Viñedos sobre tierra robada: el negocio del vino israelí en Palestina

En las colinas de Cisjordania y los Altos del Golán, entre olivos centenarios y pueblos palestinos, se extienden hoy viñedos que no son frutos del azar, sino de una estrategia. La industria vitivinícola israelí, presentada al mundo como un símbolo de innovación y calidad, oculta tras sus etiquetas una realidad menos dulce: la ocupación, el despojo y la colonización de tierras palestinas. Lo que para algunos es un vino premiado, para otros es el resultado de décadas de expulsiones, restricciones y apropiación de recursos.

La expansión de los viñedos: colonización disfrazada de progreso

Desde la ocupación israelí de Cisjordania y Jerusalén Este en 1967, y la anexión de facto de los Altos del Golán sirio en 1981, el Estado de Israel ha promovido la instalación de colonias judías en estos territorios. Según datos de la ONU y organizaciones de derechos humanos, más de 700000 colonos israelíes viven actualmente en Cisjordania, en asentamientos considerados ilegales por el derecho internacional.

En este contexto, la viticultura se ha convertido en un instrumento clave. Empresas como Psagot Winery, Tura Winery y Golan Heights Winery operan en colonias como Psagot, Rehelim o los Altos del Golán, produciendo vinos que se exportan a Europa, Estados Unidos y Asia. Estas bodegas no solo generan millones en beneficios, sino que también consolidan la presencia israelí en tierras palestinas, dificultando cualquier futuro acuerdo de paz basado en la devolución de territorios.

“Los viñedos son una forma de colonización silenciosa. No requieren tanta mano de obra como otros cultivos, pero ocupan grandes extensiones de tierra y dan una imagen de normalidad a la ocupación”, explica Rania Muhareb, investigadora de Al-Haq, una organización palestina de derechos humanos.

El despojo de tierras y agua: recursos robados

La plantación de viñedos en Cisjordania no es un fenómeno aislado, sino parte de un sistema de control territorial. Según informes de B’Tselem y Amnistía Internacional, Israel ha expropiado miles de hectáreas de tierras palestinas bajo el pretexto de “necesidades militares” o “desarrollo agrícola”, para luego cederlas a colonias y empresas israelíes.

En el Valle del Jordán, por ejemplo, comunidades palestinas han denunciado cómo sus tierras, antes dedicadas al cultivo de dátiles y hortalizas, han sido cercadas y convertidas en viñedos gestionados por colonos. Además, el acceso al agua —un recurso escaso en la región— está severamente restringido para los palestinos, mientras que los viñedos israelíes reciben abundante riego gracias a infraestructuras controladas por Israel.

“Antes teníamos pozos y podíamos regar nuestras tierras. Ahora, si intentamos cavar un pozo, el ejército israelí lo destruye. Mientras, los colonos tienen piscinas y viñedos verdes”, relata Abu Mahmoud, agricultor palestino de la zona de Hebrón.

El mercado global: cómplices del despojo

El vino israelí no solo se consume localmente, sino que se exporta a más de 40 países. Empresas europeas y estadounidenses importan estos productos sin cuestionar su origen, a pesar de que la Unión Europea exige el etiquetado de productos procedentes de colonias israelíes. Sin embargo, muchas bodegas eluden esta normativa, vendiendo sus vinos como “producto de Israel” sin mencionar su procedencia real.

En 2020, la Corte de Justicia de la UE ratificó que los productos de las colonias deben ser etiquetados como tales, pero la aplicación de esta medida es irregular. Mientras, campañas como #StolenBeauty o Boycott, Divestment, Sanctions (BDS) han intentado presionar a empresas y consumidores para que boicoteen estos productos.

“Comprar vino de colonias israelíes es financiar la ocupación. Es tan simple como eso”, afirma Omar Barghouti, cofundador del movimiento BDS.

Resistencia y alternativas: el vino palestino como acto de soberanía

Frente a la ocupación, los palestinos han encontrado en la viticultura una forma de resistencia. Proyectos como Cremisan Wine o Palestinian Wine buscan recuperar la tradición vinícola palestina, que se remonta a miles de años, y ofrecer una alternativa ética al mercado.

Estas iniciativas no solo generan empleo local, sino que también visibilizan la lucha por la tierra. Sin embargo, enfrentan obstáculos constantes: restricciones al movimiento, confiscación de equipos y la competencia desleal de las bodegas israelíes, que cuentan con el respaldo del Estado.

“Nuestro vino no es solo un producto, es un acto de soberanía. Cada botella cuenta la historia de nuestra tierra y nuestra gente”, dice Zahi Khouri, fundador de Palestinian Wine.

Conclusión: ¿Qué hay en tu copa?

El negocio del vino israelí en Palestina es un ejemplo de cómo la ocupación se disfraza de progreso económico. Detrás de cada botella hay tierras confiscadas, familias desplazadas y un sistema que premia la impunidad. Mientras el mundo brinda con vinos de colonias, los palestinos siguen luchando por lo más básico: el derecho a cultivar su propia tierra.

La próxima vez que elijas una botella, recuerda: el vino puede ser el fruto de la tierra, pero también de la injusticia. ¿Qué historia quieres apoyar con tu consumo?

Crean superpatata que se riega con agua salada

Toca Comer. Crean superpatata que se riega con agua salada. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

El profesor israelí David Levy lleva investigando más de veinte años el desarrollo de variedades de cultivo capaces de adaptarse a las condiciones extremas de Oriente Próximo.

Este científico del Instituto de Ciencias Vegetales de la Facultad de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente de la Universidad Hebrea de Jerusalén ha desarrollado una variedad de tubérculo que rápidamente ha sido calificado como “superpatata”.

La variedad desarrollada por Levy es capaz de adaptarse a las condiciones más extremas, ideal para los áridos climas tan característicos de la orilla oriental del Mediterráneo. Además, para sorpresa de todos, esta nueva patata se riega con agua del mar, esto es, con agua salada.

Sin duda es algo que puede cambiar radicalmente el mapa socioeconómico de toda la región y de otras zonas con condiciones climáticas similares.

Ya se están celebrando reuniones de científicos de Jordania, Egipto, Líbano, Israel y Marruecos para compartir conocimientos y tender puentes en información y tecnología. Una información que proviene de la Federación de Comunidades Judías de España.

Esta nueva patata podrá ser cultivada en el desierto y regada con agua del mar.

La presión musulmana arrincona el dátil israelí en Mercabarna (Barcelona)

Los musulmanes son grandes consumidores de dátiles, pero rechazan los que se cultivan en Israel. Este boicoteo cotidiano de los comerciantes musulmanes (principalmente de Marruecos y Pakistán, los principales compradores) se vuelve más intenso ahora, coincidiendo con la fiesta sagrada del Ramadán. «Enfocamos la campaña con dátil exclusivamente de Túnez, porque el de Israel no se vende», explica Torres desde su despacho, en una de las naves de frutas y verduras del mercado mayorista de Barcelona.

El dátil que crece en las palmeras de Israel representa casi el 20% del que llega a Mercabarna. Aunque su calidad es superior -es más sabroso, está mejor tratado y su tasa de desperdicio es muy baja- los musulmanes prefieren comprar el que se cultiva en Túnez y Argelia, que copa el 80% de un mercado aún minoritario en España. El sempiterno conflicto entre judíos y palestinos late tras el veto. Este año, el asalto a la llamada flotilla de la libertad ha llevado a varios colectivos a movilizarse -en las calles del barrio, pero también en las redes sociales de Internet- para extender el boicoteo.

«Los israelíes no tienen respeto por nada», dice un paquistaní de barba negra y poblada que se detiene ante el puesto de Frit Ravich -una firma de frutos secos con sede en Girona- para preguntar precios del dátil. El de rama está a entre dos y tres euros el kilo. Todas las cajas que expone Francisco Guerra tienen sello de Túnez. «A muchos no les gusta comprarlo de Israel, por lo de la guerra. Eso dicen. Pero hay otros que miran más el precio», precisa el encargado.

Los musulmanes rompen su ayuno del Ramadán comiendo un número impar de dátiles. Los que se venden son de dos variedades: deglet (el de rama, más económico) y medjoul, que Guerra define como «el pata negra de los dátiles» por su carnosidad y sabor. Este último apareció en el mercado hace 15 años, se produce casi en exclusiva en Israel y Sudáfrica y solo está al alcance de bolsillos desahogados (más de nueve euros el kilo en Mercabarna). Amina, una mujer magrebí que luce hiyab y compara precios, ni se plantea comprarlo. «Es demasiado».

La embajada israelí en España ha expresado su «condena» a esa actitud. «Esperamos que la alternativa de los dátiles israelíes no sean los de Irán, un país que asesina a homosexuales y lapida a mujeres. O los otros países de Oriente Próximo conocidos por sus regímenes dictatoriales y su falta de respeto a los derechos humanos», dijo un portavoz de la embajada.

Noticia completa en: [Enlace bloqueado por la Tasa española AEDE]



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