Hay historias que no necesitan ser verdad para decirla. La leyenda de Simón Gurtubay y su pedido de bacalao desmesurado es una de ellas: improbable, inverificable, y sin embargo perfectamente creíble para cualquiera que conozca el carácter vasco, su devoción por el bacalao y su talento para convertir el desastre en negocio.

Un comerciante, una carta y un cero de más
Corría el siglo XIX y Simón Gurtubay era un comerciante bilbaíno con olfato para el trato y buenas relaciones con proveedores del norte de Europa. En aquella época, el bacalao en salazón era moneda habitual en el comercio atlántico: noruegos, islandeses y terranovenses lo distribuían por toda Europa, y los puertos del Cantábrico eran escala natural en esa ruta.
Según cuenta la leyenda —y subrayemos bien ese término—, Gurtubay redactó un pedido en el que solicitaba entre cien y ciento veinte bacaladas, una cantidad perfectamente razonable para abastecer su negocio. Lo que ocurrió a continuación admite varias versiones según quien la cuente: que un empleado confundió la letra con un número, que el papel estaba borroso, que alguien interpretó el guión entre «100 o 120» como un separador de miles. El caso es que el proveedor entendió otra cosa muy distinta. Y Gurtubay recibió no ciento veinte bacaladas, sino un millón ciento veinte.
Un millón ciento veinte bacaladas. En el muelle de Bilbao. Sin haberlas pedido.
El sitio de Bilbao como providencia inesperada
Aquí es donde la historia adquiere su dimensión mítica. Porque si el cargamento hubiera llegado en tiempos de paz y abundancia, Gurtubay habría tenido un problema grave, quizás ruinoso. Pero la historia, o la leyenda, tiene sentido del drama: el bacalao llegó justo cuando Bilbao estaba sitiada.
Las guerras carlistas asolaron el País Vasco durante décadas. En uno de esos episodios —la narración no siempre es precisa con las fechas—, las tropas carlistas cercaron Bilbao y cortaron el suministro de alimentos. La ciudad empezaba a pasar hambre. Y entonces, como caído del cielo atlántico, apareció el cargamento de Gurtubay: toneladas y toneladas de bacalao en sal, alimento imperecedero, nutritivo, barato de repartir y fácil de preparar.
Bilbao sobrevivió el asedio, en parte, comiendo bacalao.
La historia no está documentada. No hay actas municipales que lo corroboren, ni registros del puerto que refrenden las cifras, ni correspondencia comercial conservada que muestre el famoso malentendido. Los historiadores serios la tratan con la misma distancia con la que tratan cualquier leyenda urbana bien construida: con simpatía y escepticismo a partes iguales. Pero eso, claro, no ha impedido que se cuente y se repita.
Por qué la leyenda funciona
Las leyendas no perduran por ser verdad sino por ser útiles. Esta lo es en varios sentidos.
Primero, explica algo real: el bacalao sí ocupa un lugar absolutamente singular en la gastronomía vasca. El bacalao al pil-pil, el bacalao a la vizcaína, el ajoarriero… no hay otra región española donde el pescado en salazón haya generado una tradición culinaria tan elaborada y tan orgullosa de sí misma. Algo tuvo que disparar esa devoción, y la leyenda ofrece una respuesta cómoda: el bacalao nos salvó la vida, y por eso lo adoramos.
Segundo, encaja perfectamente con la mitología del comerciante vasco: ingenioso, pragmático, capaz de convertir un error en fortuna. No es un héroe épico ni un guerrero; es alguien que supo qué hacer cuando le llegó un cargamento imposible. Eso también dice algo sobre cómo los vascos prefieren verse a sí mismos.
El remate que sí es verdad
Y aquí viene el giro: lo que no está documentado es el pedido, el malentendido y el asedio. Lo que sí está documentado es lo que vino después.
Simón Gurtubay existió. Fue un comerciante importante en la Bilbao del siglo XIX, acumuló capital y prestigio, y en 1857 fue uno de los fundadores del Banco de Bilbao. Una institución que, tras más de siglo y medio de fusiones, absorciones y transformaciones, acabó convirtiéndose en el Banco Bilbao Vizcaya, luego en el BBV y finalmente en el BBVA: hoy uno de los mayores bancos del mundo, con presencia en más de treinta países y decenas de millones de clientes.
O sea: si la leyenda es cierta, uno de los mayores bancos del planeta tiene su origen remoto en un error tipográfico en un pedido de pescado en salazón.
Si la leyenda es falsa, la realidad no es mucho menos novelesca: un comerciante vasco del siglo XIX hizo dinero con el bacalao, fundó un banco, y ese banco sobrevivió hasta el siglo XXI como potencia financiera global.
Coda
Las ciudades necesitan sus mitos fundacionales igual que las personas necesitan sus historias de origen. Bilbao tiene varios, pero pocos tan sabrosos como este. Que el bacalao al pil-pil lleve en su nombre la onomatopeya del aceite emulsionando a fuego lento, que cada sidrería del Casco Viejo sirva tajadas generosas de bacalao desalado, que los cocineros vascos defiendan sus recetas con una seriedad que roza lo litúrgico… todo eso encaja demasiado bien con la leyenda como para que nadie quiera desmentirla del todo.
Al fin y al cabo, Gurtubay fundó el banco. El bacalao sigue en la mesa. Y la historia, verdadera o no, ya forma parte de ambos.
