Para millones de personas en todo el mundo, no hay nada más reconfortante que comenzar el día con una taza de café humeante o disfrutar de un té muy caliente durante una tarde de invierno. Esta práctica, profundamente arraigada en las rutinas de diversas culturas, parece completamente inofensiva y, de hecho, múltiples estudios han respaldado que tanto el té como el café poseen numerosos beneficios para la salud gracias a sus antioxidantes. Sin embargo, un hábito tan cotidiano podría esconder un riesgo silencioso si no se tiene precaución con la temperatura a la que ingerimos estos líquidos.
Desde el año 2016, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), organismo dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), encendió las alarmas al clasificar el consumo de bebidas muy calientes como «probablemente carcinogénico para los humanos». La advertencia causó revuelo en su momento, pero ahora, un nuevo y masivo estudio científico publicado en el año 2026 arroja nueva luz sobre esta premisa. La investigación reciente refuerza con datos estadísticos contundentes el vínculo directo entre la temperatura extrema a la que consumimos nuestras bebidas y el desarrollo de cáncer de esófago, recordando a la población que el peligro no reside en qué bebemos, sino en cómo lo bebemos.

Un estudio sin precedentes desde la Universidad de Oxford
La reciente investigación, liderada por científicos de la Universidad de Oxford y publicada en septiembre de 2026 en la prestigiosa revista International Journal of Cancer, representa uno de los análisis observacionales más extensos y detallados realizados hasta la fecha sobre este tema. Dirigido por la doctora Keren Papier, epidemióloga nutricional sénior, el equipo de investigación se propuso analizar los datos de casi un millón de adultos (aproximadamente 980.000 personas) de mediana edad residentes en el Reino Unido. Para lograr un alcance tan masivo, los científicos utilizaron información médica y de estilo de vida proveniente de dos de las bases de datos de salud más importantes de Europa: el UK Biobank y el Million Women Study.
A lo largo de más de una década de seguimiento constante, los investigadores evaluaron minuciosamente las preferencias de temperatura reportadas por los participantes, quienes debían clasificar cómo preferían sus bebidas («tibias», «calientes» o «muy calientes»), además de registrar la cantidad de tazas que consumían diariamente.
Los hallazgos de la investigación fueron tan reveladores como preocupantes: aquellas personas que afirmaron preferir sus bebidas «muy calientes» presentaban casi el triple de riesgo de desarrollar carcinoma de células escamosas de esófago (CCE), en comparación con aquellos que optaban por consumir sus bebidas «tibias». Incluso los participantes que reportaron beber sus infusiones simplemente «calientes» vieron su riesgo incrementado a casi el doble. Además de la temperatura, el volumen de consumo demostró jugar un papel crucial en las estadísticas. El estudio evidenció que consumir seis o más bebidas muy calientes al día se asocia con un riesgo drásticamente mayor (hasta un 71% más en algunas métricas frente a consumos menores) de padecer esta enfermedad a lo largo de la vida.
Entendiendo el riesgo específico: Células escamosas frente al adenocarcinoma
Para comprender la magnitud de estos datos, es crucial entender que el cáncer de esófago no es una única patología uniforme, sino que se divide principalmente en dos tipos clínicos según las células que se vuelven malignas: el carcinoma de células escamosas de esófago (CCE) y el adenocarcinoma esofágico.
El nuevo estudio demostró de forma concluyente que el daño inducido por las bebidas calientes está fuertemente vinculado al carcinoma de células escamosas. Este tipo es el más común a nivel mundial y se origina en las células planas que recubren la superficie interna de la mayor parte del conducto esofágico. Por el contrario, los investigadores no encontraron una asociación clara ni estadísticamente significativa entre la temperatura de las bebidas y el adenocarcinoma, el otro subtipo principal que suele originarse en la parte inferior del esófago (cerca del estómago) y que está más relacionado con condiciones como el reflujo gastroesofágico crónico y la obesidad. Este contraste subraya que el mecanismo destructivo de los líquidos hirviendo afecta de manera específica a la capa de células escamosas.
El mecanismo biológico: El problema es el calor, no la bebida
Una vez establecido el vínculo, la pregunta natural es: ¿por qué una simple taza de té negro o un café expreso pueden desencadenar un proceso oncológico? La respuesta de la comunidad médica es unánime: el culpable no es el café, ni la cafeína, ni los polifenoles del té. El verdadero peligro radica en lo que clínicamente se conoce como «daño térmico».
Al tragar un líquido a temperaturas extremas, se producen quemaduras microscópicas o microlesiones en el sensible revestimiento del conducto esofágico. Médicos y cirujanos oncológicos explican que este proceso biológico es muy similar al daño que los rayos ultravioleta causan en nuestra piel tras una exposición desmedida al sol. Cuando las células del esófago sufren estas quemaduras térmicas de forma repetida, semana tras semana, año tras año, se ven obligadas a entrar en un estado de regeneración constante. Este ciclo crónico de inflamación persistente, destrucción celular y reparación forzada aumenta drásticamente la probabilidad de que se produzcan errores genéticos en el ADN durante la división de las células. Con el tiempo, estas mutaciones pueden acumularse, dando lugar a lesiones precancerosas y, finalmente, a tumores malignos. Cabe destacar que un solo café que nos quema la garganta no causará la enfermedad; el riesgo real surge del patrón de exposición crónica, repetido a lo largo de varias décadas.
¿Qué se considera «muy caliente»? El panorama general
Frente a esta evidencia, surge la duda sobre qué temperatura cruza el umbral hacia lo peligroso. Aunque el reciente estudio de Oxford se basó principalmente en la percepción subjetiva de los participantes mediante autoinformes, la declaración formal de la OMS de 2016 proporciona una cifra de referencia clara: se considera de alto riesgo el consumo habitual de líquidos que superen los 65 °C (149 °F). En la práctica diaria, muchas personas consumen su té tradicional, yerba mate o café de máquina recién extraído a temperaturas que pueden rondar los 70 °C o incluso más, sobrepasando ampliamente este límite de seguridad.
Asimismo, es de vital importancia contextualizar este riesgo. El carcinoma de células escamosas es una enfermedad multifactorial. Los expertos subrayan constantemente que el tabaquismo y el consumo de alcohol siguen siendo, con gran diferencia, los factores de riesgo más determinantes para este tipo de cáncer. No obstante, el peligro del daño térmico puede actuar de forma sinérgica. Un esófago cuya barrera mucosa está crónicamente inflamada y dañada por el calor se vuelve infinitamente más vulnerable a los agresivos agentes cancerígenos presentes en el humo del tabaco o en las bebidas alcohólicas.
Conclusiones y recomendaciones para el día a día
A pesar de la seriedad y lo alarmante que puedan resultar estos hallazgos científicos, la intervención preventiva es increíblemente sencilla y no requiere que abandonemos el enorme placer de disfrutar de nuestras infusiones favoritas. La clave principal es, simplemente, la paciencia.
Dejar reposar la taza durante unos tres a cinco minutos después de haber servido la bebida, o adoptar la costumbre de añadir un poco de leche fría al café o al té, es una acción más que suficiente para garantizar que la temperatura descienda a niveles seguros.
En conclusión, la ciencia médica contemporánea nos sigue demostrando que pequeños ajustes en nuestros hábitos cotidianos pueden tener un impacto profundo en la prevención de enfermedades graves. Consumir nuestras bebidas preferidas con moderación térmica es una medida de sentido común; una de las formas más simples y efectivas de proteger la salud de nuestro tracto digestivo y asegurar nuestro bienestar a largo plazo.
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Según un estudio de la Universidad de Oxford, las mujeres que basan su alimentación en productos ecológicos tienen la misma probabilidad de desarrollar cáncer que otras mujeres que consumen alimentos producidos de manera convencional.







