusta traducir por foodómica); en realidad el término ya había sido usado en páginas web desde 2007, pero su primera aparición en una revista impactada es de Cifuentes. Según la página web del Laboratory of Foodomics, la alimentómica denomina una “nueva disciplina que emplea técnicas ómicas para investigar los alimentos, incluyendo sus múltiples conexiones con la nutrición y la salud.” El secreto, como el de todas las ómicas, es el empleo de herramientas de alto rendimiento para el análisis masivo de datos, lo que llaman big data, en el contexto de las ciencias de los alimentos y con el objetivo de mejorar la nutrición humana y sus consecuencias para la salud. JAL nos los contó de forma breve en “Entre Probetas” (escucha el audio del programa de RNE). En Diciembre de 2012 la revista Analytical Chemistry dedicó la portada a la alimentómica. Aunque todavía no forma parte del Omics Gateway de Nature, auguro que no faltará mucho para ello.

    Hoy en día, los alimentos son algo más que una fuente de energía y de placer (la buena mesa), también son fundamentales para promover la salud. La expresión génica de cada individuo influye en su salud y en cómo le afecta su dieta. Desde un punto de vista molecular, los alimentos son complejos en extremo. La alimentómica pretende ayudar a solventar los nuevos retos que la seguridad, la calidad y la trazabilidad alimentarias tienen que hacer frente. Entre ellos el análisis de contaminantes y alérgenos, el descubrimiento de biomarcadores para detectar productos peligrosos y la capacidad de detectar problemas de seguridad alimentaria antes de que afecten a los consumidores, por citar unos pocos. Le deseo un futuro prometedor a la alimentómica.

    Ampliar en:  Francis (th)E mule Science’s News



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