Muerto por intoxicación de vitamina A al comerse un perro

Toca Comer.   Muerto por intoxicación de vitamina A  al comerse un perro. Marisol Collazos Soto, Rafael Barzanallana

El primer hombre que murió por intoxicación de vitamina A, el explorador polar suizo Xavier Mertz (1883-1913), lo hizo por comerse entero un perro de la raza husky.

Al parecer, Mertz estaba participando en una misión junto a otros dos exploradores con el objetivo de dibujar el mapa del interior de la Antártida. Uno de los miembros del equipo, entonces, se precipitó por una grieta de hielo, llevándose con él la mayoría de los trineos y la mitad de los perros. Los supervivientes tuvieron que recorrer 480 km para volver a la base, pero casi sin provisiones.

En estas condiciones, se vieron obligados a comerse los perros que quedaban. Algo particularmente traumático para Mertz, que además era vegetariano.

Al poco, los dos supervivientes enfermaron, pero Mertz acabó muriendo. Nada tenía que ver con que fuera vegetariano. Ni siquiera que se comiera un perro. La razón fue que se comiera precisamente un husky.

Y es que los huskies, tal y como sucede con las focas y los osos polares, han evolucionado para poder asimilar algas marinas ricas en vitamina A. Los seres humanos, no obstante, no lo han hecho, y en solo 100 gramos de hígado de husky hay suficiente vitamina A como para matar a un hombre adulto. Y es que bastan 85 gramos de vitamina A para tenernos en marcha durante toda la vida (y 28 gramos de vitamina B).

El problema de la vitamina A es que es liposoluble y no se excreta fácilmente, a diferencia de las vitaminas hidrosolubles como la C. Con todo, cabe destacar que los cuadros tóxicos se producen exclusivamente con el consumo de vitamina A preformado (retinoides), como la procedente del hígado, mientrasque las formas carotenoides (como los que se encuentran en las zanahorias) no producen tales síntomas.

Fuente: Xataka Ciencia

Bajo licencia Creative Commons

Comeperros

Se cuenta que durante una recepción en la residencia del embajador británico en Pekín el Ministro de Asuntos Exteriores chino expresó una gran admiración por la hembra de spaniel del embajador. Estaba embarazada y el embajador inglés le dijo al ministro chino que se sentiría muy honrado si aceptase uno o dos cachorros como regalo. Cuatro meses más tarde dos juguetones cachorrillos llegaban a la residencia del ministro. Semanas más tarde ambos hombres volvieron a coincidir en un acto oficial. “¿Qué le parecieron los cachorros?”, preguntó el embajador. “Estaban deliciosos”, contestó el ministro.

A muchos de nosotros, y sobretodo a los amantes de los perros, les puede parecer repugnante comerse un perro. La razón, apunta el antropólogo Marvin Harris, no se encuentra en que sea nuestra mascota favorita, sino fundamentalmente porque al ser carnívoros constituyen una fuente de carne ineficaz; los occidentales disponemos de toda una variedad de fuentes alternativas de alimentos de origen animal y los perros prestan servicios que tienen muchísimo más valor que su carne. Sin embargo, en culturas como la china, donde las fuentes de alimento animal no son muy variadas, el servicio de los perros no compensa el que hacen si se sirven cocinados junto a un tazón de arroz. Y según un restaurante pekinés debe ser un plato exquisito: empleaba en la elaboración de sus platos del orden de 30 perros diarios.

En la Polinesia, y antes de la llegada de los europeos, los tahitianos, los hawaianos y los maoríes de Nueva Zelanda poseían perros que prácticamente acababan formando parte de la gastronomía típica de las islas. Los polinesios encerraban a algunos de sus perros en cabañas rodeadas de una cerca o bajo un árbol. A la mayor parte de ellos se les dejaba buscar su sustento entre los desperdicios mientras que unos pocos afortunados eran cebados con verduras y sobras de pescado. Incluso se les alimentaba a la fuerza sujetándolos boca arriba. Estos perros alimentados con verduras eran para los polinesios una delicatessen, como para nosotros puede ser el cerdo alimentado sólo con bellota.

La matacía del perro era algo parecida a la de nuestros pueblos con el gorrino: lo ataban por el hocico y lo estrangulaban con las manos o con un palo. Después lo destripaban, lo socarraban para quitarle el pelo, lo untaban con su sangre y lo metían en el horno.

Es posible que algún amante de los canes pueda haberse quedado horrorizado al imaginar que su querido compañero pudiera acabar en un plato rodeado de patatas asadas, pero esto nos demuestra que el motivo de nuestros amores puede ser alimento… y no del corazón.

Fuente: La ciencia de tu vida

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