Menos azúcar con antibióticos: una pista para proteger la microbiota intestinal

Tomar antibióticos puede ser imprescindible para controlar infecciones bacterianas, pero su efecto no se limita al microbio que se quiere eliminar. También puede alcanzar a parte de las bacterias beneficiosas que viven en el intestino, alterar el equilibrio de la microbiota y favorecer molestias como diarrea, náuseas o dolor abdominal. Un estudio publicado en Nature añade ahora una pieza importante a ese rompecabezas: durante un tratamiento antibiótico, una dieta rica en azúcares podría agravar la pérdida de diversidad microbiana intestinal. La Agencia SINC resumió el hallazgo con una recomendación prudente y fácil de entender: evitar los dulces mientras se toman antibióticos podría ayudar a proteger la microbiota.

La investigación, liderada por equipos vinculados a City of Hope, NYU Langone Health y Memorial Sloan Kettering Cancer Center, siguió a 173 pacientes hospitalizados por cánceres de la sangre que iban a recibir un trasplante de células madre hematopoyéticas. Se trata de una población especialmente vulnerable: durante semanas reciben quimioterapia intensiva y antibióticos, a menudo de amplio espectro, para prevenir o tratar infecciones. Esa situación ofrece, además, una oportunidad científica poco habitual: registrar con precisión lo que comen los pacientes y analizar de forma repetida sus muestras de heces. En total, el equipo rastreó 9.419 comidas y evaluó más de 1.000 muestras fecales.

El resultado central fue claro: cuando el consumo de dulces, azúcares y bebidas azucaradas coincidía con la exposición a antibióticos de amplio espectro, la diversidad bacteriana intestinal caía más. En el artículo original, los autores describen que cada aumento de 100 gramos en el consumo de estos productos se asoció con una reducción adicional de la diversidad alfa, una medida que refleja cuántos tipos de bacterias conviven en el ecosistema intestinal y cómo se distribuyen. La pérdida de diversidad importa porque un microbioma más variado suele resistir mejor la invasión de microorganismos oportunistas.

Uno de los protagonistas indeseados fue Enterococcus faecium. Esta bacteria puede formar parte del intestino, pero cuando crece de manera descontrolada —sobre todo en pacientes debilitados o inmunodeprimidos— puede asociarse a infecciones difíciles de tratar. Según NYU Langone, la combinación de dieta azucarada y antibióticos se relacionó con aumentos de esta especie bacteriana en pacientes, y los experimentos en ratones reforzaron la hipótesis: la sacarosa junto con antibióticos favoreció una expansión marcada de Enterococcus en el intestino.

La explicación probable es ecológica. Un intestino sano funciona como una comunidad compleja: muchas bacterias compiten por espacio y nutrientes, producen sustancias útiles y ayudan a mantener a raya a especies oportunistas. Los antibióticos reducen esa competencia al eliminar bacterias sensibles; si, al mismo tiempo, llegan grandes cantidades de azúcares simples, algunas bacterias capaces de aprovecharlos con rapidez pueden encontrar una ventaja. No es que el azúcar “anule” el antibiótico, sino que podría alimentar un desequilibrio favorecido por el propio tratamiento.

Conviene, sin embargo, no exagerar las conclusiones. El estudio no demuestra todavía que todas las personas que toman antibióticos deban seguir una dieta estricta sin azúcar. La población analizada —pacientes con cáncer hematológico sometidos a trasplante— no representa a todos los pacientes que reciben antibióticos por una infección respiratoria, dental o urinaria. Además, se trata de una combinación de observación clínica y experimentación animal: muy valiosa, pero aún necesitada de ensayos clínicos que comprueben si reducir azúcares durante pocos días mejora síntomas, infecciones o recuperación del microbioma en distintos grupos.

Aun así, la recomendación encaja con guías generales de salud pública. La Organización Mundial de la Salud aconseja limitar los azúcares libres a menos del 10 % de la energía diaria —unos 50 gramos al día en una dieta de 2.000 calorías— y señala que reducirlos al 5 % podría aportar beneficios adicionales. También recomienda que los carbohidratos procedan sobre todo de cereales integrales, legumbres, frutas y verduras, no de bebidas azucaradas, bollería, caramelos o postres ultraprocesados.

Para la práctica cotidiana, el mensaje es sencillo: si un médico prescribe antibióticos, no hay que suspenderlos ni reducir dosis por cuenta propia. Pero durante esos días puede ser sensato evitar refrescos, bebidas deportivas azucaradas, zumos, golosinas, bollería, postres industriales y batidos muy dulces, salvo indicación médica específica. En su lugar, y si el estado de salud lo permite, pueden priorizarse comidas simples: agua, caldos no azucarados, yogur natural si se tolera, arroz o avena, legumbres, verduras cocidas, fruta entera y proteínas adecuadas. En pacientes oncológicos, diabéticos, con bajo peso o inmunodepresión, cualquier cambio dietético debe consultarse con el equipo sanitario.

El hallazgo también reabre el debate sobre los probióticos. Algunas revisiones, como la de Cochrane, sugieren que ciertos probióticos pueden reducir el riesgo de diarrea asociada a antibióticos o por Clostridioides difficile, aunque la evidencia varía según cepas, dosis y tipo de paciente. No son una solución universal ni sustituyen una dieta prudente o el uso responsable de antibióticos.

La conclusión más equilibrada es esta: los antibióticos salvan vidas, pero pueden alterar profundamente la microbiota. Si el azúcar añadido aumenta esa alteración, reducirlo durante el tratamiento es una medida barata, segura para la mayoría de las personas y coherente con una alimentación saludable. No se trata de demonizar todos los carbohidratos ni de culpar al paciente, sino de entender que, en el intestino, los medicamentos y la comida actúan en el mismo escenario. Y ese escenario —la microbiota— puede ser clave para recuperarse mejor.

El azúcar racionada de la guerra: cómo la escasez británica de los años 40 protegió la salud de toda una generación

Durante la Segunda Guerra Mundial, los ataques alemanes contra el Reino Unido no solo destruyeron ciudades: también estrangularon las rutas marítimas de las que dependía la isla para alimentarse. La respuesta del gobierno británico fue implantar, en enero de 1940, uno de los sistemas de racionamiento más estrictos y prolongados de la historia moderna. Carne, mantequilla, huevos, té y, muy especialmente, azúcar quedaron sometidos a cupos rigurosos. Lo que entonces se vivió como una privación dolorosa se ha convertido, ocho décadas después, en un experimento natural de valor científico incalculable. Y sus resultados, publicados en la revista Science y difundidos por medios como ScienceAlert, son contundentes: los niños que crecieron con poca azúcar en sus primeros mil días de vida han disfrutado de una salud notablemente mejor durante toda su existencia.

Un experimento involuntario de escala nacional

El racionamiento británico de azúcar limitaba el consumo a unos 40 gramos diarios por adulto —aproximadamente ocho cucharaditas—, mientras que las mujeres embarazadas y los niños pequeños recibían cantidades aún más ajustadas de dulces y conservas. En la práctica, la ingesta de azúcar añadida rondaba los 40 gramos al día, una cifra que coincide casi exactamente con las recomendaciones actuales de la Organización Mundial de la Salud y de las guías dietéticas estadounidenses.

La medida se mantuvo mucho después de la victoria aliada. El azúcar no dejó de estar racionada hasta septiembre de 1953, y su desaparición del sistema de cupos provocó un fenómeno inmediato y espectacular: el consumo se disparó casi al doble, hasta unos 80 gramos diarios, en cuestión de meses. Los demás componentes de la dieta —proteínas, grasas, calorías totales— apenas variaron.

Ese salto brusco es lo que convirtió la historia en oro científico. Un equipo encabezado por la economista de la salud Tadeja Gracner, de la Universidad del Sur de California, junto a colegas de McGill y de la Universidad de California en Berkeley, comprendió que ahí había una frontera perfecta: personas concebidas justo antes y justo después de octubre de 1953, genéticamente similares, con estilos de vida comparables, pero expuestas a dosis de azúcar radicalmente distintas en la etapa más crítica del desarrollo.

Los datos: 60000 vidas seguidas durante décadas

Los investigadores recurrieron al UK Biobank, una gigantesca base de datos que reúne información médica y genética de medio millón de británicos. Seleccionaron a más de 60.000 personas nacidas entre octubre de 1951 y marzo de 1956, y compararon su salud en la mediana edad.

Las diferencias resultaron mucho mayores de lo que nadie esperaba. Quienes fueron concebidos y pasaron sus primeros años bajo el racionamiento presentaban:

  • Un 35 % menos de riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
  • Un 20 % menos de riesgo de sufrir hipertensión arterial.
  • Un retraso significativo en la aparición de ambas enfermedades: unos cuatro años en el caso de la diabetes y dos años en el de la hipertensión.

Además, el estudio detectó que aproximadamente un tercio del beneficio se explicaba por la exposición durante el embarazo, es decir, por la dieta de la madre. El resto dependía de los meses posteriores al nacimiento, y el efecto protector se intensificaba a partir de los seis meses de edad, justo cuando comienza la alimentación complementaria y el bebé prueba sus primeros sabores sólidos.

«Estudiar los efectos a largo plazo del azúcar añadida en la salud es un desafío», explicaba Gracner al presentar los resultados. «Es difícil encontrar situaciones en las que las personas estén expuestas de forma aleatoria a distintos entornos nutricionales en la primera infancia y seguirlas durante 50 o 60 años». El fin del racionamiento ofreció justamente esa oportunidad.

Los primeros mil días: una ventana que no se repite

El hallazgo encaja con la llamada hipótesis de los orígenes del desarrollo de la salud y la enfermedad (DOHaD), según la cual el periodo que va desde la concepción hasta los dos años de edad —los famosos «mil días»— configura de manera semipermanente el metabolismo, el sistema inmunitario y la regulación del apetito.

Los mecanismos posibles son varios. La exposición temprana a niveles altos de glucosa puede alterar la sensibilidad a la insulina y la programación de las células del páncreas. También modifica la microbiota intestinal, cuyo papel en el riesgo metabólico se considera hoy fundamental. Y, no menos importante, moldea las preferencias gustativas: un paladar acostumbrado desde el principio a lo muy dulce tenderá a buscar esa intensidad durante toda la vida, perpetuando el círculo.

Una lección incómoda para el presente

El contraste con la situación actual es demoledor. Según los datos citados por los autores, cerca del 70 % de los alimentos comercializados para bebés y niños pequeños en Estados Unidos contienen azúcar añadida, y un niño estadounidense medio consume más de tres veces la cantidad recomendada. En España y en buena parte de Europa, el panorama de los productos infantiles ultraprocesados —yogures azucarados, cereales, zumos, potitos, galletas «de crecimiento»— no es mucho mejor.

Los investigadores subrayan que su trabajo tiene limitaciones: se trata de un estudio observacional, no de un ensayo controlado; los participantes del UK Biobank tienden a estar más sanos y ser más acomodados que la población general; y durante el racionamiento no solo cambió el azúcar, sino también, en menor medida, otros hábitos. Aun así, la magnitud del efecto y la nitidez del corte temporal hacen que las conclusiones sean difíciles de rebatir.

La implicación política es evidente. Reducir el azúcar en los productos dirigidos a embarazadas, lactantes y niños pequeños no es una recomendación menor de nutricionista: podría representar un ahorro sanitario enorme y años de vida saludable ganados. Como resumen los autores, retrasar el debut de una diabetes cuatro años cambia por completo la trayectoria vital de una persona.

Resulta paradójico que una de las pruebas más sólidas a favor de las dietas bajas en azúcar provenga de las privaciones impuestas por los bombardeos y los submarinos alemanes. Aquellos niños británicos que apenas conocieron los caramelos crecieron sintiéndose desafortunados. Medio siglo después, sus análisis de sangre cuentan otra historia.

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El cáncer cae en su propia trampa: un fármaco experimental convierte el azúcar en su peor enemigo

Introducción: La paradoja del azúcar y el cáncer

Desde que el científico alemán Otto Warburg descubrió que las células cancerosas consumen glucosa a un ritmo desmesurado —un fenómeno conocido como efecto Warburg— la medicina ha buscado formas de privar a los tumores de su principal fuente de energía. Sin embargo, los intentos por bloquear su metabolismo del azúcar han tenido resultados limitados, ya que las células tumorales son capaces de adaptarse y encontrar vías alternativas para sobrevivir.

Ahora, un equipo de investigadores del Weill Cornell Medicine (Nueva York) ha dado un giro radical a esta estrategia: en lugar de intentar «matar de hambre» al cáncer, han desarrollado un fármaco experimental que lo obliga a consumir aún más azúcar… hasta que el exceso lo destruye desde dentro. Este enfoque, publicado en la revista Nature Cancer, representa un cambio de paradigma en la oncología y abre nuevas esperanzas para tratamientos más efectivos y menos tóxicos.

El efecto Warburg: el talón de Aquiles del cáncer

Las células sanas obtienen energía principalmente a través de la respiración mitocondrial, un proceso eficiente que produce 36 moléculas de ATP (la «moneda energética» de la célula) por cada molécula de glucosa. En cambio, las células cancerosas, incluso en presencia de oxígeno, prefieren la glucólisis anaeróbica, un método menos eficiente que genera solo 2 ATP por glucosa, pero que les permite crecer rápidamente y adaptarse a entornos hostiles.

Este metabolismo alterado no solo les da una ventaja proliferativa, sino que también las hace adictas al azúcar. Estudios con tomografías por emisión de positrones (PET) muestran que los tumores brillan intensamente al inyectar glucosa radiactiva, confirmando su voracidad por este nutriente.

¿Por qué no ha funcionado «matar de hambre» al cáncer?

Durante décadas, los científicos han intentado bloquear enzimas clave en la glucólisis, como la hexoquinasa 2 (HK2) o la lactato deshidrogenasa (LDH), con la esperanza de debilitar a los tumores. Sin embargo, estos enfoques han tenido dos grandes problemas:

  1. Resistencia metabólica: Las células cancerosas activan rutas alternativas para obtener energía, como la glutaminólisis o la oxidación de ácidos grasos.
  2. Toxicidad sistémica: Bloquear la glucólisis afecta también a células sanas, especialmente en tejidos con alta demanda energética, como el cerebro o el corazón.

Ante estos fracasos, el equipo liderado por el Dr. Lewis Cantley —pionero en el estudio del metabolismo del cáncer— decidió probar una estrategia opuesta: sobrecargar al tumor con su propio alimento.

El fármaco que engaña al cáncer: cómo funciona

El compuesto experimental, denominado DRP-104 (aunque aún no tiene nombre comercial), actúa como un caballo de Troya metabólico. Su mecanismo se basa en tres pasos clave:

1. Activación selectiva en el tumor

DRP-104 es una profármaco, es decir, una molécula inactiva que solo se transforma en su forma activa dentro de las células cancerosas. Esto se logra gracias a una enzima llamada glutaminasa (GLS), que está sobreexpresada en muchos tumores, pero no en tejidos sanos.

2. Conversión del azúcar en un veneno

Una vez dentro de la célula tumoral, DRP-104 se metaboliza en 6-diazo-5-oxo-L-norleucina (DON), un análogo de la glutamina que bloquea múltiples rutas metabólicas esenciales para el cáncer, incluyendo:

  • La síntesis de nucleótidos (necesarios para la replicación del ADN).
  • La producción de antioxidantes (que protegen al tumor del estrés oxidativo).
  • La glucólisis (aumentando aún más la dependencia del tumor de la glucosa).

Pero aquí viene el giro: el fármaco no bloquea la entrada de glucosa, sino que la hace tóxica. Al interferir con la glutaminólisis, el tumor se ve obligado a depender casi exclusivamente de la glucólisis, pero sin poder procesar correctamente los subproductos tóxicos que genera.

3. Autodestrucción por sobrecarga de azúcar

El exceso de glucosa no metabolizada correctamente produce un estrés metabólico insostenible:

  • Acumulación de lactato: El tumor no puede eliminar este subproducto, lo que acidifica su microambiente y activa vías de muerte celular.
  • Estrés oxidativo: La falta de antioxidantes (bloqueados por DON) genera radicales libres que dañan el ADN y las proteínas.
  • Falta de bloques de construcción: Sin nucleótidos, el cáncer no puede dividirse.

En esencia, el fármaco convierte el azúcar, el alimento favorito del tumor, en un veneno que lo destruye desde dentro.

Resultados prometedores en modelos preclínicos

Los investigadores probaron DRP-104 en ratones con cáncer de pulmón, páncreas y mama, así como en organoides tumorales humanos (cultivos 3D que imitan el microambiente del cáncer). Los resultados fueron sorprendentes:

✅ Reducción del 80-90% en el crecimiento tumoral en modelos de cáncer de pulmón no microcítico (el más común).
✅ Sin toxicidad significativa en tejidos sanos, a diferencia de la quimioterapia tradicional.
✅ Sin desarrollo de resistencia en tratamientos prolongados (un problema común con otros fármacos).
✅ Efecto sinérgico con inmunoterapia: DRP-104 aumentó la eficacia de los inhibidores de puntos de control inmunitarios (como pembrolizumab), al hacer que las células tumorales fueran más visibles para el sistema inmunitario.

¿Por qué es diferente a otros tratamientos?

  • No es un «veneno» genérico: Actúa solo en células con metabolismo alterado (como las cancerosas).
  • No depende de mutaciones específicas: A diferencia de terapias dirigidas (como los inhibidores de EGFR o BRAF), DRP-104 podría funcionar en múltiples tipos de cáncer.
  • Baja toxicidad: Al ser un profármaco, evita dañar tejidos sanos.

El futuro: ¿un cambio de paradigma en la oncología?

Aunque DRP-104 aún está en fase preclínica (se espera que los ensayos en humanos comiencen en 2025), los expertos ya lo consideran un avance revolucionario. El Dr. Cantley, líder del estudio, declaró:

«Durante 100 años, hemos intentado matar de hambre al cáncer. Ahora, estamos descubriendo que, a veces, la mejor estrategia es darle exactamente lo que quiere… hasta que se ahogue en ello».

Posibles aplicaciones clínicas

Si los ensayos en humanos tienen éxito, DRP-104 podría usarse en:

  • Cánceres con alta dependencia de glucosa: pulmón, páncreas, cerebro (glioblastoma), mama triple negativo.
  • Combinación con inmunoterapia: Para potenciar la respuesta del sistema inmunitario contra el tumor.
  • Pacientes resistentes a quimioterapia: Como alternativa en casos donde otros tratamientos han fallado.

Desafíos pendientes

  • Selección de pacientes: No todos los tumores tienen el mismo metabolismo. Será clave identificar biomarcadores que predigan la respuesta a DRP-104.
  • Efectos a largo plazo: Aunque los estudios en ratones son prometedores, aún no se sabe cómo afectará a humanos en tratamientos prolongados.
  • Coste y accesibilidad: Como todo fármaco innovador, su precio podría ser elevado al principio.

Conclusión: ¿Estamos ante una nueva era en la lucha contra el cáncer?

La estrategia de convertir el azúcar en un arma contra el cáncer representa un cambio radical en la oncología. En lugar de luchar contra la naturaleza del tumor, este enfoque aprovecha su propia adicción para destruirlo. Si los ensayos clínicos confirman su eficacia y seguridad, DRP-104 podría unirse a la inmunoterapia y las terapias dirigidas como una de las grandes revoluciones en el tratamiento del cáncer en el siglo XXI.

Mientras tanto, la ciencia sigue explorando otras formas de explotar las debilidades metabólicas del cáncer, como:

  • Inhibidores de la glutaminólisis (como CB-839, en ensayos clínicos).
  • Terapias que inducen ferroptosis (muerte celular por acumulación de hierro).
  • Nanopartículas que liberan fármacos solo en el microambiente tumoral.

Una cosa es clara: el cáncer ya no puede esconderse tras su metabolismo. Y esta vez, su propio apetito por el azúcar podría ser su perdición.


Fuentes consultadas

  1. Nature Cancer (2024). «Targeting glutamine metabolism in cancer: DRP-104 as a metabolic Trojan horse».
  2. Weill Cornell Medicine. «New Drug Turns Cancer’s Favorite Food Into Its Achilles’ Heel».
  3. Warburg, O. (1956). «On the Origin of Cancer Cells».
  4. Clinical Cancer Research. «Metabolic Vulnerabilities in Cancer: Beyond the Warburg Effect».
  5. National Cancer Institute. «Cancer Metabolism: A Therapeutic Opportunity».

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La salud cerebral en jaque: el precio neurológico de una dieta rica en azúcar y grasas procesadas

Investigaciones exploran cómo la energía que obtiene el cerebro de ciertos nutrientes puede llegar a afectar su rendimiento a largo plazo. 257

El cerebro humano es un órgano tan fascinante como metabólicamente exigente. Aunque apenas representa alrededor del 2% del peso corporal total, es el responsable de consumir aproximadamente el 20% de la energía derivada de la glucosa de todo nuestro metabolismo basal.6 Esta dependencia absoluta de un flujo constante de energía ha sido el pilar de nuestra supervivencia y evolución cognitiva. Sin embargo, en el panorama nutricional contemporáneo, esta misma avidez energética lo ha colocado en una situación de profunda vulnerabilidad. Tal y como lo ha analizado en detalle Bautista Salaverri en una reciente publicación de Infobae, hoy la salud cerebral se encuentra bajo asedio debido a la irrupción masiva de productos repletos de azúcares y grasas añadidas. Lo que en su momento fue una simple fuente de combustible, hoy, alterado por la industria alimentaria, representa una amenaza silenciosa para el rendimiento mental a largo plazo.6

La dieta moderna, con frecuencia bautizada como la «dieta occidental», se distingue por una alarmante abundancia de alimentos ultraprocesados. Estos productos no solo proveen al cuerpo de calorías vacías, sino que introducen en el organismo una verdadera bomba de azúcares refinados, sodio, emulsificantes y grasas perjudiciales.9 Durante décadas, la comunidad médica centró sus alarmas respecto a esta clase de alimentación casi de forma exclusiva en sus efectos sobre el peso, la salud cardiovascular y patologías metabólicas. No obstante, la evidencia científica reciente ha dado un giro trascendental: las secuelas de una mala nutrición trascienden el riesgo de obesidad o diabetes, y atacan de manera directa la estructura, el funcionamiento y el ritmo de envejecimiento de nuestra mente.

El doble filo del azúcar: entre el combustible y la toxina

El azúcar juega un rol dual y complejo en nuestra biología. Por un lado, la glucosa es el combustible por excelencia de las células nerviosas, posibilitando la correcta sinapsis y el funcionamiento general de las redes neuronales.4 Cuando los niveles de glucosa disminuyen dramáticamente, la comunicación entre las neuronas fracasa, causando fatiga, niebla mental e irritabilidad. Ahora bien, es fundamental entender que no todo el azúcar es procesado de igual modo por el organismo.4

Una exhaustiva revisión científica publicada en la prestigiosa revista Nature en 2023, y destacada por Salaverri, marca una línea divisoria clara entre los azúcares que se encuentran presentes de forma natural en los alimentos (como la fructosa de una fruta entera) y los azúcares libres o añadidos propios del procesamiento industrial. El exceso prolongado de estos últimos se asocia directamente con un mayor riesgo de deterioro cognitivo.4 Mientras que las fuentes naturales de energía se acompañan de agua y fibra —que regulan la absorción—, los azúcares añadidos provocan picos descontrolados de glucosa en la sangre, alterando de manera perniciosa la delicada química cerebral a largo plazo.

El secuestro del circuito de dopamina

Cuando una persona consume una combinación de grasas saturadas y azúcar —una formulación casi inexistente en la naturaleza pero que es la columna vertebral de cualquier bollería industrial o comida rápida— se produce un fenómeno neuroquímico poderoso. Los sensores de nuestra boca envían señales inmediatas que detonan una enorme liberación de dopamina en el cuerpo estriado del cerebro, una región íntimamente ligada al movimiento y a la sensación de recompensa.4

Este mecanismo evolutivo estaba diseñado para fomentar la ingesta de alimentos densos en calorías en épocas de hambruna. Pero hoy en día, en un entorno de sobreabundancia calórica, este circuito es, en la práctica, «secuestrado». El cerebro comienza a priorizar estos alimentos que actúan de manera similar a ciertas sustancias adictivas, desplazando el consumo de alimentos ricos en nutrientes verdaderos (antioxidantes, ácidos grasos esenciales omega-3 y vitaminas). De esta forma, el cerebro queda desprovisto de la materia prima necesaria para su reparación celular cotidiana.

El hipocampo como «zona cero» del daño cognitivo

Uno de los hallazgos más preocupantes de la neurociencia nutricional moderna es el impacto localizado que tienen las grasas y azúcares en el hipocampo, la estructura cerebral fundamental para la orientación espacial, el aprendizaje y, crucialmente, la formación y consolidación de la memoria.

Estudios impulsados por instituciones de renombre, como la Universidad de Sídney en Australia, han revelado que el deterioro provocado por una mala dieta ataca al hipocampo mucho antes de manifestarse en el resto del encéfalo. En evaluaciones realizadas a adultos jóvenes sanos, se observó que aquellos con una dieta cargada de alimentos ricos en azúcares y grasas añadidas presentaban déficits notables en el aprendizaje espacial y la memoria de trabajo, incluso controlando otros factores como el Índice de Masa Corporal. Una alimentación de baja calidad nutricional suprime la producción de ciertos factores neurotróficos derivados del cerebro (BDNF, por sus siglas en inglés), proteínas que son esenciales para fomentar la plasticidad sináptica y la supervivencia neuronal.6 La energía «sucia», por tanto, le arrebata al cerebro su capacidad inherente de aprender, registrar recuerdos y adaptarse al entorno.

Resistencia a la insulina, microbiota y «Diabetes Tipo 3»

El daño provocado por los ultraprocesados no ataca al cerebro por una única vía.9 Existe un mecanismo periférico sumamente importante: el eje intestino-cerebro. Las dietas altas en azúcares añadidos y grasas trans modifican severamente nuestra microbiota intestinal, eliminando bacterias beneficiosas y fomentando la proliferación de cepas proinflamatorias. Esta alteración, conocida como disbiosis, desencadena un estado de inflamación sistémica de bajo grado. Con el tiempo, las moléculas inflamatorias logran cruzar la barrera hematoencefálica, generando neuroinflamación.

A esto debemos sumarle la alarmante aparición de la resistencia a la insulina cerebral.69 Cuando el consumo de azúcares simples es constante y crónico, el cuerpo debe mantener la insulina permanentemente elevada. Eventualmente, las neuronas se vuelven insensibles o resistentes a esta hormona, perdiendo la capacidad para absorber la glucosa vital.6 Paradójicamente, las células cerebrales comienzan a «morir de hambre» en medio de una abundancia de azúcar circulante. Este devastador proceso de disfunción energética está tan íntimamente ligado al desarrollo de enfermedades neurodegenerativas que muchos científicos e investigadores ya se refieren a la enfermedad de Alzheimer como la «Diabetes Tipo 3».6

Ultraprocesados y el riesgo inminente de demencia 611

La convergencia de neuroinflamación, fallos metabólicos y pérdida de plasticidad neuronal se traduce en cifras epidemiológicas que no deben ser ignoradas. Recientes investigaciones avaladas por escuelas de salud pública como la de Harvard, han alertado que un alto consumo de alimentos ultraprocesados dispara de forma alarmante el riesgo de demencia.11 Ciertos estudios indican que quienes obtienen una parte mayoritaria de sus calorías de estos productos, se exponen hasta a un 58% más de riesgo de desarrollar cuadros de demencia severa y deterioro cognitivo en la madurez.

El poder de la reversibilidad: un llamado a la acción

Pese a lo desolador de este panorama clínico, la propia investigación científica ofrece una sólida luz de esperanza. El daño inicial infligido por los azúcares y las grasas añadidas no siempre es permanente, gracias a la maravillosa neuroplasticidad inherente al cerebro humano. Tal como lo señala Bautista Salaverri en sus repasos sobre las conclusiones de los expertos, la solución recae en intervenciones nutricionales y de estilo de vida conscientes.

Modificar los hábitos dietéticos disminuyendo progresivamente la presencia de ultraprocesados en nuestra rutina tiene el poder de frenar la neuroinflamación y restaurar las funciones metabólicas. Si sustituimos estas calorías vacías por alimentos que protegen la vascularización y el tejido celular cerebral —como las legumbres frescas, los frutos secos, el pescado y aquellos productos ricos en flavonoides y antioxidantes— el cerebro retomará su capacidad regenerativa. En definitiva, nuestra mente se construye, se repara y se defiende todos los días a partir de las decisiones que tomamos en nuestro plato. La energía que le demos hoy dictará la claridad y la salud de nuestra memoria el día de mañana.

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El dulce enigma del cosmos: usando azúcar común en la búsqueda de la materia oscura

La materia oscura, ese misterioso componente que representa cerca del 85% de la masa del universo y que permanece invisible a nuestros instrumentos tradicionales, sigue siendo uno de los grandes enigmas científicos. A lo largo de décadas, los físicos han desplegado una amplia variedad de experimentos y teorías buscando evidencias directas de su existencia. Ahora, un contendiente inesperado ha ingresado a esta arena: el azúcar común, o mejor dicho, cristales de sacarosa.

Este sorprendente avance forma parte del proyecto SWEET, que utiliza cristales de azúcar refinada como detectores criogénicos para captar las interacciones más sutiles de partículas de materia oscura ultraligeras, conocidas como WIMPs (partículas masivas de interacción débil), especialmente en un rango de masa inferior al de los experimentos convencionales.arxiv+1​

¿Por qué azúcar?

Los experimentos tradicionales buscan partículas de materia oscura relativamente pesadas, en el rango de masas similares a protones o neutrones. Sin embargo, a medida que estas partículas escapan a la detección, han surgido modelos alternativos de materia oscura más ligera, incluso en el rango sub-GeV/c².

Aquí el azúcar brilla: la sacarosa es un compuesto orgánico con una gran cantidad de átomos de hidrógeno, que son especialmente adecuados para detectar estas partículas ligeras mediante la dispersión elástica. A diferencia de hidrógeno puro gaseoso, mucho menos denso y práctico como blanco, cristales sólidos de azúcar ofrecen un medio denso y barato que puede detectar mínimas cantidades de energía liberada en impactos con estas partículas.newscientist+2​

El detector SWEET: tecnología y pruebas

En el SWEET project, un cristal de sacarosa se enfría a temperaturas cercanas al cero absoluto, convirtiéndose en un detector ultrasensible a cualquier aumento mínimo de temperatura generado por un impacto de una partícula. Además, estos cristales emiten un débil destello de luz (escintilación) cuando son golpeados, lo que permite distinguir la señal real de materia oscura de otros ruidos de fondo.arxiv+1​

En las primeras 19 horas de prueba, el equipo detectó pulsos térmicos y lumínicos compatibles con partículas de fondo conocidas, pero no señales definidas de materia oscura. Los resultados no son decisivos, pero son un paso fundamental hacia experimentos con cristales de azúcar más grandes y puros, y sensores aún más sensibles que podrían abrir nuevas ventanas en la detección.arxiv​

Un giro dulce en la eterna búsqueda

El uso de azúcar no solo es una solución ingeniosa en términos técnicos, sino que simboliza un cambio de paradigma en la investigación de materia oscura: buscar más allá de los paradigmas convencionales, explorar materiales fáciles de obtener y métodos alternativos para abordar las dificultades del problema.

Pese a décadas sin encontrar señales inequívocas, la búsqueda sigue viva gracias a ideas frescas y a la creatividad de experimentos como SWEET, que desafían la noción de que solo la tecnología más compleja y costosa puede avanzar en la física fundamental.md-eksperiment+1​

¿Qué nos dice esto sobre el universo?

Si la materia oscura llegara a ser detectada con métodos como el SWEET, cambiaría radicalmente nuestra visión del cosmos y la física de partículas. Recuerda que con materia oscura explicamos la formación de galaxias, la estructura del universo y fenómenos gravitatorios inexplicables con la materia visible. Entender qué es la materia oscura es quizás la clave para unificar teoría cuántica y relatividad, el Santo Grial de la física.newscientist+1​

En suma, esta dulce investigación abre un prometedor camino en la búsqueda de respuestas a uno de los mayores misterios cósmicos, demostrando que a veces la clave para desvelar el universo puede estar, literalmente, en algo tan cotidiano como un grano de azúcar.

  1. https://arxiv.org/abs/2510.00068
  2. https://www.newscientist.com/article/2500538-we-can-use-ordinary-sugar-in-the-search-for-dark-matter/
  3. https://ui.adsabs.harvard.edu/abs/2025arXiv251000068B/abstract
  4. https://arxiv.org/html/2510.00068v1?wpmobileexternal=true
  5. https://inspirehep.net/literature/3006046
  6. https://www.newscientist.com/article/2493944-what-its-like-to-run-the-worlds-best-dark-matter-detector/
  7. https://md-eksperiment.org/en/post/20251018-physicists-pitch-a-sweet-hunt-for-dark-matter-using-table-sugar-crystals
  8. https://www.mpg.de/25253597/a-new-candidate-for-dark-matter

Conduciendo no se deben beber refrescos

Hot Rod Coca-Cola. Toca Comer. Conduciendo no se deben beber refescos. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Al volante en verano, calor y sed. Camino de la playa, de vuelta a casa, kilómetros y sed. No resulta raro. Y, sin embargo, hay más riesgo del que parece. Un vaso de agua de menos es como una copa de más. El coche y la deshidratación (juntos) son tan peligrosos que, eso sí, el remedio es facilísimo: cuando conduzcas, bebe. Agua, por descontado. Pero ¿se puede beber algo más?

PREÁMBULO

  1. Conducir con altas temperaturas estimula la sudoración excesiva y, en consecuencia, la pérdida de agua en el cuerpo. También se pierden sales minerales por no beber a tiempo.
  2. El estudio Deshidratación y conducción, elaborado por la Universidad de Loughborough y el European Hydration Institute concluye que los conductores con deshidratación cometen tantos errores como los que conducen tras haber ingerido alcohol.
  3. ¿Cuáles son esos errores? Entre otros, y según esa investigación, salirse involuntariamente del carril, frenar a destiempo y rebasar la línea del arcén. Una persona con deshidratación, dice el estudio, actúa como un conductor con un nivel de alcohol en sangre de 0,8 g/l.
  4. Un descenso del 2% de agua en el cuerpo puede causar una disminución momentánea de memoria y un descenso significativo de la atención, segúneste informe del Instituto de Investigación Agua y Salud (IIAS). Este texto recoge también evidencias científicas de que el desequilibrio hídrico aumenta significativamente el tiempo de reacción.
  5. Otros síntomas comunes de deshidratación son el dolor de cabeza, el cansancio y la pérdida de concentración. ¿A alguien se le ocurre algo más peligroso al volante?

ALGUNAS CONCLUSIONES

Conocido lo anterior, el Real Automóvil Club de España (RACE) y laAsociación de Bebidas Refrescantes colaboran desde hace años en la campaña Un refresco, tu mejor combustible.

En ella hacen hincapié en el descanso porque, a partir de dos horas al volante, el riesgo de accidente aumenta un 12%. Desde ese momento, dejan de percibirse el 30% de las señales y crece el tiempo de reacción en un 86%. Y este es su consejo principal: en las paradas “hay que realizar estiramientos, dar un paseo y beber un refresco”.

Un refresco, dicen, “hidrata y aporta glucosa, mejorando elrendimiento cerebral”. Pero hay expertos que niegan la mayor. “La glucosa mejora el rendimiento cerebral… si te hace falta. Si estás seis días sin comer y bebiendo muy poquito y te ponen un crucigrama delante, lo vas a hacer peor que si estás bien alimentado. Y si a continuación te dan un chute de glucosa, lo vas a resolver mucho mejor. Pero eso no es válido en unas circunstancias normales”, asegura el dietista-nutricionista y biólogo Juan Revenga.

“No necesitamos glucosa para conducir porque, por los habitos alimentarios de nuestra sociedad, ya tenemos glucosa a espuertas. No necesitamos fomentarla”, añade. “De hecho, me parece vergonzosa la relación entre la industria alimentaria y ciertas esferas de la vida para promocionar unos productos que, en nuestras circunstancias, soninsanos”.

En definitiva, no hay razón ninguna para recurrir a las bebidas azucaradas al volante.

… …

Artículo completo en: No consumir refrescos al conducir

Papillas de cereales para bebés, cargadas de azúcares

Toca Comer. Papillas de cereales para bebés, cargadas de azúcares. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Hace un tiempo un estudio reveló que en general, todos los alimentos para bebés tienen demasiada sal y azúcar en su composición, y lo peor, no alcanzan a cubrir las necesidades nutricionales de los más pequeños. Pues ahora, te mostramos cómo las papillas de cereales para bebés están cargadas de azúcares.

Entre las papillas más habitualmente consumidas para alimentar a bebés pequeños encontramos aquellas de 8 cereales u otras a base de arroz y maíz, y aun las que indican «0% de azúcares añadidos» poseen gran cantidad de azúcar en su composición.

Aunque algunos ejemplares sí poseen azúcares agregados, otros, simplemente se generan durante el tratamiento industrial que dextriniza los hidratos de carbono para volverlos altamente digeribles, dando como resultado un gran porcentaje de azúcar.

Tal como lo han señalado algunos estudios, las papillas de cereales para bebés pueden tener entre 20 y 35% de azúcares en su composición, lo cual es un porcentaje muy elevado y supera con creces la cantidad de azúcar que deben consumir los niños más pequeños.

Por supuesto, las papillas de cereales con miel poseen un aporte superior de hidratos simples, pero aun cuando no llevan azúcares añadidos, las papillas están cargadas de azúcares.

Fuente: Vitónica

¿Es tan malo el azúcar?

Una pista de la que podemos fiarnos es que recientemente la OMS ha recomendado que la ingesta diaria de azúcar común se rebaje por lo menos hasta el 5% de las calorías que ingerimos a lo largo del día. Esta recomendación se fundamenta en la relación probada entre el exceso de consumo de azúcar con la proliferación de casos de diabetes de tipo II, obesidad y caries. Para entender la relación causa-efecto es preciso saber qué es el azúcar y cómo lo metabolizamos.

El azúcar común pertenece al grupo de los carbohidratos. Los carbohidratos de nuestra dieta se presentan en tres formas distintas: polisacáridos, disacáridos y monosacáridos.

cuadro hidratos

Los polisacáridos que ingerimos son de tres tipos principales: almidón de vegetales y granos de cereales, glucógeno del tejido animal y celulosa, que sólo sirve como fibra para aumentar volumen, pero no se metaboliza. Estos polisacáridos (excepto la celulosa) se hidrolizan (se rompen) en la boca por medio de una reacción química realizada por una enzima presente en nuestra saliva. En el estómago, donde el medio es ácido, esta enzima se vuelve más lenta y la reacción la llevan a cabo los ácidos del estómago.

La glucosa es el principal producto de la hidrólisis del almidón y del glucógeno, y se absorbe a través de las paredes intestinales hacia la sangre, que la transporta hacia los tejidos, incluidos músculo esquelético, cerebro, corazón e hígado. Un tercio de esta glucosa se va a los músculos esquelético y cardíaco para la producción y almacenamiento de energía; cerca de otro tercio va al cerebro, cuya única fuente de energía proviene de la degradación de esta glucosa (glucólisis); y el tercio restante se va al hígado, donde se almacena como glucógeno.

Los disacáridos de la dieta incluyen la maltosa, la sacarosa (azúcar común o de mesa) y la lactosa (azúcar de la leche). La sacarosa es lo que comúnmente denominamos azúcar, y es lo que suele ser excesivamente abundante en nuestra dieta. En el sistema digestivo, por acción enzimática, la sacarosa se rompe en sus monosacáridos glucosa y fructosa que pasan al torrente sanguíneo.

Artículo completo en: DIMTEILSULFURO

Suicidio homeopático en el que no muere a nadie

Toca Comer. Suicidio homeopático en el que no muere a nadie . Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

El Colectivo No sin Evidencia organizó hace unos días una muy gráfica protesta frente al Ministerio de Sanidad para denunciar la irresponsabilidad de permitir que pastillas de agua y azúcar se vendan como medicamentos a precio de oro.

Y para ello organizaron un suicidio colectivo mediante la ingesta de 40 pastillas de un supuesto somnífero homeopático. Y por supuesto a diferencia de cualquier verdadero somnífero que mata al tomarse 3-4 pastillas, esta ingesta masiva del supuesto medicamento homeopático ni mato a nadie, ni tampoco siquiera produjo la más mínima somnolencia entre los participantes. El único efecto sobre los «suicidas homeopáticos» fue un poco de empacho después de haberse tomado 40 pastillas azucaradas, lo que muy probablemente les produjo el efecto contrario, hiperactividad debido a la alta dosis de azúcar ingerido. Y no se crean que estas fiestas del suicidio homeopático se celebran de vez en cuando y nunca nadie ha resultado dañado.

Pero mientras tanto nuestra enterada ministra de sanidad intentando legalizar una de las mayores estafas pseudomédicas que existen, puesto que sólo la multinacional homeopática Boiron vende «productos» por más de 500 millones de euros. Descorazonador del todo.

Fuente: Diario de un ateo

Campaña que sataniza el azúcar

Toca Comer. Campaña que sataniza el azúcar . Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

El azúcar vuelve a estar en el filo de la navaja, es nuevamente señalada como la culpable de grandes daños a la humanidad, es rechazada y comparada duramente casi con la misma dureza como se juzga el tabaco. Señalada de tener una cadena de producción donde la explotación infantil y la esclavitud son su día a día. No hay lugar para la neutralidad o la duda. Una dura campaña titulada «25 gramos» donde el azúcar es el centro de casi todos los males. ¿hay alguna base científica detrás? ¿todo es tan radicalmente maligno?

La campaña en cuestión se titula “25 Gramos”,inspirados en la cantidad de azúcar que sugiere la Organización Mundial de la Salud como cantidad de consumo correcto, y es  impulsada por VSF Justicia Alimentaria Global la cual con radicalidad alerta sobre los presuntos peligros asociados al incremento del consumo de azúcar.

La campaña denuncia y cuestiona las estrategias de la industria alimentaria para hacer que el azúcar sea omnipresente en la dieta, al tiempo que exige que se regule su comercialización, así como la publicidad de productos azucarados dirigidos al público infantil y que se limite su acceso a través de políticas impositivas, entre otras medidas.

Todo malo, malo y malo

La campaña es dirigida a los consumidores y busca cuestionar la industria alimentaria poniéndola en el paredón y argumentando que todo el manejo tiene un carácter poco transparente y muy dañino para la salud en general. La industria queda culpabilizada de la pandemia de obesidad al incluir cantidades de azúcar en los alimentos y, según la ONG, no hacerlo suficientemente evidente. Es decir, cuestiona la política alimentaria del país, ya que tanto etiquetas como procesos quedan en la mira. Todo en la mira y con un aire de duda.

“25 Gramos” recorre las diferentes fases de la cadena agroalimentaria del azúcar, desde su producción hasta su consumo, pasando por el comercio y la distribución de este producto en todas sus formas analizando, a través de este paradigmático producto las estrategias de la agroindustria, así como las consecuencias que la aplicación de este modelo están acarreando a nivel mundial.

La ONG asegura que en la producción de azúcar las condiciones laborales son infrahumanas en los países productores, hay una destrucción del medio ambiente y genera graves problemas de salud relacionados con el incremento de casos de obesidad y sobrepeso. Una lista de males infinitos.

Una visión extrema y sin matices

El derecho a cuestionarse los procesos y el consumo es parte de la necesidad humana de exploración y supervivencia. Es un derecho y es tan válida como necesaria, pero una visión tan radical y con poco aire crea desconfianza al mostrar todo con un filtro tan negativo.

La satanización del azúcar y culpabilizar a la industria quizás no sea el mejor camino para la búsqueda del bien común. No se trata de buscar culpables sino de encontrar soluciones entre todos. La alimentación y la industria están en el día a día en todos los hogares por lo tanto un juicio tan contundente solo nos llevaría, cumpliéndolo literalmente, a consumir agua y algún alimento criado en el jardín del balcón de casa. Todo no puede ser tan blanco o tan negro. Matices, eso es lo que hace falta matices.

Fuente: ClubDarwin.NET

Los azúcares dañan el cerebro

Toca Comer. Los azúcares dañan el cerebro. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

No hace falta decir que el tema del azúcar se está convirtiendo en un verdadero problema para la alimentación en general. No solamente porque se consuma mucho azúcar en todo, sino porque muchos alimentos llevan más azúcar del que inicialmente podríamos pensar.

El azúcar crea adicción
Sgún un estudio de la Universidad de Princeton, publicado en Neuroscience and Biobehavioral Reviews, el azúcar tendría una capacidad elevadísima para estimular nuestros receptores de opioides cerebrales si se toma como un aporte masivo (si, los mismos receptores que usan las drogas, por ejemplo). Esto implicaría una gran liberación de dopamina, el neurotransmisor encargado de suministrarnos los sentimientos de placer, el mismo que activaría las vías cerebrales que se estimulan con la toma de las drogas adictivas.

Todo esto, en conjunto, implica que el azúcar es una sustancia potencialmente adictiva, por lo que puede llevarnos a sufrir trastornos alimentarios u obesidad por su consumo excesivo.

El azúcar encoge el cerebro y deteriora la memoria
Hemos hablado muchas veces de métodos o hábitos para mejorar la memoria, pero cabe mencionar dentro de ellos que es necesario controlar o disminuir sustancialmente la ingesta de azúcar, ya que se ha demostrado que un exceso de azúcar en sangre provoca un encogimiento (literal) del cerebro.

Así lo afirma un estudio a cargo de la Universidad Nacional de Australia, en el cual se demostró una relación entre la contracción de la amígdala cerebral y el hipocampo delante de niveles normales – elevados de azúcar en sangre. Es decir, una disminución del tamaño cerebral específico en dos áreas responsables de algunas habilidades cognitivas importantes, entre ellas la memoria.

El azúcar puede llegar a provocar demencia
Si no teníamos suficiente con el deterioro de la memoria anteriormente mencionado, un estudio más reciente llevado a cabo por los científicos del Group Health Research Institute, de la Universidad de Washington, llegó a la conclusión de que los niveles elevados de azúcar en sangre (sin llegar a sufrir diabetes) aumentan el riesgo de llegar a sufrir demencia.

Para llegar a tal conclusión se monitorearon los niveles de azúcar (glucosa) en sangre de más de 2000 pacientes mayores de 65 años, con y sin diabetes, durante un periodo de 5 años. Según sus resultados, tan solo con mantener un nivel de 115 mg/dl, que sería alto pero sin llegar a la diabetes, el riesgo de sufrir demencia sería un 18% mayor en comparación a los que tenían unos niveles de azúcar de 100 mg/dl o menos.

Fuente: Medciencia

Alimentos no tan saludables ni ligeros como anuncian

Toca Comer. Alimentos no tan saludables ni ligeros. Marisol Collazos Soto, Rafael BarzanallanaAlgunos de los alimentos que a primera vista podrían parecer más sanos de lo que en realidad son, según señala Laura Jeffers, nutricionista del Centro de Nutrición Humana da Clínica Cleveland de Ohio (Estados Unidos), en el sitio web de información al público de la institución americana.

1. Batidos de frutas: calorías escondidas

Si bien es cierto que existen pocas comidas tan nutricionalmente densas como los vegetales y las frutas, los denominados ‘smoothies‘ pueden convertirse en una auténtica bomba calórica. Dependiendo de los ingredientes del batido, incluyendo la cantidad de fruta, zumo y proteínas se podrían alcanzar hasta las 1500 calorías. Jeffers sugiere prepararlos en casa, añadir fruta para dar sabor pero poniendo el acento en los vegetales, añadiendo algunos de hoja verde por sus grandes beneficios para la salud y su bajo aporte calórico. Si se incluye piña en la combinación se puede contrarrestar el sabor más fuerte de espinacas baby o berza.

2. Muesli o mezcla de frutos secos: raciones pequeñas

El muesli tiene propiedades saludables pero a menudo se emplean en su preparación muchos aceites o grasas. Si está aglomerado o se adhiere a los dedos con facilidad el producto no es saludable. Existen combinaciones de muesli sanas pero aún así, una porción es una cantidad muy pequeña. El muesli contiene hasta 400 calorías en una taza mediana. Lo mismo sucede con las frutas y los frutos secos. Una única taza de almendras contiene más de 500 calorías. Por ello, las raciones deben ser muy reducidas.

3. Bagels y panes especiales: una nueva tentación

Los bagels son roscos de pan salado muy comunes en Europa y Estados Unidos y cada vez más presentes en los comercios españoles. Según señala Jeffers, la mayoría de estos panes contienen tres o cuatro raciones de carbohidratos y suelen rellenarse con aditivos como la crema de queso, lo que les lleva a alcanzar más de las 400 calorías y contener hasta el 25 por ciento de la cantidad diaria recomendada de sodio. Un bagel normal y un donut glaseado tienen alrededor de las mismas calorías: 215 y 229 respectivamente. Los donuts no son un alimento saludable y contienen más azúcar que los bagels pero éstos pueden en ocasiones pasar como una opción saludable para el desayuno o el tentempié de media mañana.

4. Sopa y ensalada: grasas y sal escondidas

Sopa y ensalada pueden constituir una comida saludable pero existen sopas que en realidad están basadas en cremas, lo que las hace ricas en grasas. En lo que se refiere a la ensalada, una vez que se añaden coscorrones de pan, carnes curadas y aliño con aceite dejan de ser una comida baja en calorías. Otro aspecto a tener en cuenta en las sopas envasadas y en restaurantes es el elevado nivel de sodio que presentan. Según indica Jeffers, demasiada sal no sólo aumenta la presión sanguínea sino que también eleva el riesgo de ictus, fallo cardiaco, osteoporosis, cáncer de estómago y enfermedad renal.

5. Alimentos sin grasas: adiós grasa, hola azúcar

Algunos alimentos libres de grasas son más saludables, como el queso y otros productos lácteos hechos con leche desnatada en vez de entera. Sin embargo, habitualmente, los fabricantes de alimentos libres de grasa añaden azúcar o sirope de maíz alto en fructosa para ayudar a los alimentos a conservarse, lo que añade calorías vacías. «Las personas tienden a tener fobia a la grasa pero las grasas saludables son esenciales para la dieta, siempre y cuando se tomen con moderación. Hay que elegir grasas monoinsaturadas, como las de frutos secos o pescado», explica la nutricionista.

6. Productos procesados que imitan la carne

Cuando se toman salchichas o hamburguesas procesadas sin carne hay que tener en cuenta cuál es la proteína que se emplea. Algunas veces estos productos tienen muchos aditivos químicos. Se puede ganar peso aunque se siga una dieta sin carne al tomar tipos erróneos de proteínas. Hay que elegir listas reducidas de ingredientes, cuanto más productos se reconozcan mejor es el alimento.

7. Paquetes individuales: mejor prepararlos en casa

Los paquetes de raciones individuales son útiles para quienes tienen problemas al controlar las raciones pero estos refrigerios no suelen ser una buena fuente de calorías. La nutricionista aconseja tomar una fruta o un yogur o preparar pequeñas raciones en casa utilizando bolsitas de plástico. «Evitarás la subida y bajada rápidas de azúcar que se produce al comer un paquete con 100 calorías de minigalletas». La clave para comer de forma saludable es hacerlo al menos en el 75% de las ocasiones, señala Jeffers que apunta que no consiste sólo en elegir los alimentos bien sino también en tomarlos con moderación. «Es útil recordar que está bien ser indulgente de vez en cuando en vez de optar por todo o nada», concluye.

Fuente: Público.es



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