En el ágora digital del siglo XXI, donde la atención es la moneda más valiosa y el algoritmo el tirano que la reparte, se ha erigido un nuevo Olimpo de divinidades erráticas. No son sabios, ni científicos, ni pensadores, ni artistas. Son, en su mayoría, lo que antaño llamábamos, con sorna rural y precisión antropológica, los tontos del pueblo. El arquetipo es fácilmente reconocible para cualquiera que haya vivido en una comunidad pequeña: ese personaje que, amparado en su ignorancia militante, pontifica sobre cualquier asunto con la seguridad aplastante de quien jamás ha sido rozado por la duda metódica. La gran tragedia de nuestro tiempo es que la tecnología no solo ha secuestrado la plaza pública, sino que ha colocado a este arquetipo en su centro, le ha puesto un micrófono de alcance planetario y lo ha ungido como líder de opinión. Dentro de esta galería de esperpentos, ningún espécimen es más representativo y sintomático que Joaquín Domínguez, alias El Xokas. Su imperio no es solo el de un streamer; es el monumento grotesco al auge de los tontos con altavoz.
El misterio sociológico que merecería una tesis doctoral es cómo hemos transitado de una sociedad que, con todos sus defectos, aún respetaba la trayectoria, el conocimiento y la especialización, a una turba digital que desprecia al experto y se arrodilla ante el charlatán que grita más fuerte. La respuesta, aunque compleja, encuentra en El Xokas su perfecto caso de estudio. Su figura es un cóctel perfecto de narcisismo, populismo de barra de bar y una profunda aversión al rigor intelectual, todo ello envuelto en un personaje que monetiza su propia desfachatez. No es un ignorante a pesar de su éxito; es un ignorante que ha hecho de su ignorancia su principal producto de mercado. Su audiencia, una legión de jóvenes desencantados, no le sigue a pesar de sus burradas; le siguen precisamente por ellas. En la comunidad del Xokas, la falta de formación no es una carencia, sino un carnet de autenticidad.

Observemos su modus operandi. No opina, vomita. No debate, imposta un tono de suficiencia chillona donde el volumen suple la falta de argumentos. Su repertorio es el del cuñado digital elevado a la máxima potencia: sentencias absolutas sobre economía, geopolítica, salud y ciencia que harían sonrojar a un estudiante de secundaria. Lo que resulta aterrador, y es aquí donde reside el núcleo del problema, no es que él diga salvajadas, sino el mecanismo de blindaje que opera en su comunidad. Si un académico, un científico o un periodista señala su error, la horda responde con el mantra de la era posverdad: «es solo su opinión», «estáis atacando al pueblo» o, la más dañina de todas, «al menos él es auténtico, no como los vendidos». Se ha creado una moneda de cambio en la que la «autenticidad», entendida como la falta de filtros y de pudor intelectual, vale más que la evidencia empírica.
Este fenómeno implica una perversión profunda del concepto de igualdad. Las redes sociales han demolido las barreras de entrada al discurso público, lo cual en principio es democrático, pero el resultado ha sido una distorsión grotesca: la equiparación de todas las opiniones. En el ecosistema de El Xokas, la opinión de un virólogo con 30 años de investigación sobre una vacuna tiene el mismo peso, o menos, que su «pálpito» visceral emitido frente a millones de personas mientras abre sobres de cromos. Esta falsa horizontalidad epistémica es gasolina para el resentimiento anti-intelectual. El Xokas no empodera a la gente; los embrutece dándoles una excusa para justificar su propia pereza cognitiva. Les susurra al oído: «No necesitas leer, no necesitas estudiar, no necesitas pensar; con sentir y gritar, basta». Es el gurú de la autoindulgencia para una generación criada en la inmediatez del like y la rabia del hate.
La construcción de su personaje es, además, la destilación perfecta de la masculinidad tóxica digital. Su comunicación no es solo agresiva; está basada en la intimidación constante, en la humillación del que se percibe como débil o diferente, y en un materialismo chabacano donde el valor del ser humano se mide por los coches de lujo, los relojes ostentosos y la capacidad de aplastar económicamente al adversario. No hay espacio para la sensibilidad, la duda o la introspección; todo es imposición, reto y fanfarronería. Esta caricatura de hombre exitoso cala de manera tóxica en audiencias que ven en esa agresividad un modelo a seguir. El tonto de pueblo ya no solo es el que sabe de todo sin haber abierto un libro, sino el que se impone por la fuerza bruta, ya sea física o digital, del acoso en manada.
Lo más inquietante es que esta jibarización intelectual no es un mero entretenimiento inocuo. Tiene consecuencias materiales. Cuando este personaje, con su halo de «tío sincero que dice las cosas claras», decide arremeter contra un medio de comunicación que le critica, llamando a sus seguidores a «darles caña» para silenciarlo, está ejecutando una censura por aclamación, un matonismo digital que erosiona los fundamentos del debate público. Su poder no es institucional, pero sí es profundamente antidemocrático. Utiliza su audiencia como un ariete, un ejército privado de zumbados digitales que confunden el disenso con la herejía y al crítico con un enemigo a abatir. Es la tiranía del me gusta y la cancelación orquestada por el que grita más. No es un paladín de la libertad de expresión; es un enterrador de la misma, porque solo la defiende para sí mismo y los suyos.
La culpa, por supuesto, no es solo del bufón, sino de la arquitectura del circo. Las plataformas como Twitch o YouTube se frotan las manos con este tipo de creadores porque la polémica, el drama y la visceralidad generan una retención y un engagement que la divulgación serena jamás podrá alcanzar. El algoritmo adora a los tontos. Son la máquina perfecta de generar horas de visualización, reacciones y contenido derivado. Se ha creado un bucle de retroalimentación perverso donde el sistema premia económicamente la estupidez y penaliza, con la invisibilidad, la complejidad.
Entonces, ¿en qué momento exacto empoderamos al tonto del pueblo? No fue un estallido súbito, sino una erosión lenta. Coincidió con la muerte de los grandes relatos, el desprestigio de las élites culturales, la precarización que dejó a millones de jóvenes sin un futuro tangible y el auge de un entretenimiento que ya no aspira a elevar, sino a reflejar y amplificar las peores pulsiones. El Xokas no creó este páramo de escombros culturales; simplemente llegó, vio que el terreno estaba abonado para el matón que se hace el gracioso, y construyó su imperio sobre él. Es el empresario del caos, el broker de la rabia simplista.
El problema no es que exista un El Xokas. El verdadero escalofrío es que tenga una audiencia millonaria que lo escucha con devoción, que lo defiende con ferocidad religiosa y que aspira a replicar su modelo de «éxito». Son los nuevos desheredados de la inteligencia, convencidos de que la cultura es un instrumento de dominación de élites amargadas y que la verdadera sabiduría reside en el grito pelado y la lágrima fácil de quien «no se corta». Mientras el algoritmo siga recompensando al necio y castigando al sabio, mientras la masa confunda la mala educación con sinceridad y el exabrupto con valentía, la era de los tontos con altavoz no habrá hecho más que empezar. Y El Xokas, mientras tanto, seguirá en su trono, abriendo sobres, dando lecciones de vida y demostrando que, en la batalla por la atención, el combate entre la neurona y el decibelio lo tiene perdido la neurona desde el minuto uno. Es el triunfo del ruido sobre la palabra, de la reacción sobre la reflexión; en definitiva, el triunfo del tonto de pueblo que ahora, tristemente, es el emperador de la aldea global.
Generado por Deepseek v4 pro







La Compañía Alimentaria Husi de Shanghái, un proveedor cárnico de varias cadenas de comida rápida en la capital económica de China como McDonalds, KFC y Pizza Hut, ha sido cerrada por las autoridades locales de seguridad alimentaria, tras ser acusada en televisión de vender carne en mal estado.