
Tomar antibióticos puede ser imprescindible para controlar infecciones bacterianas, pero su efecto no se limita al microbio que se quiere eliminar. También puede alcanzar a parte de las bacterias beneficiosas que viven en el intestino, alterar el equilibrio de la microbiota y favorecer molestias como diarrea, náuseas o dolor abdominal. Un estudio publicado en Nature añade ahora una pieza importante a ese rompecabezas: durante un tratamiento antibiótico, una dieta rica en azúcares podría agravar la pérdida de diversidad microbiana intestinal. La Agencia SINC resumió el hallazgo con una recomendación prudente y fácil de entender: evitar los dulces mientras se toman antibióticos podría ayudar a proteger la microbiota.
La investigación, liderada por equipos vinculados a City of Hope, NYU Langone Health y Memorial Sloan Kettering Cancer Center, siguió a 173 pacientes hospitalizados por cánceres de la sangre que iban a recibir un trasplante de células madre hematopoyéticas. Se trata de una población especialmente vulnerable: durante semanas reciben quimioterapia intensiva y antibióticos, a menudo de amplio espectro, para prevenir o tratar infecciones. Esa situación ofrece, además, una oportunidad científica poco habitual: registrar con precisión lo que comen los pacientes y analizar de forma repetida sus muestras de heces. En total, el equipo rastreó 9.419 comidas y evaluó más de 1.000 muestras fecales.
El resultado central fue claro: cuando el consumo de dulces, azúcares y bebidas azucaradas coincidía con la exposición a antibióticos de amplio espectro, la diversidad bacteriana intestinal caía más. En el artículo original, los autores describen que cada aumento de 100 gramos en el consumo de estos productos se asoció con una reducción adicional de la diversidad alfa, una medida que refleja cuántos tipos de bacterias conviven en el ecosistema intestinal y cómo se distribuyen. La pérdida de diversidad importa porque un microbioma más variado suele resistir mejor la invasión de microorganismos oportunistas.
Uno de los protagonistas indeseados fue Enterococcus faecium. Esta bacteria puede formar parte del intestino, pero cuando crece de manera descontrolada —sobre todo en pacientes debilitados o inmunodeprimidos— puede asociarse a infecciones difíciles de tratar. Según NYU Langone, la combinación de dieta azucarada y antibióticos se relacionó con aumentos de esta especie bacteriana en pacientes, y los experimentos en ratones reforzaron la hipótesis: la sacarosa junto con antibióticos favoreció una expansión marcada de Enterococcus en el intestino.
La explicación probable es ecológica. Un intestino sano funciona como una comunidad compleja: muchas bacterias compiten por espacio y nutrientes, producen sustancias útiles y ayudan a mantener a raya a especies oportunistas. Los antibióticos reducen esa competencia al eliminar bacterias sensibles; si, al mismo tiempo, llegan grandes cantidades de azúcares simples, algunas bacterias capaces de aprovecharlos con rapidez pueden encontrar una ventaja. No es que el azúcar “anule” el antibiótico, sino que podría alimentar un desequilibrio favorecido por el propio tratamiento.
Conviene, sin embargo, no exagerar las conclusiones. El estudio no demuestra todavía que todas las personas que toman antibióticos deban seguir una dieta estricta sin azúcar. La población analizada —pacientes con cáncer hematológico sometidos a trasplante— no representa a todos los pacientes que reciben antibióticos por una infección respiratoria, dental o urinaria. Además, se trata de una combinación de observación clínica y experimentación animal: muy valiosa, pero aún necesitada de ensayos clínicos que comprueben si reducir azúcares durante pocos días mejora síntomas, infecciones o recuperación del microbioma en distintos grupos.
Aun así, la recomendación encaja con guías generales de salud pública. La Organización Mundial de la Salud aconseja limitar los azúcares libres a menos del 10 % de la energía diaria —unos 50 gramos al día en una dieta de 2.000 calorías— y señala que reducirlos al 5 % podría aportar beneficios adicionales. También recomienda que los carbohidratos procedan sobre todo de cereales integrales, legumbres, frutas y verduras, no de bebidas azucaradas, bollería, caramelos o postres ultraprocesados.
Para la práctica cotidiana, el mensaje es sencillo: si un médico prescribe antibióticos, no hay que suspenderlos ni reducir dosis por cuenta propia. Pero durante esos días puede ser sensato evitar refrescos, bebidas deportivas azucaradas, zumos, golosinas, bollería, postres industriales y batidos muy dulces, salvo indicación médica específica. En su lugar, y si el estado de salud lo permite, pueden priorizarse comidas simples: agua, caldos no azucarados, yogur natural si se tolera, arroz o avena, legumbres, verduras cocidas, fruta entera y proteínas adecuadas. En pacientes oncológicos, diabéticos, con bajo peso o inmunodepresión, cualquier cambio dietético debe consultarse con el equipo sanitario.
El hallazgo también reabre el debate sobre los probióticos. Algunas revisiones, como la de Cochrane, sugieren que ciertos probióticos pueden reducir el riesgo de diarrea asociada a antibióticos o por Clostridioides difficile, aunque la evidencia varía según cepas, dosis y tipo de paciente. No son una solución universal ni sustituyen una dieta prudente o el uso responsable de antibióticos.
La conclusión más equilibrada es esta: los antibióticos salvan vidas, pero pueden alterar profundamente la microbiota. Si el azúcar añadido aumenta esa alteración, reducirlo durante el tratamiento es una medida barata, segura para la mayoría de las personas y coherente con una alimentación saludable. No se trata de demonizar todos los carbohidratos ni de culpar al paciente, sino de entender que, en el intestino, los medicamentos y la comida actúan en el mismo escenario. Y ese escenario —la microbiota— puede ser clave para recuperarse mejor.












Algunos de los alimentos que a primera vista podrían parecer más sanos de lo que en realidad son, según señala Laura Jeffers, nutricionista del Centro de Nutrición Humana da Clínica Cleveland de Ohio (Estados Unidos),