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La letra con sangre mata

«El maltrato (infantil) es la principal causa para huir de casa», afirma una gran investigación del Instituto de Bienestar Familiar y de la Unión Europea, realizada en las principales capitales del país y divulgada el viernes en la primera página de los periódicos.

A esa afirmación le agregaría otra conclusión aterradora: el maltrato infantil es el primer combustible de la guerra en Colombia y es la razón principal por la cual los niños de nuestros campos dejan sus casas para ingresar a la guerrilla.

Así como, según el mencionado estudio, el 18,1% de los niños que viven en las calles de nuestras ciudades dejaron sus hogares para huir del maltrato de sus padres, madres y padrastros, tengo la certeza de que la inmensa mayoría de los adolescentes de nuestros pueblos y veredas que hoy componen la guerrilla colombiana también llegaron a ella porque buscaron salir del infierno que les significaba vivir al lado de sus familias.

Esa fue la conclusión a la que llegué cuando hice la investigación que me sirvió de base para escribir mi novela Amor Enemigo. Entonces, realicé cerca de 30 entrevistas a adolescentes desmovilizados de la guerrilla y, de todos, no hubo uno que dijera que ingresó a las filas de la subversión por un motivo distinto.

El descubrimiento me aterró tanto que le pedí una cita al comisionado de paz, Luis Carlos Restrepo, y le hablé del tema. «Usted, como psiquiatra que es, debe ser consciente de esa situación», recuerdo que le dije. El doctor Restrepo lo era. Sin embargo, su función, más que evitar la guerra, era lograr la paz.

El maltrato infantil es el principal problema de Colombia. Mientras él exista en nuestros campos, continuará la guerra con cualquier rostro. Sin embargo, es muy angustioso ver que los gobiernos no creen que ello sea así. Consideran el asunto como un tema más bien señorero, y no le dan al Instituto de Bienestar Familiar la importancia que tiene y el apoyo que necesita. Por eso no se vuelca la mayor parte de los recursos del Estado, como debería ocurrir, a evitar la guerra, a eliminar su combustible y a hacer que los mensajes y las prácticas de buen trato a nuestros niños lleguen efectivamente a los padres, madres y maestros que habitan en los rincones más alejados del territorio nacional, donde los grupos armados son los amos y donde los niños ven pasar a los uniformados, que son nada menos que sus parientes o sus antiguos compañeros y vecinos. Entonces se les acercan y les ruegan que se los lleven al monte con ellos, empujados por la ilusión de ponerle fin al maltrato que sufren en su casa, sin darse cuenta que con esa decisión perpetúan su cadena de dolor.

Para ilustrar lo que digo les cuento, por ejemplo, la historia de Leonardo, un niño de Suaza (Huila) que trabajaba en el campo con su padre, quien acostumbraba pegarle para ‘educarlo’. “La letra con sangre entra”, le decía. Un día, cuando Leonardo tenía 13 años, su papá le pidió que cuidara unos pescados que servirían de premio a los ganadores de una pelea de gallos que habría en el pueblo. Él se distrajo y el perro se comió los pescados. Entonces, fue tal el miedo que sintió por la golpiza que le daría su padre, que salió corriendo, se detuvo en un lugar por donde él sabía que acostumbraba pasar la guerrilla y esperó hasta que aparecieron los guerrilleros. Uno de ellos era su primo. Leonardo le rogó que se lo llevara con él. Entonces aprendió a matar… Luego huyó de la guerrilla y llegó a los hogares de reinserción. Se volvió a fugar. Después supe que había ingresado a los paramilitares… El maltrato de su padre, en lugar de educarlo, lo había vuelto asesino.

Fuente: El País (Colombia)

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