El bufón digital y el triunfo de la anti-intelectualidad: Por qué El Xokas es el síntoma, no la enfermedad

En el ágora digital del siglo XXI, donde la atención es la moneda más valiosa y el algoritmo el tirano que la reparte, se ha erigido un nuevo Olimpo de divinidades erráticas. No son sabios, ni científicos, ni pensadores, ni artistas. Son, en su mayoría, lo que antaño llamábamos, con sorna rural y precisión antropológica, los tontos del pueblo. El arquetipo es fácilmente reconocible para cualquiera que haya vivido en una comunidad pequeña: ese personaje que, amparado en su ignorancia militante, pontifica sobre cualquier asunto con la seguridad aplastante de quien jamás ha sido rozado por la duda metódica. La gran tragedia de nuestro tiempo es que la tecnología no solo ha secuestrado la plaza pública, sino que ha colocado a este arquetipo en su centro, le ha puesto un micrófono de alcance planetario y lo ha ungido como líder de opinión. Dentro de esta galería de esperpentos, ningún espécimen es más representativo y sintomático que Joaquín Domínguez, alias El Xokas. Su imperio no es solo el de un streamer; es el monumento grotesco al auge de los tontos con altavoz.

El misterio sociológico que merecería una tesis doctoral es cómo hemos transitado de una sociedad que, con todos sus defectos, aún respetaba la trayectoria, el conocimiento y la especialización, a una turba digital que desprecia al experto y se arrodilla ante el charlatán que grita más fuerte. La respuesta, aunque compleja, encuentra en El Xokas su perfecto caso de estudio. Su figura es un cóctel perfecto de narcisismo, populismo de barra de bar y una profunda aversión al rigor intelectual, todo ello envuelto en un personaje que monetiza su propia desfachatez. No es un ignorante a pesar de su éxito; es un ignorante que ha hecho de su ignorancia su principal producto de mercado. Su audiencia, una legión de jóvenes desencantados, no le sigue a pesar de sus burradas; le siguen precisamente por ellas. En la comunidad del Xokas, la falta de formación no es una carencia, sino un carnet de autenticidad.

Observemos su modus operandi. No opina, vomita. No debate, imposta un tono de suficiencia chillona donde el volumen suple la falta de argumentos. Su repertorio es el del cuñado digital elevado a la máxima potencia: sentencias absolutas sobre economía, geopolítica, salud y ciencia que harían sonrojar a un estudiante de secundaria. Lo que resulta aterrador, y es aquí donde reside el núcleo del problema, no es que él diga salvajadas, sino el mecanismo de blindaje que opera en su comunidad. Si un académico, un científico o un periodista señala su error, la horda responde con el mantra de la era posverdad: «es solo su opinión», «estáis atacando al pueblo» o, la más dañina de todas, «al menos él es auténtico, no como los vendidos». Se ha creado una moneda de cambio en la que la «autenticidad», entendida como la falta de filtros y de pudor intelectual, vale más que la evidencia empírica.

Este fenómeno implica una perversión profunda del concepto de igualdad. Las redes sociales han demolido las barreras de entrada al discurso público, lo cual en principio es democrático, pero el resultado ha sido una distorsión grotesca: la equiparación de todas las opiniones. En el ecosistema de El Xokas, la opinión de un virólogo con 30 años de investigación sobre una vacuna tiene el mismo peso, o menos, que su «pálpito» visceral emitido frente a millones de personas mientras abre sobres de cromos. Esta falsa horizontalidad epistémica es gasolina para el resentimiento anti-intelectual. El Xokas no empodera a la gente; los embrutece dándoles una excusa para justificar su propia pereza cognitiva. Les susurra al oído: «No necesitas leer, no necesitas estudiar, no necesitas pensar; con sentir y gritar, basta». Es el gurú de la autoindulgencia para una generación criada en la inmediatez del like y la rabia del hate.

La construcción de su personaje es, además, la destilación perfecta de la masculinidad tóxica digital. Su comunicación no es solo agresiva; está basada en la intimidación constante, en la humillación del que se percibe como débil o diferente, y en un materialismo chabacano donde el valor del ser humano se mide por los coches de lujo, los relojes ostentosos y la capacidad de aplastar económicamente al adversario. No hay espacio para la sensibilidad, la duda o la introspección; todo es imposición, reto y fanfarronería. Esta caricatura de hombre exitoso cala de manera tóxica en audiencias que ven en esa agresividad un modelo a seguir. El tonto de pueblo ya no solo es el que sabe de todo sin haber abierto un libro, sino el que se impone por la fuerza bruta, ya sea física o digital, del acoso en manada.

Lo más inquietante es que esta jibarización intelectual no es un mero entretenimiento inocuo. Tiene consecuencias materiales. Cuando este personaje, con su halo de «tío sincero que dice las cosas claras», decide arremeter contra un medio de comunicación que le critica, llamando a sus seguidores a «darles caña» para silenciarlo, está ejecutando una censura por aclamación, un matonismo digital que erosiona los fundamentos del debate público. Su poder no es institucional, pero sí es profundamente antidemocrático. Utiliza su audiencia como un ariete, un ejército privado de zumbados digitales que confunden el disenso con la herejía y al crítico con un enemigo a abatir. Es la tiranía del me gusta y la cancelación orquestada por el que grita más. No es un paladín de la libertad de expresión; es un enterrador de la misma, porque solo la defiende para sí mismo y los suyos.

La culpa, por supuesto, no es solo del bufón, sino de la arquitectura del circo. Las plataformas como Twitch o YouTube se frotan las manos con este tipo de creadores porque la polémica, el drama y la visceralidad generan una retención y un engagement que la divulgación serena jamás podrá alcanzar. El algoritmo adora a los tontos. Son la máquina perfecta de generar horas de visualización, reacciones y contenido derivado. Se ha creado un bucle de retroalimentación perverso donde el sistema premia económicamente la estupidez y penaliza, con la invisibilidad, la complejidad.

Entonces, ¿en qué momento exacto empoderamos al tonto del pueblo? No fue un estallido súbito, sino una erosión lenta. Coincidió con la muerte de los grandes relatos, el desprestigio de las élites culturales, la precarización que dejó a millones de jóvenes sin un futuro tangible y el auge de un entretenimiento que ya no aspira a elevar, sino a reflejar y amplificar las peores pulsiones. El Xokas no creó este páramo de escombros culturales; simplemente llegó, vio que el terreno estaba abonado para el matón que se hace el gracioso, y construyó su imperio sobre él. Es el empresario del caos, el broker de la rabia simplista.

El problema no es que exista un El Xokas. El verdadero escalofrío es que tenga una audiencia millonaria que lo escucha con devoción, que lo defiende con ferocidad religiosa y que aspira a replicar su modelo de «éxito». Son los nuevos desheredados de la inteligencia, convencidos de que la cultura es un instrumento de dominación de élites amargadas y que la verdadera sabiduría reside en el grito pelado y la lágrima fácil de quien «no se corta». Mientras el algoritmo siga recompensando al necio y castigando al sabio, mientras la masa confunda la mala educación con sinceridad y el exabrupto con valentía, la era de los tontos con altavoz no habrá hecho más que empezar. Y El Xokas, mientras tanto, seguirá en su trono, abriendo sobres, dando lecciones de vida y demostrando que, en la batalla por la atención, el combate entre la neurona y el decibelio lo tiene perdido la neurona desde el minuto uno. Es el triunfo del ruido sobre la palabra, de la reacción sobre la reflexión; en definitiva, el triunfo del tonto de pueblo que ahora, tristemente, es el emperador de la aldea global.

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Cuando el cine nos vendió el menú: fast food, refrescos y sueño americano

La cultura del fast food y el llamado “estilo de vida americano” no llegaron a nuestro entorno por arte de magia. Antes de que muchas ciudades se llenaran de cadenas de hamburguesas, pizzas a domicilio, vasos gigantes de refresco y desayunos con cereales azucarados, ya habíamos visto todo eso en la pantalla. El cine, especialmente el de los años 80 y 90, funcionó como una enorme ventana publicitaria, a veces evidente y otras casi invisible, por la que entraron marcas, hábitos y formas de consumo que terminaron pareciéndonos familiares.

Coca-Cola, Pepsi, Pizza Hut, Domino’s, Cheerios, McDonald’s y tantas otras marcas no aparecían en las películas únicamente como decorado. Su presencia respondía a una estrategia muy concreta: el product placement, o emplazamiento de producto. Para los estudios cinematográficos, incluir una marca podía suponer financiación, acuerdos promocionales o apoyo en la distribución de la película. Para las empresas, en cambio, era una oportunidad de oro: sus productos quedaban asociados a personajes carismáticos, escenas memorables y emociones compartidas por millones de espectadores.

El espectador quizá no pensaba conscientemente: “quiero una pizza porque la he visto en esta película”. Pero el mensaje iba calando. La familia que cenaba frente al televisor con cajas de pizza, el grupo de adolescentes que se reunía en una hamburguesería, el niño que desayunaba cereales de colores antes de ir al colegio o el héroe que bebía un refresco helado transmitían algo más que una marca. Representaban una forma de vivir: rápida, cómoda, juvenil, urbana y aparentemente divertida.

En los años 80 y 90, Estados Unidos exportó al mundo una poderosa imagen de sí mismo. No solo a través de sus productos, sino también mediante sus rutinas. El cine mostraba casas amplias con neveras llenas, coches familiares, centros comerciales, fiestas de instituto, autocines, repartidores de pizza y vasos de refresco de tamaño descomunal. Para muchos espectadores de otros países, aquello era novedoso, moderno y atractivo. Incluso cuando esas escenas formaban parte de comedias, películas de aventuras o historias fantásticas, funcionaban como una invitación a participar de ese universo.

No se trataba únicamente de publicidad. También era un reflejo real de la sociedad estadounidense del momento. El auge de las cadenas de comida rápida, la expansión de los centros comerciales y la consolidación de las grandes marcas formaban parte del paisaje cotidiano de Estados Unidos. El cine no inventó ese mundo, pero lo amplificó y lo convirtió en aspiracional. Lo que allí era rutina, fuera podía percibirse como modernidad.

Con el tiempo, muchas de esas imágenes dejaron de parecernos extranjeras. Las marcas que antes veíamos en películas empezaron a abrir locales en nuestras ciudades. Las pizzas a domicilio, las hamburguesas de cadena, los refrescos en vaso grande o los desayunos con cereales industriales pasaron de ser elementos cinematográficos a opciones reales de consumo. El cine había preparado el terreno emocional: cuando llegaron, ya las conocíamos.

La influencia fue especialmente fuerte porque se dirigía a públicos jóvenes. Niños y adolescentes crecieron viendo películas en las que esos productos formaban parte de momentos felices: reuniones con amigos, cumpleaños, escapadas, primeras citas o tardes sin adultos. La comida rápida no se presentaba como un simple alimento, sino como un símbolo de libertad, diversión y pertenencia. Comer una hamburguesa o pedir una pizza era, en cierto modo, parecerse a aquellos personajes que admirábamos.

Hoy somos más conscientes de estas estrategias. Sabemos que muchas apariciones de marcas no son casuales y que detrás puede haber contratos, campañas y cálculos comerciales. Sin embargo, durante mucho tiempo el product placement funcionó precisamente porque se integraba con naturalidad en la historia. No interrumpía la película como un anuncio tradicional, sino que se colaba dentro del relato.

La pregunta interesante es si fuimos conscientes de su presencia. Probablemente, en muchos casos, no. Veíamos la película, seguíamos la historia y aceptábamos ese decorado como parte normal del mundo de los personajes. Pero esa normalidad era precisamente su fuerza. El cine no solo nos contó historias: también nos enseñó qué beber, qué comer, dónde reunirnos y qué asociar con la idea de modernidad.

Quizá no compramos una Coca-Cola, una pizza o una hamburguesa solo por haberlas visto en una pantalla. Pero la pantalla ayudó a convertirlas en algo cercano, deseable y cotidiano. Y cuando una marca consigue formar parte de nuestros recuerdos de infancia o juventud, ya ha logrado mucho más que vender un producto: ha entrado en nuestra cultura.

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McDonald’s y la Abundancia: Un Trillón de Hamburguesas que Sirven al Mundo

Cuando los hermanos McDonald abrieron su pequeño restaurante en California en 1948, ofrecían solo nueve artículos en el menú. Esta simplicidad les permitió reducir costos, aumentar la eficiencia y sentar las bases de lo que sería un modelo de negocio revolucionario. Más de siete décadas después, McDonald’s no solo es una marca reconocida en todo el mundo, sino también el emblema de un fenómeno de abundancia sin precedentes: se estima que ha vendido su hamburguesa número un trillón.

El último conteo oficial se dio en 1994, cuando la compañía anunció con orgullo haber superado los 100.000 millones de hamburguesas vendidas. Desde entonces, el contador desapareció de sus letreros y campañas, pero los cálculos no dejan de asombrar. Hoy, con un promedio estimado de 75 hamburguesas por segundo —lo que equivale a unos 2.360 millones al año—, los números sitúan a McDonald’s dentro de una liga única: la de empresas que han servido literalmente a generaciones enteras.

Abundancia y consumo democrático

El logro de McDonald’s no se mide solo en cifras de ventas. Representa también la capacidad de la innovación empresarial para ofrecer productos accesibles a millones de personas de diferentes clases sociales y contextos culturales. Una hamburguesa de McDonald’s, pese a las críticas sobre su valor nutricional, ha sido durante décadas un producto asequible y predecible, disponible en casi cualquier rincón del planeta.

Este acceso masivo es un ejemplo concreto de lo que algunos economistas, como Gale Pooley, describen como superabundancia: la tendencia de los bienes y servicios a hacerse más accesibles y abundantes a medida que la creatividad humana y la productividad avanzan. En otras palabras, el trillón de hamburguesas no es solo una cifra astronómica, sino también una muestra de cómo la innovación permite transformar recursos limitados en abundancia relativa.

Críticas y paradojas

Por supuesto, el gigante de la comida rápida no está exento de críticas. Temas como la homogeneización cultural, la salud pública y el impacto ambiental de la ganadería son parte de los debates que rodean su modelo de negocio. Sin embargo, lo que resulta innegable es que la demanda de McDonald’s persiste, e incluso crece, en una economía global cada vez más diversa en opciones. La paradoja está en que mientras algunos cuestionan sus efectos, otros lo consideran un símbolo de progreso democrático en el consumo: comida rápida, barata y estandarizada para millones.

El símbolo de una era

El caso de McDonald’s ilustra cómo una empresa puede convertirse en un símbolo de la abundancia moderna. Tal como el automóvil representó movilidad masiva en el siglo XX, la hamburguesa de McDonald’s se convirtió en una especie de “moneda cultural” de consumo globalizado. Con restaurantes en más de 100 países, cada Big Mac no representa solo calorías o sabor: simboliza el triunfo de un modelo logístico y económico capaz de escalar hasta cifras que, hace apenas unas décadas, resultaban impensables.

¿Qué significa un trillón?

Un trillón de hamburguesas equivaldría, en teoría, a que cada ser humano que ha vivido desde mediados del siglo XX hubiera disfrutado de varias de ellas. Es una medida del alcance de la marca, pero también del papel de la alimentación industrial en la historia del consumo global. McDonald’s, más allá de sus arcos dorados, representa la intersección de economía, cultura y tecnología en la construcción de lo que llamamos abundancia moderna.

Conclusión

La historia de McDonald’s y su trillón de hamburguesas es más que una anécdota corporativa. Es una lección sobre cómo la innovación empresarial puede multiplicar la disponibilidad de bienes, cambiar patrones culturales y convertirse en un fenómeno mundial. En el debate entre las críticas y los elogios, lo cierto es que McDonald’s ha dejado una huella imborrable: la de demostrar que la abundancia, cuando la escala es planetaria, puede medirse incluso mordisco a mordisco.

Cafetería táctil para navegar mientras tomas café

En una cafetería situada en Rusia, los tableros de las mesas son táctiles y se comportan como si fueran una gran tableta, tal y como se puede ver en el vídeo.

Estas mesas, diseñadas por una empresa coreana, también sirven para consultar el menú y solicitar el servicio. Las mesas táctiles tienen tanto éxito que se están empezando a instalar en toda clase de establecimientos en diversos países.

Lavado de pollos en KFC

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Me imagino que la mayoría de vosotros conoceréis la cadena de comida rápida de KFC (Kentucky Fried Chicken), bien porque habéis ido a comer algún día, o porque habéis visto en alguna película o serie de televisión sus característicos «cubos» de trozos de pollo.

Pues hoy, os mostramos un vídeo donde podéis ver a unos empleados de KFC, en Braamfontein, pillados infraganti mientras «trabajaban», y ya veréis de qué modo, en su establecimiento.

Resulta que estos empleados han sido grabados fortuitamente mientras llevaban a cabo la limpieza de los pollos que se sirven en el establecimientos, que es el menú básico de esta cadena de restaurantes de comida rápida.

Os dejamos el vídeo para que le echéis un vistazo.

Resulta que en la grabación, llevada a cabo por un vecino del edificio de apartamentos de la zona, se muestra a estos dos hombres lavando los pollos a «manguerazo limpio» mientras los tiran al suelo.

La grabación se ha extendido rápidamente, lo que ha llevado al cierre de ese establecimiento, en concreto y al despido de estos dos empleados cazados infraganti.

Además, debido al escándalo que ha levantado la multidifusión del vídeo, los administradores se han disculpado a través de las redes sociales y han asegurado que se está investigando el incidente ya que ellos no eran conscientes de este tipo de prácticas, asegurando que para la filial de KFC la calidad de sus productos es primordial.

¿Qué sucede en nuestro cuerpo después de tomar un Big Mac?

La Big Mac es uno de esos platos de comida rápida que no necesita presentación, ya que se trata del plato estrella de una importante compañía alimentaria de comida rápida (lo llamamos “comida” por llamarle de alguna forma). Dicho “plato” contiene la friolera de 540 calorías en total, donde 25 g son grasa, sin contar patatas fritas ni refresco asociado, lo que representaría una cuarta parte de las calorías necesarias para un individuo medio y más del 40% de la grasa total diaria recomendada; junto a los nada desdeñables 940 miligramos de sal (lo recomendado son 1.500 mg diarios, y casi los cumplimos de un bocado).

Toca Comer. ¿Qué sucede en nuestro cuerpo después de tomar un Big Mac?. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Fuente en español: Medciencia

Bolsa que se convierte en una útil bandeja

Toca Comer. Bolsa que se convierte en una útil bandeja. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Entre su sucursal de Hungría y la agencia DDB Budapest, han llegado a una creativa solución que le da a la bolsa para llevar de McDonald’s la facilidad de convertirse en una útil e higiénica bandeja.

Con solo retirar una banda que une el fondo de la bolsa con el resto del cuerpo podremos tener una suerte de bandeja hecha de cartón reforzado, que te permite comer tus alimentos de forma ordenada y sin ensuciar a tu alrededor.

Es muy interesante como con unos pequeños ajustes en el diseño de objetos cotidianos se pueden solucionar problemas con los que todos parecemos acostumbrados a lidiar. Aquí tienes un vídeo donde muestran como resolvieron el problema del diseño en las bolsas de McDonald’s.

Fuente: conéctica

Más de la mitad de los empleados de restaurantes de comida rápida necesitan ayudas del Estado

Toca Comer. Más de la mitad de los empleados de comida rápida necesitan ayudas del Estado . Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana«Muy temprano en la mañana, Adriana Álvarez ya estaba lista con su uniforme de McDonald’s para llevar a su hijo a la guardería. Pero este jueves no va a ir a trabajar, va a las protestas por un salario de US$15 la hora.

Ahora gana US$9,75 y pese a que trabaja “a tiempo completo” en un restaurante de Chicago, como muchos en la industria de la comida rápida en Estados Unidos, no llega a fin de mes, necesita de la ayuda del Estado.
La respuesta de más de la mitad de las familias de los empleados de restaurantes de comida rápida es acudir a alguno de los programas de ayudas del Estado.
De eso trata el estudio “Comida rápida, salarios de pobreza” publicado  por el Instituto de Trabajo y Empleo de Universidad de California. El informe calcula que las ayudas a los trabajadores del sector de la comida rápida le cuestan al Estado US$7000 millones al año.
Con eso, el 52% de las familias de quienes trabajan en los restaurantes de comida rápida están en uno o más programas de ayudas sociales, en contraste con el 25% del total de la población activa.
El estudio dice que más de la mitad de las ayudas son en programas de salud (US$3900 millones), pero también se va mucho en exenciones de impuestos (US$1900 millones) o en tickets para la compra de comida (US$1000).
“Los trabajadores de las cadenas de comida rápida están más expuestos a la pobreza. Una de cada cinco familias con un empleado de estas cadenas tiene un ingreso por debajo del umbral de la pobreza y el 43% con un ingreso de dos veces ese umbral o menos”, dice el informe.

Fuente: BBC MUNDO

McDonald’s canjea hamburguesas por latas reciclables

Toca Comer. McDonald's canjea hamburguesas por latas reciclables. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

McDonald’s sabe que el verano trae consigo múltiples espectáculos en la calle y por lo tanto innumerables latas quedan vacías contaminando la ciudad, situación que pasa en múltiples países incluso en la tan desarrollada Suecia. Partiendo de este hecho DDB Estocolmo y McDonald crearon una estrategia promocional para ayudar al planeta y estimular el reciclado de latas premiando a los buenos ciudadanos con hamburguesas a cambio de latas vacías.

La promoción se llevó a cabo con la ayuda de unos paneles gigantes que contenían bolsas de basura a disposición de los transeúntes y la premisa de la promoción titulada «We know accept cards, cash and cans» (aceptamos tarjeta, efectivo o latas), con la explicación que impulsaba a los ciudadanos a tomar una bolsa de panel y rellenarla con tres premios a saber:

  • 10 latas una hamburguesa estándar
  • 10 latas una hamburguesa con queso
  • 40 latas una Big Mac

Aunque los ciudadanos de Suecia están acostumbrados al reciclaje y a la devolución de un importe por llevar sus envases a una máquina adaptada para ello. Esta promoción es más dirigida a los jóvenes que pueden sentirse más estimulados al recibir una hamburguesa que algunas monedas por cada envase.

Fuente: ClubDarwin.NET

Clausurado un suministrador de McDonalds y KFC por vender carne podrida

Toca Comer. Clausurado un suministrador de McDonalds y KFC por vender carne podrida. Marisol Collazos Soto, Rafael BarzanallanaLa Compañía Alimentaria Husi de Shanghái, un proveedor cárnico de varias cadenas de comida rápida en la capital económica de China como McDonalds, KFC y Pizza Hut, ha sido cerrada por las autoridades locales de seguridad alimentaria, tras ser acusada en televisión de vender carne en mal estado.

Un funcionario de la Administración Municipal de Alimentación y Medicamentos del Gobierno de Shanghái ha confirmado a Efe el cierre de las instalaciones de Husi para llevar a cabo una investigación de los hechos. Tanto McDonalds como Yum! Brands, que controla KFC y Pizza Hut, se disculparon, en un comunicado, y la segunda avisó de que algunos productos podrían dejar de estar disponibles durante cierto tiempo en el país debido a la suspensión de compras a Husi.

Según denunció este fin de semana un reportaje de la televisión Dragon TV, la firma falsificó sistemáticamente la fecha de caducidad de parte de la carne que vendía a estas cadenas, que también suspendieron sus compras a Husi. La cadena shanghainesa mostró imágenes grabadas en el interior de una planta cárnica de la compañía clausurada en la que se veía al personal recogiendo carne del suelo y arrojándola a la maquinaria procesadora. También se mostraba cómo los trozos de pollo, McNuggets, descartados por los controles rutinarios de las autoridades eran reprocesados una y otra vez hasta que superaban el control.

Dragon TV también mostró un correo electrónico interno enviado por el equipo de gestión de Husi a sus empleados en el que les exigía que aumentaran la fecha de caducidad de 10 toneladas de carne de ternera congelada. Esa carne, según la información, ya maloliente y de un color verduzco, fue también reprocesada, recongelada y reempaquetada con una nueva fecha de caducidad.

Ampliar en: Público

McDonalds implantará el autoservicio

Toca Comer. McDonalds implanta el autoservicio. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Mediante la réplica de un restaurante  McDonalds, Wincor Nixdorf presenta este innovador kiosko en el evento profesional Wincor World 2014, celebrado el pasado enero. Los clientes del restaurante podrán utilizar el terminal ‘Easy Order’ para seleccionar su menú y pagar directamente con tarjeta. Así se simplifican los procesos de pedido, preparación y pago, especialmente en horas punta.

Wincor Nixdorf ha desarrollado estos terminales de kiosko para McDonalds y ha adaptado su diseño a su imagen corporativa. El interfaz táctil es muy intuitivo y fácil de usar, y los tests realizados hasta el momento reflejan que casi un 50% de los clientes de McDonalds utiliza los kioskos durante las horas punta. La compañía planea desplegar la solución este año en otros países europeos.

En sus 243 franquicias, McDonalds emplea una media de 64.000 personas al año, en un total de 1.440 restaurantes de Alemania. El Wincor World 2014 se ha celebrado en el A2 Forum de Rheda-Wiedenbrück, en Alemania, durante los días 21 y 23 de enero, donde se han reunido profesionales de la industria de banca y retail de más de 90 países.

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