El aceite de coco bajo la lupa: por qué eleva el colesterol y no protege el corazón

En la última década, el aceite de coco ha pasado de ser un ingrediente exótico a ocupar estanterías de supermercados, blogs de nutrición y rutinas de bienestar como supuesto superalimento capaz de adelgazar, mejorar la mente y proteger el corazón. Influencers y celebridades lo promueven para cocinar, añadir al café a prueba de balas o incluso para enjuagues bucales. Sin embargo, la cardiología y la nutrición basadas en evidencia cuentan una historia muy distinta: lejos de ser cardioprotector, el aceite de coco es una de las fuentes más concentradas de grasas saturadas de la dieta y eleva el colesterol LDL, causa central de la aterosclerosis.

Desde el punto de vista químico no hay misterio. El aceite de coco contiene entre 90% y 92% de grasas saturadas, una proporción superior a la mantequilla (alrededor de 64%), la manteca de cerdo (40%), el aceite de palma (50%) y muy por encima del aceite de oliva (14%), canola (7%) o girasol (10%). Su principal ácido graso es el ácido láurico (C12:0), que representa casi la mitad del total (48-53%), seguido de mirístico (16-18%), palmítico (8-10%), cáprico, caprílico y una pequeña fracción de oleico monoinsaturado. Esa composición explica que sea sólido a temperatura ambiente y muy estable al calor, pero también su efecto metabólico: los ácidos láurico, mirístico y palmítico son los que más elevan el colesterol sanguíneo.

¿De dónde surge entonces su fama saludable? En gran parte, de la confusión con los triglicéridos de cadena media, los MCT. El marketing afirma que, al ser rico en MCT, el aceite de coco se absorbe rápido, se quema como energía y no se almacena como grasa. Es una verdad a medias. Los verdaderos MCT usados en investigación clínica son el ácido caprílico (C8:0) y el cáprico (C10:0), que representan apenas 13-15% del aceite de coco. El ácido láurico (C12:0), mayoritario, se comporta metabólicamente como un ácido graso de cadena larga: se absorbe vía quilomicrones, llega al hígado y activa los mismos mecanismos que elevan el LDL. Extrapolar a cucharadas diarias de aceite de coco los pequeños ensayos con aceites MCT purificados para pérdida de peso o cognición carece de sustento científico.

La prueba más sólida proviene de ensayos controlados aleatorizados y metanálisis que comparan el aceite de coco con otros aceites. El más citado, publicado en Circulation en 2020 por Neelakantan, Seah y van Dam, de la Universidad Nacional de Singapur y Harvard, reunió 16 ensayos clínicos. El resultado fue contundente: frente a aceites vegetales no tropicales ricos en insaturados como oliva, soja, canola o girasol, el consumo de aceite de coco durante 3 semanas a 2 años aumentó el colesterol LDL en promedio 10,5 mg/dL (0,27 mmol/L) y también el colesterol total, sin reducir los triglicéridos.

Un metanálisis en red de 2018 con 54 ensayos, publicado en Journal of Lipid Research por Schwingshackl y colaboradores, encontró que el aceite de coco elevaba el LDL más que todos los demás aceites evaluados, mientras que los ricos en poliinsaturados, como cártamo, girasol, colza y lino, lo reducían de forma significativa. Revisiones posteriores en Advances in Nutrition (Teng y col., 2020) y en Diabetes & Metabolic Syndrome (Jayawardena y col., 2021) confirmaron el mismo patrón: más LDL y más colesterol total que con aceites insaturados, sin beneficios sobre peso corporal, circunferencia de cintura, glucemia en ayunas, hemoglobina glucosilada o proteína C reactiva.

Es cierto que el aceite de coco también aumenta el colesterol HDL, el llamado colesterol bueno, en unos 4 mg/dL de promedio frente a otros aceites vegetales. Durante años ese dato se usó para afirmar que compensaba la subida del LDL. Hoy sabemos que no es así. Estudios de aleatorización mendeliana y ensayos con fármacos que elevan mucho el HDL, como los inhibidores de CETP, han demostrado que subir el HDL no reduce infartos ni mortalidad. Lo que impulsa la aterosclerosis es la carga de partículas ApoB, reflejada en el LDL y el colesterol no-HDL. Además, frente a la mantequilla, el aceite de coco eleva el LDL de forma similar, con un ligero aumento adicional del HDL que no se traduce en menor riesgo. Subir el HDL a costa de subir el LDL no es un negocio favorable para las arterias.

Tampoco existe evidencia de que el aceite de coco prevenga infartos, ictus o diabetes, ni de que ayude a adelgazar de forma clínicamente relevante. Ningún ensayo aleatorizado ha evaluado eventos cardiovasculares duros con aceite de coco. Los estudios observacionales en poblaciones consumidoras tradicionales de coco, como en Polinesia, Sri Lanka o el sur de India, están confundidos por dietas ricas en pescado, fibra y fruta, alta actividad física y bajo consumo de ultraprocesados. Cuando el aceite de coco se incorpora a una dieta occidental ya rica en grasas saturadas, carnes procesadas y bollería, el efecto neto es aumentar la carga aterogénica. Respecto al Alzheimer, el hipotiroidismo o las supuestas propiedades antimicrobianas y detox, no hay ensayos en humanos que respalden su uso terapéutico. Y la diferencia entre aceite de coco virgen y refinado, aunque relevante para aroma y contenido de polifenoles, es mínima en lípidos: ambos son alrededor de 90% grasa saturada.

Por eso las principales guías son coherentes. El advisory presidencial de la American Heart Association de 2017 sobre grasas alimentarias desaconsejó expresamente el aceite de coco por elevar el LDL sin beneficio probado, recordando que sustituir grasas saturadas por insaturadas reduce el riesgo cardiovascular alrededor de 30%. La Organización Mundial de la Salud, en su directriz de 2023 sobre ácidos grasos, y la Sociedad Europea de Cardiología recomiendan mantener las grasas saturadas por debajo del 10% de la energía total —idealmente por debajo de 6% en personas con hipercolesterolemia o alto riesgo— y preferir aceites ricos en mono y poliinsaturados. La Escuela de Salud Pública de Harvard lo resume de forma tajante: el aceite de coco se comporta más como una grasa animal sólida que como un aceite vegetal saludable.

En la práctica, esto no significa demonizar una receta ocasional con coco rallado o una cucharadita para dar sabor, sino no convertirlo en el aceite de uso diario. Para cocinar y aliñar, la evidencia favorece al aceite de oliva virgen extra dentro de un patrón mediterráneo, y como alternativas al aceite de canola, soja o girasol alto oleico. Quien ya tiene LDL elevado, diabetes, hipertensión o antecedentes familiares de enfermedad coronaria prematura tiene aún más motivos para limitarlo y revisar etiquetas, porque el aceite de coco y de palmiste se esconden en galletas, margarinas, cafés cremosos, chocolates y productos veganos ultraprocesados.

El aceite de coco no es veneno, pero tampoco es un superalimento. Es, esencialmente, una grasa saturada palatable y bien marketeada que eleva tanto el LDL como el HDL, sin pruebas de que reduzca el riesgo cardiovascular, el peso o la glucemia. En salud cardiovascular, lo que baja eventos no es añadir un aceite milagroso, sino el patrón global: más verduras, legumbres, frutas, frutos secos y cereales integrales, menos grasas saturadas y trans, y grasas insaturadas de calidad como base.

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El consumo de huevos no implica riesgo cardiovascular

Toca Comer. El consumo de huevos no implica riesgo cardiovascular. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Por su alto contenido en colesterol, históricamente se ha relacionado a la ingesta de huevo con un aumento del riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular, pero la Fundación Española del Corazón (FEC) pretende modificar esta creencia, en base a los resultados obtenidos por diversos estudios que no solo no han encontrado una relación directa entre su consumo y el aumento de cardiopatías, sino que también señalan que existen numerosos beneficios de este alimento en nuestra salud.

Así, la investigación Egg consumption and risk of coronary heart disease and stroke: dose-response meta-analysis of prospective cohort studies, un meta-análisis basado en ocho estudios y cuyos resultados han sido publicados en el British Medical Journal, demuestra que no existe una relación entre el consumo de un huevo al día y el aumento del riesgo cardiovascular en comparación con la ingesta de un máximo de tres huevos a la semana.

Otro estudio, el HELENA, elaborado por el Departamento de Educación Física y Deportiva de la Facultad de Ciencias del Deporte de la Universidad de Granada, ha concluido tras analizar a 380 adolescentes, que no existe una asociación entre la ingesta de huevo y el perfil lipídico, la adiposidad, la resistencia a la insulina, la tensión arterial, la capacidad aeróbica o el índice de riesgo cardiovascular en los sujetos estudiados, según una nota del Instituto del Huevo.

Es cierto que el huevo contiene colesterol (200 mg la unidad), pero es bajo en grasas saturadas”, explica el Dr. Leandro Plaza, presidente de la FEC. “La hipercolesterolemia en un producto se valora según el balance entre las grasas saturadas y las insaturadas y el huevo contiene un 3,6% de ácidos grasos insaturados, un 1,6% de poliinsaturados y únicamente un 2,8% de grasa saturada, por lo que esta prácticamente no afecta a los niveles de colesterol en sangre.

El huevo es fuente de muchos componentes necesarios en nuestra dieta y beneficiosos para nuestro organismo. Es el caso de la vitamina A (100 g de parte comestible aportan un 28,4% de la cantidad diaria recomendada) vitamina D (36%), vitamina E (15,8%), riboflavina (26,4%), niacina (20,6%), ácido fólico (25,6%), vitamina B12 (84%), biotina (40%), ácido pantoténico (30%), fósforo (30,9%), hierro (15,7%), cinc (20%) y selenio (18,2%), según datos del Instituto de Estudios del Huevo.

Dos huevos aportan unas 141 kcal, que representan el 7% de la energía diaria recomendada en el adulto, que son 2000 kcal. Al no contener hidratos de carbono, esta energía proviene fundamentalmente de su materia grasa. Todos estos beneficios nutricionales hacen del huevo un alimento necesario, que permite ingerir una buena cantidad de energía sin consumir las dañinas grasas saturadas.

Fuente:  Agroinformación

Las grasas saturadas puede que no sean tan perjudiciales para las enfermedades cardiovasculares

Toca Comer. Las grasas saturadas puede que no sean tan perjudiciales para las enfermedades cardiovasculares. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Un estudio publicado en el British Medial Journal y elaborado por Aseem Malhotra, afamado cardiólogo británico que trabaja en el hospital universitario de Croydon (Londres), afirma que el consumo de productos con un bajo contenido en grasa “paradójicamente” incrementa el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares.

Así, las personas que consumen solo este tipo de productos sin grasas pensando que son mejores para la salud y ayudan a reducir peso no conocen que muchos de ellos poseen altos contenidos en azúcares añadidos que sustituyen a las grasa.

Apuesta por diferenciar las denominadas como grasas trans, que habitualmente pueden encontrarse en los productos de comida rápida o en la margarina de aquellas que se pueden encontrar en los productos lácteos, el queso o la carne, que no son tan malas para la salud.

También ha criticado la obsesión por los niveles de colesteról que ha llevado incluso a que las personas consuman medicamentos como la estatina para reducir la cantidad de grasas dañinas en la sangre. Según Malhotra, “es hora de romper el mito del papel que tienen las grasas saturadas en las enfermedades del corazón”, algo que está presente desde hace más de 40 años en las indicaciones y recomendaciones médicas.

Esta teoría ha sido apoyada por otros científicos británicos como David Haslam, director del Foro Nacional de Obesidad, quien considera que hay evidencias científicas que los carbohidratos refinados y el azúcar son en realidad los responsables de la mayoría de la grasa en la sangre.

Desde la Universidad de Ciudad del Cabo, Timothy Noakes, profesor de Ciencias del Deporte y la Actividad Física de la Universidad del Cabo, considera que el peor error médico de nuestra era es considerar la alta concentración de colesterol en sacre como la única causa de las enfermedades coronarias.

Fuente: Alimentariaonline

Comer huevos no se asocia con altos niveles de colesterol en adolescentes

Toca Comer. Huevos y colesterol. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

Un nuevo estudio liderado por investigadores de la Universidad de Granada analiza la asociación entre la ingesta de huevo en edad adolescente y los principales factores de riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, como el perfil lipídico, la adiposidad, la resistencia a la insulina o la tensión arterial.

“Tradicionalmente los profesionales de la salud mantenían que comer huevos incrementaba el nivel de colesterol, por ello en las últimas décadas ha habido una tendencia a restringir su ingesta desde diversos organismos de salud pública”, explica a SINC Alberto Soriano Maldonado, primer autor del trabajo.

Sin embargo, las investigaciones más recientes afirman que el incremento del colesterol plasmático parece estar más influenciado por la ingesta de grasas saturadas y grasas trans –presentes en carnes rojas, bollería industrial, etc.–, que por el propio colesterol de la dieta.

Así, los resultados de este artículo, perteneciente al estudio europeo HELENA y con nueve países implicados, demostraron que comer más cantidad de huevo no se vincula con un mayor nivel de colesterol plasmático ni con un peor perfil cardiovascular en adolescentes, independientemente de su actividad física.

“Las conclusiones, publicadas en la revista Nutrición Hospitalaria, concuerdan con estudios recientes en adultos sanos que sugieren que una ingesta de hasta siete huevos por semana no está asociada con un mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares”, apunta Soriano.

Como consecuencia, los autores sugieren una revisión de las recomendaciones para la alimentación de los adolescentes, si bien sostienen que sería conveniente replicar la investigación en una población en la que la ingesta de huevo fuese superior.

“El huevo es un alimento barato y rico en proteínas de primera calidad, minerales, folatos y vitaminas del grupo B y, por tanto, puede aportar gran cantidad de los nutrientes que son necesarios en edad adolescente para un óptimo desarrollo”, subraya el investigador.

Fuente:  sinc



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