
Los carritos de supermercado equipados con cámaras, sensores, pantallas e inteligencia artificial prometen una experiencia más rápida y cómoda. Identifican productos, calculan el total de la compra, muestran descuentos y, en algunos casos, permiten pagar sin pasar por una caja tradicional. Pero también pueden convertirse en un nuevo vendedor: uno que acompaña al consumidor durante todo el recorrido y le sugiere qué añadir.
De ahí surge una cifra llamativa, difundida en presentaciones comerciales y artículos del sector: los usuarios de determinados carritos inteligentes pueden gastar hasta un 32% más que quienes utilizan un carrito convencional. La cifra merece atención, aunque también una aclaración: no significa que toda persona que use un carrito con IA vaya a gastar automáticamente un tercio más.
Una cifra con letra pequeña
El 32% no procede, al menos en la documentación pública disponible, de un estudio académico independiente que haya analizado todos los supermercados y tipos de consumidores. Se trata de un resultado asociado a pruebas piloto y datos comerciales de fabricantes de carritos inteligentes y minoristas.
En esas pruebas se suele comparar el valor medio de la cesta de quienes utilizan un carrito tecnológico con el de clientes que compran de manera convencional. Sin embargo, el resultado puede estar condicionado por varios factores: los usuarios que aceptan probar la tecnología quizá sean más jóvenes, tengan mayor poder adquisitivo o estén más predispuestos a utilizar promociones digitales. También puede tratarse de tiendas concretas, durante periodos específicos y con ofertas diseñadas expresamente para el experimento.
Además, “gastar un 32% más” puede ser una simplificación periodística de expresiones como basket size, que en inglés se refiere al tamaño o valor de la cesta. La métrica puede contar más productos, un ticket medio superior o una combinación de ambos, pero no necesariamente representa un aumento neto del gasto anual de cada cliente.
Cómo intenta vender más el carrito
El primer mecanismo es la recomendación personalizada. El carrito reconoce —mediante códigos de barras, cámaras, sensores de peso o la conexión con la aplicación de fidelización— qué productos se han introducido. A partir de esa información puede sugerir artículos complementarios: salsa para la pasta, pilas para un electrodoméstico o un postre después de añadir una comida preparada.
La pantalla también puede mostrar descuentos, anuncios y productos patrocinados. Para el supermercado, el carrito no es solo una herramienta logística: es una superficie publicitaria situada justo delante del consumidor cuando está tomando una decisión de compra. Un fabricante puede pagar por aparecer en esa pantalla, del mismo modo que ya paga por destacar sus productos en una plataforma de comercio electrónico.
El segundo factor es la reducción de la fricción. Algunos modelos permiten escanear los artículos mientras se colocan en la cesta y pagar desde el propio carrito. Otros utilizan cámaras y sistemas de visión artificial para identificar automáticamente lo que el cliente recoge. La promesa es evitar las colas y hacer que la salida sea casi inmediata.
Esa comodidad puede favorecer las compras impulsivas. Cuando desaparece la espera en caja y el proceso de pago se vuelve menos visible, el consumidor puede sentir menos el llamado “dolor de pagar”. La pantalla, además, puede convertir la compra en una secuencia de pequeñas decisiones: “añadir por un euro”, “completar la oferta” o “llevar dos y ahorrar”.
Pero el efecto también puede ser contrario. Ver el total acumulado en tiempo real puede ayudar a respetar un presupuesto y detectar excesos antes de llegar a la caja. Por eso, la IA no determina por sí sola el comportamiento: depende de cómo se diseñen las recomendaciones y de qué objetivos priorice el supermercado.
Lo que sí sabemos sobre las compras impulsivas
La investigación académica lleva años estudiando cómo el entorno de la tienda modifica las decisiones. El trabajo de David Bell, Daniel Corsten y George Knox, publicado en el Journal of Marketing, mostró que las compras no planificadas dependen de factores como la misión del viaje, la lista previa, el tiempo disponible y la facilidad para desviarse del plan original.
Los carritos inteligentes encajan perfectamente en ese contexto. Pueden recordar al consumidor que falta un producto, ofrecerle una promoción personalizada o señalarle una categoría que no tenía previsto visitar. No inventan el impulso de compra, pero pueden multiplicar las ocasiones en las que aparece.
La documentación de empresas como Caper —adquirida por Instacart—, Shopic y otros proveedores del sector muestra que el mercado apuesta por incrementos del ticket, mayor interacción con promociones y menos congestión en las cajas. No obstante, las cifras publicadas por estas compañías son datos comerciales y suelen carecer de detalles sobre la muestra, el grupo de control y la duración de las pruebas. Por eso deben leerse como resultados de determinados pilotos, no como una ley universal.
Beneficios y riesgos para el consumidor
Para el cliente, las ventajas son claras: menos tiempo en la tienda, control del gasto, cupones relevantes y una salida más rápida. También pueden ser útiles para personas con movilidad reducida o para quienes tienen dificultades para cargar y organizar los productos.
El coste potencial es la recopilación de datos. Un carrito conectado puede registrar qué compra una persona, cuánto tiempo permanece frente a una estantería, qué promociones ignora e incluso qué recorrido realiza por el establecimiento. Si además está vinculado a una cuenta de fidelización, el supermercado puede construir un perfil de hábitos muy detallado.
La normativa europea de protección de datos exige informar sobre la finalidad del tratamiento, limitar la recopilación a lo necesario y ofrecer derechos de acceso, oposición o eliminación cuando corresponda. Sin embargo, la transparencia real dependerá de que el cliente entienda qué está aceptando en la pantalla, en la aplicación o en las condiciones de uso.
También existen riesgos prácticos: errores de reconocimiento, productos que no quedan registrados, fallos de conexión, publicidad excesiva y una brecha entre quienes se sienten cómodos con la tecnología y quienes prefieren una compra tradicional.
La mejor conclusión es más prudente que el titular. Algunos carritos inteligentes pueden elevar el valor de la cesta, y un aumento de hasta el 32% es plausible en determinados experimentos comerciales. Pero no hay pruebas suficientes para afirmar que todos los usuarios gastarán esa cantidad adicional. La tecnología funciona, sobre todo, como una combinación de asistente, vendedor, caja y herramienta de recopilación de datos.
Para protegerse, conviene fijar un presupuesto, revisar el total con frecuencia, comparar el precio por unidad y recordar que un cupón solo ahorra dinero si el producto era necesario. La inteligencia artificial puede hacer la compra más cómoda; también puede hacer más eficaces las técnicas destinadas a vendernos algo que no pensábamos comprar.
Fuentes consultadas
- Instacart, anuncio de la adquisición de Caper AI: Instacart acquires Caper AI.
- Caper AI, información sobre sus carritos inteligentes: Caper Cart.
- Amazon, documentación sobre la tecnología Dash Cart.
- Bell, D. R.; Corsten, D.; Knox, G. (2011), “From Point of Purchase to Path to Purchase”, Journal of Marketing, DOI.
- Comisión Europea, información sobre protección de datos y RGPD: Data protection.
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