Caciocavallo dell’emigrante: el queso que escondía un salami para cruzar la aduana

Por fuera, un queso de apariencia corriente; por dentro, un embutido que debía pasar inadvertido. El caciocavallo dell’emigrante conserva una de las historias más singulares de la gastronomía italiana: según la tradición, nació para ocultar productos de cerdo y sortear los controles aduaneros estadounidenses. El escondite era comestible y, una vez abierto, ofrecía dos sabores familiares a quienes habían dejado su país. Hoy sigue elaborándose, convertido en especialidad artesanal y recuerdo de aquella emigración.

Un equipaje cargado de nostalgia

El telón de fondo fue el éxodo italiano hacia América. Según la Biblioteca del Congreso estadounidense, para 1920 habían llegado al país más de cuatro millones de italianos. Muchos eran campesinos y jornaleros del sur que buscaban un trabajo estable. Quienes se quedaban mantenían el contacto con sus familias y enviaban dinero a casa: partir no significaba necesariamente romper con el lugar de origen.

En ese escenario se sitúa el relato del queso clandestino. La Accademia Italiana della Cucina explica que las restricciones estadounidenses impedían desembarcar embutidos de cerdo, mientras que el queso podía entrar. La solución consistió en envolver salamis y soppressate con pasta de caciocavallo. El objetivo era que una inspección exterior solo encontrara un producto lácteo. No se buscaba inventar un aperitivo extravagante, sino conservar los sabores de casa pese a la prohibición.

Conviene, sin embargo, separar esa tradición de una cronología demostrada. El Caseificio S. Antonio sitúa el origen a comienzos del siglo XX; el Caseificio Starace lo vincula a la posguerra. Las versiones coinciden en el mecanismo del escondite, pero no permiten fijar una fecha única de nacimiento. Por eso resulta más prudente hablar de una práctica recordada por los productores que de un invento perfectamente documentado.

El vínculo entre comida y desarraigo sí está ampliamente documentado. El Museo Canadiense de la Inmigración en Pier 21 conserva testimonios de pasajeros que escondían embutidos y de funcionarios que confiscaban alimentos para proteger la agricultura. Son experiencias de otra frontera, no pruebas del origen de este queso, pero ayudan a comprender por qué una salchicha podía tener un valor emocional muy superior a su precio.

Cómo se construye un escondite comestible

El caciocavallo no nació con aquel truco: pertenece a una tradición quesera mucho más antigua del sur italiano. Su nombre suele relacionarse con la costumbre de atar las piezas por parejas y dejarlas madurar a horcajadas sobre una viga. Así lo explica el consorcio del Caciocavallo Silano, una de sus variedades protegidas. Según esa interpretación, la alusión al caballo remite a la colocación del queso, no a leche de yegua.

La clave está en la pasta hilada. En la elaboración tradicional, la leche cuaja y la masa pasa por una fase de maduración antes de trabajarse con agua muy caliente. El quesero la estira hasta obtener una pasta elástica y la moldea mientras conserva esa flexibilidad. Es un proceso que permite cerrar y alisar la superficie de las piezas antes del enfriado y la salazón.

Para la versión rellena, el momento decisivo llega durante el hilado. El quesero Achille De Luca explicó a La Repubblica que introduce entonces el embutido ya curado y continúa modelando la pieza hasta ocultarlo por completo. La maduración posterior puede ir de 60 días a 12 meses, según la intensidad buscada. Por eso no es simplemente queso acompañado de salami: ambos productos permanecen juntos dentro de una misma pieza.

Del equipaje a la tabla de quesos

Uno de sus territorios de referencia es el Vallo di Diano, en la provincia de Salerno, Campania, donde algunas queserías mantienen esta elaboración. En Sala Consilina, por ejemplo, el Caseificio S. Antonio comercializa un queso de leche de vaca relleno de soppressata curada, un embutido de cerdo. Su ficha declara un 20 % de relleno: al cortarlo aparece ese corazón de carne que el exterior mantenía oculto.

La idea también tiene parientes calabreses. En un reportaje sobre la feria Cheese de 2023, Gazzetta d’Alba documentó los quesos del Caseificio Brizzi, con interiores de soppressata, capocollo o ’nduja. Cambian el embutido y la forma, pero permanece el mismo principio: un producto de charcutería envuelto en queso. Esa diversidad muestra que el antiguo escondite admite distintas interpretaciones.

En la mesa, el interés no se limita a la sorpresa visual. La dulzura del queso se encuentra con el aroma intenso del embutido. La Accademia recomienda servirlo solo, en lonchas no demasiado gruesas, como entrante. Así se percibe la combinación sin esconderla bajo salsas ni elaboraciones complicadas: el antiguo envoltorio tiene tanto protagonismo como lo que guarda.

Su pasado clandestino no debe confundirse con un consejo para viajar. Las normas estadounidenses actuales permiten determinados quesos sólidos siempre que no contengan carne y obligan a declarar los productos agroalimentarios. Por tanto, envolver un embutido en queso no lo convierte automáticamente en admisible. La historia de esta especialidad no elimina los controles sanitarios.

Visto así, el caciocavallo dell’emigrante puede leerse como un pequeño archivo de la emigración: guarda una técnica artesanal y el deseo de llevarse algo propio cuando casi todo cambia. Lo que, según la tradición, se ocultaba a los inspectores es ahora lo primero que se muestra al cortar la pieza.

Caciocavallo dell’emigrante: el queso que escondía un salami para cruzar la aduana

Por fuera, un queso de apariencia corriente; por dentro, un embutido que debía pasar inadvertido. El caciocavallo dell’emigrante conserva una de las historias más singulares de la gastronomía italiana: según la tradición, nació para ocultar productos de cerdo y sortear los controles aduaneros estadounidenses. El escondite era comestible y, una vez abierto, ofrecía dos sabores familiares a quienes habían dejado su país. Hoy sigue elaborándose, convertido en especialidad artesanal y recuerdo de aquella emigración.

Un equipaje cargado de nostalgia

El telón de fondo fue el éxodo italiano hacia América. Según la Biblioteca del Congreso estadounidense, para 1920 habían llegado al país más de cuatro millones de italianos. Muchos eran campesinos y jornaleros del sur que buscaban un trabajo estable. Quienes se quedaban mantenían el contacto con sus familias y enviaban dinero a casa: partir no significaba necesariamente romper con el lugar de origen.

En ese escenario se sitúa el relato del queso clandestino. La Accademia Italiana della Cucina explica que las restricciones estadounidenses impedían desembarcar embutidos de cerdo, mientras que el queso podía entrar. La solución consistió en envolver salamis y soppressate con pasta de caciocavallo. El objetivo era que una inspección exterior solo encontrara un producto lácteo. No se buscaba inventar un aperitivo extravagante, sino conservar los sabores de casa pese a la prohibición.

Conviene, sin embargo, separar esa tradición de una cronología demostrada. El Caseificio S. Antonio sitúa el origen a comienzos del siglo XX; el Caseificio Starace lo vincula a la posguerra. Las versiones coinciden en el mecanismo del escondite, pero no permiten fijar una fecha única de nacimiento. Por eso resulta más prudente hablar de una práctica recordada por los productores que de un invento perfectamente documentado.

El vínculo entre comida y desarraigo sí está ampliamente documentado. El Museo Canadiense de la Inmigración en Pier 21 conserva testimonios de pasajeros que escondían embutidos y de funcionarios que confiscaban alimentos para proteger la agricultura. Son experiencias de otra frontera, no pruebas del origen de este queso, pero ayudan a comprender por qué una salchicha podía tener un valor emocional muy superior a su precio.

Cómo se construye un escondite comestible

El caciocavallo no nació con aquel truco: pertenece a una tradición quesera mucho más antigua del sur italiano. Su nombre suele relacionarse con la costumbre de atar las piezas por parejas y dejarlas madurar a horcajadas sobre una viga. Así lo explica el consorcio del Caciocavallo Silano, una de sus variedades protegidas. Según esa interpretación, la alusión al caballo remite a la colocación del queso, no a leche de yegua.

La clave está en la pasta hilada. En la elaboración tradicional, la leche cuaja y la masa pasa por una fase de maduración antes de trabajarse con agua muy caliente. El quesero la estira hasta obtener una pasta elástica y la moldea mientras conserva esa flexibilidad. Es un proceso que permite cerrar y alisar la superficie de las piezas antes del enfriado y la salazón.

Para la versión rellena, el momento decisivo llega durante el hilado. El quesero Achille De Luca explicó a La Repubblica que introduce entonces el embutido ya curado y continúa modelando la pieza hasta ocultarlo por completo. La maduración posterior puede ir de 60 días a 12 meses, según la intensidad buscada. Por eso no es simplemente queso acompañado de salami: ambos productos permanecen juntos dentro de una misma pieza.

Del equipaje a la tabla de quesos

Uno de sus territorios de referencia es el Vallo di Diano, en la provincia de Salerno, Campania, donde algunas queserías mantienen esta elaboración. En Sala Consilina, por ejemplo, el Caseificio S. Antonio comercializa un queso de leche de vaca relleno de soppressata curada, un embutido de cerdo. Su ficha declara un 20 % de relleno: al cortarlo aparece ese corazón de carne que el exterior mantenía oculto.

La idea también tiene parientes calabreses. En un reportaje sobre la feria Cheese de 2023, Gazzetta d’Alba documentó los quesos del Caseificio Brizzi, con interiores de soppressata, capocollo o ’nduja. Cambian el embutido y la forma, pero permanece el mismo principio: un producto de charcutería envuelto en queso. Esa diversidad muestra que el antiguo escondite admite distintas interpretaciones.

En la mesa, el interés no se limita a la sorpresa visual. La dulzura del queso se encuentra con el aroma intenso del embutido. La Accademia recomienda servirlo solo, en lonchas no demasiado gruesas, como entrante. Así se percibe la combinación sin esconderla bajo salsas ni elaboraciones complicadas: el antiguo envoltorio tiene tanto protagonismo como lo que guarda.

Su pasado clandestino no debe confundirse con un consejo para viajar. Las normas estadounidenses actuales permiten determinados quesos sólidos siempre que no contengan carne y obligan a declarar los productos agroalimentarios. Por tanto, envolver un embutido en queso no lo convierte automáticamente en admisible. La historia de esta especialidad no elimina los controles sanitarios.

Visto así, el caciocavallo dell’emigrante puede leerse como un pequeño archivo de la emigración: guarda una técnica artesanal y el deseo de llevarse algo propio cuando casi todo cambia. Lo que, según la tradición, se ocultaba a los inspectores es ahora lo primero que se muestra al cortar la pieza.

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El vaso de la posguerra: leche en polvo y queso americano en la escuela franquista

Entre 1954 y 1968, miles de niños españoles hicieron una cola diaria en la escuela para recibir un vaso de leche en polvo y, en muchos casos, una porción de queso americano. Aquel reparto, procedente de la llamada Ayuda Social Americana y gestionado en España por el SEAN —Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición— y Cáritas, fue presentado como un complemento alimenticio. Sin embargo, con el paso del tiempo se convirtió en mucho más que una medida nutricional: fue un símbolo de la pobreza de la posguerra, de la escuela franquista y de la dependencia alimentaria respecto a Estados Unidos.

España llegaba a los años cincuenta exhausta. Las cartillas de racionamiento habían desaparecido oficialmente en 1952, pero el hambre no se evaporó con un decreto. En muchas familias obreras y campesinas, la dieta seguía siendo escasa: pan, patatas, legumbres cuando las había, algo de tocino, sopas pobres y poca proteína animal. La leche fresca era un lujo en numerosas zonas urbanas y rurales. Para muchos niños, aquel vaso escolar fue durante años la única leche que bebieron con regularidad.

La ayuda estadounidense se entiende dentro del nuevo marco internacional de la Guerra Fría. Tras los acuerdos hispano-norteamericanos de 1953, el régimen de Franco, hasta entonces aislado por su afinidad con las potencias fascistas derrotadas, empezó a integrarse en la órbita occidental. A cambio de bases militares y colaboración estratégica, España recibió créditos, suministros y excedentes agrícolas. Entre ellos llegaron sacos de leche en polvo, queso procesado, mantequilla y otros productos. En la propaganda oficial, aquello se presentaba como generosidad y modernización; en la vida cotidiana, era una mezcla de alivio, disciplina escolar y humillación silenciosa.

El SEAN organizaba el reparto en los centros educativos, mientras Cáritas y redes diocesanas colaboraban en la recepción y distribución de los alimentos. En teoría, el sistema buscaba mejorar la nutrición infantil y enseñar hábitos alimentarios. En la práctica, dependía mucho de cada escuela: de si había agua caliente, recipientes limpios, cucharas suficientes, maestras o maestros dispuestos, y de la habilidad para disolver aquel polvo blanco que venía en grandes envases.

Ahí empieza la memoria amarga. Muchos antiguos escolares recuerdan la leche como una bebida espesa, mal mezclada, con grumos que flotaban o se pegaban al fondo del vaso. Algunos la describen como “yeso húmedo”, “agua con harina” o “engrudo”. Cuando se preparaba con prisas, con agua fría o en proporciones incorrectas, el resultado podía ser casi intragable. A veces quedaba una espuma o película densa en la superficie, confundida con nata, que se adhería al labio y al estómago. Había niños que se la bebían con resignación; otros la escondían, la tiraban o intentaban cambiarla por cualquier cosa.

El queso americano dejó una huella parecida. No era el queso tradicional de oveja, cabra o vaca que algunos conocían en los pueblos, sino un queso procesado, compacto, salado y gomoso. Llegaba en bloques o latas y se cortaba en porciones. Su textura era extraña para muchos paladares: se pegaba al cielo de la boca, costaba tragarlo y tenía un sabor industrial. Para algunos niños fue una golosina rara, una novedad llegada de otro mundo. Para otros, era “plástico tibio”, una obligación más de la escuela.

Sin embargo, reducir aquella ayuda al asco sería injusto. En una España pobre, donde muchas familias no podían garantizar una alimentación suficiente, la leche en polvo y el queso aportaron proteínas, grasa, calcio y calorías. Hubo madres que agradecieron profundamente aquel suplemento porque sabían que sus hijos comían poco en casa. Hubo niños que crecieron con mejor salud gracias a ese vaso diario. La memoria, como suele ocurrir, es contradictoria: gratitud y rechazo, hambre y repugnancia, necesidad y vergüenza.

El programa también revela una contradicción política. La dictadura exaltaba la autosuficiencia nacional, el orgullo patrio y la victoria, pero necesitaba alimentos extranjeros para alimentar a sus escolares. En las aulas donde colgaban el crucifijo, el retrato de Franco y el de José Antonio, muchos niños bebían leche procedente de los excedentes agrícolas de EE. UU. El régimen utilizó esa ayuda como prueba de normalización internacional, mientras ocultaba que la miseria seguía muy presente. La caridad funcionaba como remedio, pero también como propaganda.

Con el desarrollismo de los años sesenta, la mejora económica, la expansión del consumo y el acceso más amplio a leche fresca y otros alimentos, aquel reparto fue perdiendo sentido. Hacia 1968 desapareció como experiencia generalizada, aunque en algunos lugares los recuerdos se prolongan de forma imprecisa. Lo que quedó fue una memoria poderosa: la del vaso metálico o de cristal, la fila en el patio, el olor dulzón, el maestro vigilando para que nadie lo tirara y la sensación de estar tragando no solo leche, sino pobreza.

Hoy, cuando se pregunta “¿tomaste leche en polvo y queso americano?”, muchas respuestas no hablan solo de comida. Hablan de infancia, de escasez, de escuelas frías, de madres que hacían milagros y de un país que sobrevivía entre la propaganda y la necesidad. Para unos fue alimento; para otros, castigo. Para casi todos, una señal imborrable de una época en la que hasta la leche sabía a posguerra.

Fuentes de referencia: memorias y documentación histórica de Cáritas Española; normativa y referencias del BOE sobre alimentación escolar; hemerotecas de prensa de época; estudios sobre autarquía y posguerra de Carlos Barciela y Antonio Cazorla; trabajos sobre las relaciones España-EE. UU. de Ángel Viñas y Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla; testimonios orales recogidos en archivos y museos pedagógicos.

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El doble filo del moho: Cómo el penicillium arruina y crea alimentos icónicos

En el microcosmos de nuestra cocina, pocos organismos tienen una reputación tan dual y fascinante como el moho del género Penicillium. Para el ojo inexperto, su aparición en una tajada de pan o en una fruta olvidada es la sentencia de muerte del alimento: un vello borroso, verdoso o azulado que desencadena el gesto de repulsión y el viaje directo a la basura. Sin embargo, para un maestro quesero, ciertas especies del mismo género son su aliado más preciado, el artífice de cremosidades, vetas azules y aromas que han hecho famosos a quesos como el Roquefort, el Gorgonzola o el Camembert. Este hongo, comúnmente conocido como moho, es el ejemplo perfecto de cómo un mismo proceso biológico puede ser un agente de deterioro o un instrumento de exquisitez culinaria.

La Biología de un Descomponedor Incansable

El Penicillium es un género de hongos filamentosos (mohos) ubicuo en nuestro entorno. Se reproduce mediante esporas, pequeñas y ligeras, que viajan sin esfuerzo por el aire hasta encontrar un sustrato hospitalario. Al aterrizar en un alimento, y si las condiciones de humedad y temperatura son las adecuadas, la espora germina y comienza a tejer una red de finos hilos llamados hifas, formando en conjunto una maraña conocida como micelio. Es este micelio el que vemos a simple vista como el característico «pelaje» del moho.

La verdadera acción, sin embargo, ocurre a nivel molecular. El Penicillium es un maestro de la química. Para alimentarse, secreta al exterior un potente cóctel de enzimas: amilasas que descomponen los almidones en azúcares simples, proteasas que rompen las proteínas en aminoácidos y lipasas que degradan las grasas en ácidos grasos. Estas molécula más simples son luego absorbidas por el hongo para su crecimiento y metabolismo.

El Enemigo en la Despensa: Estrategias para Combatirlo

En la mayoría de los alimentos, esta actividad enzimática es la causa directa del deterioro. Los cambios de color, la aparición de olores a humedad o rancios y la textura blanda y acuosa son el resultado de la descomposición del alimento. Para evitar que nuestro pan, frutas, verduras o quesos frescos se conviertan en un ecosistema para Penicillium, la clave reside en romper su ciclo de vida. Las estrategias más efectivas se basan en tres pilares:

  1. Control de la Temperatura y la Humedad: El frío es un freno metabólico. Mantener la refrigeración a 4 °C o menos no mata al hongo, pero ralentiza drásticamente su crecimiento. Mientras tanto, un ambiente seco (baja humedad relativa) deshidrata las esporas y el micelio, dificultando su expansión.
  2. Higiene y Aislamiento: Las esporas están en todas partes. Una limpieza regular de superficies, neveras y despensas reduce la carga de esporas en el ambiente. Además, es crucial aislar los alimentos, utilizando envoltorios herméticos o recipientes cerrados, para evitar que las esporas transportadas por el aire contaminen otros productos.
  3. Materia Prima y Rotación de Stock: Utilizar ingredientes frescos y en buen estado reduce la probabilidad de que las esporas ya estén presentes. Una correcta rotación de alimentos (aplicando la regla «primero en entrar, primero en salir») asegura que no dejemos que ningún producto se deteriore olvidado en el fondo de la nevera.

A pesar de todas estas medidas, el Penicillium es un superviviente nato. Puede crecer incluso en entornos relativamente hostiles, como en mermeladas con alto contenido de azúcar o en superficies ligeramente ácidas, lo que lo convierte en una de las principales causas de pérdida de alimentos a nivel doméstico e industrial.

El Aliado en la Quesería: La Alquimia Controlada

Pero aquí reside la paradoja: el mismo poder que convierte un tomate en una bola de pus es el que nos regala algunos de los placeres gastronómicos más sofisticados. La industria quesera ha aprendido a domesticar a este «enemigo». En condiciones de laboratorio, se cultivan cepas específicas y seguras de Penicillium, principalmente Penicillium roqueforti y Penicillium camemberti.

  • Penicillium roqueforti: Es el responsable de los quesos azules. Se añade a la leche o se inyecta en la cuajada. Durante el afinado, se pincha el queso con agujas para crear conductos de aire. El hongo, que necesita algo de oxígeno para crecer, prolifera en estos conductos y en las grietas. Sus lipasas y proteasas actúan sobre la grasa y la proteína de la leche, creando los compuestos que dan el sabor picante, ligeramente picante y la textura marmórea y cremosa. Las vetas azul-verdoso no son más que las esporas del hongo.
  • Penicillium camemberti: Es la estrella de los quesos de corteza florida como el Camembert y el Brie. En este caso, el hongo se pulveriza sobre la superficie del queso. A medida que crece, forma una corteza blanca y aterciopelada. Actúa de afuera hacia adentro: sus enzimas descomponen la proteína de la cuajada desde la superficie hacia el centro. Este proceso de proteolisis «licúa» el interior del queso, transformando una cuajada firme y gomosa en una pasta suave, untuosa y con un sabor característico a mantequilla, champiñón y tierra.

En ambos casos, la lección es la misma: el control. En la naturaleza, el Penicillium causa el caos; en la quesería, un control meticuloso de la temperatura, la humedad y la cepa utilizada convierte ese caos químico en una obra maestra sensorial.

Conclusión: Una Cuestión de Contexto

El Penicillium nos enseña que, en el mundo de los alimentos, no existen buenos o malos absolutos, sino contextos. Lo que para un tomate es una sentencia de muerte, para un queso azul es el origen de su carácter. Comprender su biología –cómo crece, qué necesita y qué produce– nos permite, por un lado, desarrollar estrategias más efectivas para preservar la frescura y seguridad de nuestros alimentos y, por otro, aprovechar su maquinaria enzimática para crear nuevos sabores y texturas. El moho, ese pequeño y omnipresente hongo, es un recordatorio de que incluso los procesos de descomposición pueden ser, con el conocimiento adecuado, la base de la más alta cocina.

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Los quesos de Québec entre los mejores de Canadá

Toca Comer. Los quesos de Québec entre los mejores de Canadá. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

21 quesos de Quebec  figuran en la lista de 58 finalistas para la octava edición de Grand Prix des Fromages Canadiens. Queseros de todo el país participaron en este prestigioso concurso, al que se presentaron en 19 categorías 225 quesos.

El Grand Prix des Fromages Canadiens está financiado y organizado por la Asociación de Productores Lecheros de Canadá cada dos años para celebrar la calidad  superior, versatilidad y sabor del queso canadiense hecha con el 100% de leche canadiense. Todos los quesos  admitidos han de ser producidos en Canadá , muestran el símbolo 100% Leche canadiense en sus envases y estarán disponible en el mercado.

«Los fabricantes de quesos de Canadá  producen quesos de calidad notable», dijo Phil Belanger, presidente del jurado de Canadian Cheese Grand Prix. «La variedad de quesos inscritos en 19 categorías muestra sin lugar a dudas la evolución de la experiencia en Canadá. Ya sea Cheddars  o quesos orgánicos, los fabricantes de queso en todo el país continúan evolucionando su arte y su control y son la envidia de otros países productores de queso. »

Los miembros del jurado  observaron cuidadosamente, sentido, olor y sabor de cada queso y fueron evaluados de acuerdo a criterios específicos, entre ellos, el sabor, la textura y el color de la corteza, la apariencia y la sal.

Los campeones de cada categoría y el Grand Champion serán anunciado en la Gala de  Grand Prix des Fromages Canadiens 2013 en el Hyatt Regency Montreal,  el 18 de abril.

Este premio fue lanzado en 1998 para fomentar la excelencia y la innovación en la fabricación de queso y disfrutar de una mejor calidad de los quesos. El concurso rinde homenaje a la gran variedad de quesos elaborados en Canadá, desde goudas al queso azul

Foto: Mathieu Thouvenin via photopin cc

Hasta los quesos protegen contra hurtos en los supermercados

Toca Comer.   . Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Habitualmente los supermercados e hipermercados protegían contra robo productos de alto valor, susceptibles de ser robados.

Recientemente se ha ampliado el tipo de productos, a los chicles (ocupan poco espacio por lo que son fáciles de ocultar) y quesos en lonchas y en mini bolas, como se ve en la foto, lo cual parece excederse en la protección antihurto, del supermercado catalán de donde procede la imagen.

La Universidad de Murcia y Alimer lanzan al mercado un nuevo tipo de queso

Toca Comer. Queso de Alimer diseñado en la Universidad de Murcia. Marisol Collazos SotoEl nuevo producto denominado «Flor de Azahar» se comercializará envuelto en hojas secas de limón. Presenta la peculiaridad de que para su coagulación no se utilizan cuajos de procedencia animal como es habitual, sino que por primera vez se ha utilizado la flor de alcachofa y concentrado de zumo de limón. Este alimento ha sido una iniciativa de la cooperativa Alimentos del Mediterráneo (Alimer) y la Universidad de Murcia (UMU).

El queso semicurado es de leche de cabra de la variedad murciano-granadina. Para su fabricación se ha contado con la experiencia del maestro quesero Pere Agudo que ha colaborado en el proceso de fabricación aportando a la visión científica sus conocimientos técnicos.

Este queso ha sido ideado por el grupo de investigación que lidera la profesora María Belén López, del Departamento de Tecnología de los Alimentos, Nutrición y Bromatología de la Universidad de Murcia. El producto ha sido conseguido al amparo de un proyecto del Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial.

La cooperativa Alimentos del Mediterráneo (Alimer) tiene previsto exportar el producto por diferentes puntos de Europa además del mercado nacional, como hace con el resto de productos que elabora la citada cooperativa lorquina.

Fuente: Prinum

 



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